Entrevista a Vanessa Montfort Mis Palabras con Letras

Entrevista a Vanessa Montfort

Se nota que la Navidad (aunque sea diferente) está cerca, porque yo he tenido un maravilloso regalo previo, he podido hacerle una entrevista a la escritora (novelista y dramaturga) Vanessa Montfort 

Hemos compartido una deliciosa y amena conversación de más de cincuenta minutos, en los que he disfrutado muchísimo de su pasión, de sus reflexiones y de su risa contagiosa. Como suele ser habitual, ha respondido a las 12 preguntas sobre diversos temas relacionados con la literatura, con su forma de escribir y sobre sus libros.

Acaba de publicar una nueva novela «La mujer sin nombre», sobre la autora María Lejárraga.  A lo largo de la entrevista, os aseguro que vais a descubrir muchas cosas sobre esta mujer de vida apasionante.  Y espero que eso os lleve a querer saber más en el libro, como me ha sucedido a mí.

Sinceramente, estoy muy contenta de haber podido hablar con Vanessa en una calmada e interesante charla, en la que ha compartido generosamente con nosotros recuerdos recientemente redescubiertos y reflexiones que se ha planteado hace muy poquito, casi inéditas por tanto.  Podría haber resumido o descartado algunas de sus frases, pero he preferido quedarme con todo, porque el contenido merece la pena.

Entrevista a Vanessa Montfort Mis Palabras Con Letras 1

Os la presento:

Vanessa Montfort (Barcelona, 1975), es novelista y dramaturga, y está considerada una de las voces destacadas de la reciente literatura española que ha traspasado nuestras fronteras. Licenciada en Ciencias de la Información, ha publicado «El ingrediente secreto» (XI Premio Ateneo Joven de Sevilla, 2006. Algaida Editores); «Mitología de Nueva York» (XI Premio Internacional de Novela Ateneo de Sevilla, 2010. Algaida Editores); «La leyenda de la isla sin voz» (Premio Internacional Ciudad de Zaragoza a la mejor novela histórica publicada en 2014. Plaza y Janés, 2014), y «Mujeres que compran flores» (Plaza y Janés, 2016), que se ha convertido en un fenómeno literario internacional, ha triunfado en España, Italia y Latinoamérica y cuyos derechos han sido vendidos a Estados Unidos, Francia, Portugal, Alemania, Noruega, Corea y Bulgaria, entre otros países. Sus últimas novelas son «El sueño de la crisálida» (Plaza y Janés, 2019) y «La mujer sin nombre» (2020)

Dentro de su variada obra teatral destacan «Flashback», «La cortesía de los ciegos» y «Tierra de tiza», escritas para el Royal Court Theatre de Londres; «La Regenta», versión libre de la novela de Clarín (Teatros del Canal, 2012); «El galgo» (Fundación SGAE, 2013); «Sirena negra», llevada al cine por Elio Quiroga (Festival de Sitges, 2015); «El hogar del monstruo» (CDN, 2016), o «Firmado Lejárraga» (Centro Dramático Nacional, 2019) en la que recupera la figura de María Lejárraga, la primera dramaturga española, cuyos textos fueron firmados por su marido.

En 2016 funda BEMYBABY Films junto al director Miguel Ángel Lamata con quien produce el largometraje «Nuestros Amantes».

La humanización de las ciudades, el lirismo, la teatralidad de los diálogos y el dibujo de los personajes y sus conflictos -espejo de la actualidad con un pie en lo extraordinario– convierten sus obras en una montaña rusa emocional protagonizada por personajes inolvidables.

Entrevista a Vanessa Montfort Mis Palabras Con Letras 2

Sus novelas:

El ingrediente secreto (2006)

XI Premio Ateneo Joven de Sevilla

Mitología de Nueva York (2010)

XI Premio Internacional de Novela Ateneo de Sevilla

La leyenda de la isla sin voz (2014)

Premio Internacional Ciudad de Zaragoza a la mejor novela histórica

Mujeres que compran flores (2016)

El sueño de la crisálida (2019)

La mujer sin nombre (2020)

Obra teatral:

Flashback 

La cortesía de los ciegos 

Tierra de tiza

La regenta

El galgo (2013)

Sirena negra  (2015)

El hogar del monstruo (2016)

Firmado Lejárraga (2019) 

Y aquí está la entrevista:

1.-  Esta primera pregunta se ha convertido en un clásico y es obligatoria en mis entrevistas, ya que me interesa mucho conocer vuestra respuesta y profundizar en vuestras referencias literarias. Estoy convencida de que, siendo escritora, eres primero una gran y apasionada lectora.  ¿Qué te gusta leer y cuáles son tus autores preferidos? 

Hago zapping literario. Tengo siempre lo que llamo «la recámara», como en las pistolas, en mi mesilla de noche.  Suelo tener cuatro libros abiertos como mínimo, una novela; algo de ensayo o cuento; algo que vaya colando entre medias, algo que no necesite ser riguroso lector de principio a fin y, a lo mejor, algo de novela gráfica o alguna otra cosa.  Es decir, cosas muy distintas, nunca tengo dos novelas por ejemplo, o dos historias de ficción largas a la vez.

En cuanto a qué me gusta leer, soy bastante anárquica.  Ahora mismo tengo delante «Las cartas a las novias perdidas» de David Torres que, aparte de ser amigo, le sigo desde hace muchísimo tiempo, me gusta mucho cómo escribe. Soy una devota de Jeanette Winterson, devoro todo lo que saca, una de las novelas que más me gusta de ella es «Escrito en el cuerpo».  Es un libro que suelo revisitar, con la excusa de que doy clases en la Universidad, porque me gusta poner ejemplos sobre su forma de tratar las metáforas y su libertad para escribir. Lo utilizo mucho para mis alumnos.

Me gusta muchísimo Lucía Berlin, fue uno de mis grandes descubrimientos de los últimos años. ¿Qué más tengo en la recámara? Me compré una edición ilustrada maravillosa de Sara Morante, que colaboró en el grupo de «Hijos de Mary Shelley», en el que estoy con Fernando Marías desde hace unos años.  Somos un grupo de creadores, incluso montamos una compañía teatral.  Sara Morante fue una de las personas que formó parte de este colectivo.

Y, el otro día, me hice en Amapolas en octubre (una de mis librerías favoritas) con un ejemplar de «Ariel» de Silvia Plath, ilustrado por Sara Morante.  Leerse estos textos con estos dibujos, con estas ilustraciones es directamente una perversión. Entra dentro de la categoría de lo erótico literario, absolutamente placentero, porque además me encantan los libros bien editados y este es una delicia. Lo tengo en la recámara para degustarlo poco a poco.

Y luego, el otro día, en una mudanza que hicimos de cajas de un trastero de casa de mis abuelos, recuperé unos ejemplares que tenía absolutamente despistados de Roald Dahl, que ahora ha vuelto a editarse con mucho gusto. Encontré mi edición de Penguin y me lo estoy pasando como una auténtica enana (como lo que fui cuando lo leí) leyendo en inglés ese ejemplar manoseado de mi niñez de «Charlie and the chocolate factory».  Así que lo tengo en plan fetichista.

¡Qué gracia! Una edición de Penguin y ahora yo edito en Penguin Random House.  Fue como cerrar el círculo.  Además Roald Dahl fue el primer ejemplo de escritor vivo con el que yo tuve contacto porque, yo tenía diez años, estaba en el colegio Británico y me enamoré de sus cuentos y, luego, de las novelas.  Entonces, me empeñé en que mi profesora me apoyara para mandarle (seguía vivo, fallecería como cinco años después de eso) unas tarjetas de felicitación por su cumpleaños.

Lie a toda la clase, treinta niños, cada uno interpretó una escena de «Charlie y la fábrica de chocolate» y los convertimos en felicitaciones. La profesora le explicaba que iba de una niña, que quería ser escritora y que estaba enamorada de sus textos.  Y nos contestó a la clase, agradeciendo con un texto más general la iniciativa y a mí, concretamente, me mandó un cuarteto, un poema dedicado que decía, con su fina ironía, nada complaciente:

Pequeña niña que estás al otro lado del mar

me encantaban estas tarjetas que me mandaste

una niña pequeña y creo que estoy en lo cierto

es mucho más encantadora cuando está sin aliento

Me encantó y luego lo firmaba de su puño y letra.  Le pedí a mi madre, emocionadísima por aquel contacto con un escritor que se dirigía a mí, que me lo enmarcara y encontré el otro día también el marquito en casa. Fue «guau, aquí lo tengo», porque lo tenía despistado. Lo tenía olvidado, no sé por qué no lo he contado más. Tuve que volver a encontrarme con una especie de misterio que había desaparecido.

2.-  Tengo la seguridad de que todos los principios son difíciles para cualquier autor.  Por eso, quiero pedirte que nos cuentes con detalle cómo comenzó tu aventura de escribir, cómo fueron esos primeros pasos dando forma a tus palabras. 

Son difíciles los comienzos, los durantes y los finales. Esta es una profesión para la que te tienes que armar de entereza.  Bueno, como en muchas otras, pero es una profesión extraña y bonita.  Para mí la más bonita del mundo, pero es verdad que tienes que armar de paciencia, sobre todo. Y no decaer en ningún momento, siempre tener la mirada fija en ese horizonte que es publicar y que tus libros lleguen a tus lectores.  Y que nada más te despiste de eso.

Porque además todo lo que a la literatura no le das, la literatura se lo cobra. Es decir, esta no es una profesión que tenga una escala de grises.  Yo, de hecho, estaba en la facultad, a punto de entrar en la universidad, cuando ya tenía claro que iba a hacer alguna carrera que no me apartara demasiado del que quería que fuera mi oficio, que era escribir.  Entonces, llegué muy ilusionada a Ciencias de la Información a Madrid y allí contacté con un grupo de personas que, como yo, querían escribir.

En este caso, la mayoría eran poetas, aunque había un poco de todo. Nos reuníamos primero en la cafetería de la facultad y luego en un bar, donde el camarero, Chema Rubio (que tristemente nos ha dejado hace poquito) era un grandísimo poeta.  Y una profesora se ofreció a ser la directora de la tertulia, María Fraguas, a la que quiero mucho.  Ese bar estaba cerca del Auditorio Nacional.  Allí nos vino a ver la coordinadora cultural del Círculo de Bellas Artes. Le encantó lo que hacíamos.

Yo era la más joven del grupo en ese momento, me fijaba mucho en mis mayores, de hecho iba pero, aunque escribía, no dejaba que leyeran nada. Iba a escuchar y a inspirarme básicamente.  Entonces, fundamos una tertulia en La pecera del Círculo de Bellas Artes, en el bar de abajo.  Un día nos encargaron que hiciéramos un recital y empezamos algunos a hacer cositas más profesionales. Poco a poco, fuimos llenando salas cada vez más grandes en nuestros eventos y luego nos reuníamos arriba.

Se generó un grupo muy interesante, algunos fundamos juntos una revista y empezamos a publicar.  Mientras tanto, nos íbamos presentando a concursos. Recibía regañinas «Pero Vanessa, los poemas no tienen porqué estar encadenados unos con otros, un libro de poemas es un libro de unidades independientes».  Claramente yo quería contar historias. Yo no era poeta, yo era narradora. Ahí me di cuenta.

Me sirvió para asimilar una poética propia, que luego he volcado en mis libros (de hecho, me lo dicen mucho, porque vengo de la poesía).  Y, enseguida, empecé a pedir permiso para leer o microcuentos o prosa poética. Me lancé a escribir mi primera novela, justo cuando estaba saliendo de la universidad. Empecé a trabajar como periodista y me di cuenta que el periodismo era un sacerdocio, como la literatura.  Y dos sacerdocios en la misma vida eran demasiado. No me iba a dar tiempo.

Mientras intentaba acabar mi novela, acabé en una empresa de publicidad como creativo.  Me acuerdo que escribía solamente los domingos, luego iba en el metro, muerta de sueño, releyendo lo que había escrito el fin de semana porque luego era un no parar en la agencia. Todos los días me leía lo que había escrito y lo volvía a empezar, para que no se me fuera el tono de la novela. Así fui escribiendo. Finalmente, como veía que no la terminaba nunca, me despedí de mi trabajo.

Les pedí poder quedarme como freelance pero quise probar suerte.  Ahorré un poco y dije «me voy a dar seis meses, a ver si soy capaz de terminar la novela y presentarla a algún concurso»Muerta de miedo, me acababa de meter en un piso, dejé mi trabajo estable, con veintiséis años, para probar suerte. Terminé «El ingrediente secreto» me presenté al Premio Ateneo Joven de Sevilla y lo gané. Me dio un dinerito que yo consideré como una beca.

Seguí yendo a tertulias literarias en el Café Barbieri de Lavapiés, en el Círculo donde ya había diferentes tipos de narradores, dramaturgos… Yo quería escribir teatro también desde el principio.  Durante ese tiempo había escrito ya tres obras de teatro (algunas con solo dos días en cartel), la primera a los veintitrés años.  Finalmente, ese fue el año.  Gané el Premio Ateneo, premio que es una gran cantera de escritores. María Zaragoza, Marta Rivera de la Cruz, Lorenzo Luengo, Óscar Esquivias han salido de allí. Premio único porque es como una lanzadera de autores.

Entonces, me estaba formando con diferentes autores, con maestros cuando me los iba encontrando. Había contactado en algunos talleres con José Sanchis Sinisterra y me dijo que me tenía que ir a Londres. Me habló de una beca, a la que había ido Juan Mayorga, con el que contacté también en uno de ellos talleres y que estaba haciendo sus primeras producciones en teatros más grandes. Decidieron recomendarme, presenté un proyecto y, poco después del Premio Ateneo, recibí un carta de Londres.  Me iba a la residencia del Royal Court Theatre a formarme como dramaturga.

Fue todo en el mismo año.  Mi exjefa se reía «mira que dijiste que te ibas de freelance y todas las veces que te hemos llamado todavía te estamos esperando». Nunca más volví. Luego, durante este tiempo, ha habido idas y venidas, con momentos difíciles o más fáciles, pero sí es verdad que yo no he dejado de publicar.  A partir de ahí han venido seis novelas y quince obras de teatro.  Y te puedo decir que ha sido un camino menos aciago el de la novela que el del teatro.  El del teatro ha sido dificilísimo.

Yo he estrenado, desde que estuve en Londres, mucho más fuera de España que dentro, como muchos dramaturgos de mi generación. He empezado a estrenar en teatros grandes en Madrid a los cuarenta. Mientras tanto, he hecho cositas sueltas, pero la realidad es que he estrenado antes en Londres que en Madrid.

3.-  Es un momento complicado para los libros, las librerías y la lectura.  En ese contexto, tú eres una escritora de éxito (seis novelas y quince obras de teatro).  En este sentido ¿puedes contarnos cuándo llegó el momento de poder vivir de esa profesión? ¿Cuál fue la clave que te indicó que podías vivir publicando? 

En realidad ha sido un proceso lento.  Ha habido años que he podido mejor que otros.  Es cierto que siempre los escritores tenemos nuestros trabajos alimenticios.  El que no escribe artículos, da clases.  Yo, por ejemplo, doy clases y me encanta hacerlo.  También he escrito muchos informes de lectura, he hecho alguna traducción… En fin, que no solamente de la ficción vive el hombre o el escritor.

Verdaderamente cuando yo consigo dedicarme cien por cien a mi actividad como escritora es después de «Mujeres que compran flores». Es como un ecuador en mi carrera, fue un boom no solo en España.  Ya llevamos veinticuatro ediciones y se sigue vendiendo.  Es inexplicable e increíble. En Argentina está en la lista de los más vendidos todos los años y está ya en veinte países.

Ahí me planteo ya, no desaparecer, porque sigo dando clases, porque a mí me gusta dar clases, y sigo haciendo algunas actividades, por ejemplo, me encanta dar conferencias, pero sí centrarme en mi actividad como escritora.  Y voy alternando como dramaturga y como novelista. He publicado novela y ahora ya estoy pensando en un encargo teatral que tengo a principios del año que viene.

4.-  Como sabrás, se comenta con frecuencia que los jóvenes dejan de leer a los 17 años porque prefieren lo inmediato, la tecnología, el móvil.  ¿Es posible hacer algo para recuperar su afición? ¿Se puede competir con las series y con lo visual que ellos eligen? ¿Es viable convencerles de la importancia de los libros?

Yo creo que sí.  De hecho, se pierde más en el mundo del teatro, el público a los diecisiete que en la literatura. Me da la sensación de que hay una literatura, el young adult, que le llaman ahora, género que pueden leer desde padres, hasta hijos y hasta abuelos, que tiene el tono y quizá la estructura o la falta de barreras técnicas que tiene la literatura juvenil. Sin embargo, no hay teatro juvenil. Ahora estoy en un proyecto de teatro juvenil.

Se le llama teatro juvenil a una adaptación descafeinada de un clásico, que es absurdo. Tendría que ser teatro con sus temas, igual que tienes la saga de «Crepúsculo». ¿Cómo competir con eso? Es que yo creo que la literatura pocas veces nos la muestran como un viaje, como un juego. Yo en esto me empeño mucho en mis clases, doy un máster para gente que ya que ha publicado algo o pretende publicar.  Y aún así, la gente se toma la literatura demasiado en serio.

La disfrutan poco, desde mi punto de vista. Se toma el tema literario con mucha intensidad, incluso los propios autores a veces. De verdad que yo trato de no tomarme a mí misma demasiado en serio.  Sí, es mi oficio, pero lo disfruto.  Por supuesto, me tomo en serio una crítica, una entrega… Pero, más allá de eso, para mí la literatura es un juego.  Y me divierte muchísimo. Me divierte todo, también la página en blanco. ¿Qué miedo? ¿Por qué? Pero si es un placer. ¿Tú sabes todo lo que cabe ahí dentro? Yo veo la página en blanco y me vuelvo loca.

Entonces, creo que hay veces que se nos habla de la literatura, primero como una obligación, como algo aburrido que te va a hacer bien, pero como una medicina. Y lo es, pero pocas veces se habla de la literatura como un pasaporte para soñar, la forma más barata y la única que tenemos ahora mismo que nos confinan cada dos por tres.  Pocas veces se habla de un libro como un oasis y como una posibilidad de rebeldía mental, de la capacidad de un libro como un instrumento para ser libre y rebelde.

Creo que, con estos ingredientes, a lo mejor un adolescente podría decir «me voy a leer unos cuantos libros a ver si me siento más libre y más rebelde, puedo hacer la vida que yo quiero, puedo soñar con un mundo mejor, puedo viajar por quinces o veinte euros a donde me plazca y crearme una diversión interior que no me va a quitar nadie nunca jamás por un módico precio». Depende de cómo la sirvas.

Las propias presentaciones de los libros son un aburrimiento absoluto. Me aburro hasta en las mías. Por eso siempre trato, de un tiempo a esta parte, de hacer cosas diferentes, porque además soy muy teatrera. Una vez hice un flashmob, tenía un coro gospel disimulado entre el público y se iba levantando, nadie sabía qué estaba ocurriendo ahí. Otra vez la hice en un teatro, con las cinco protagonistas que nos iban interrumpiendo y el editor jefe, David Trías, hasta que salió la tercera no se enteró porque se nos olvidó avisarle.

La literatura tiene que ser un juego. ¿Por qué vas a hablar de un libro que nadie se ha leído? Pues hablas de los temas, debates de otras cosas, lo sirves de otra manera… Se crea una cápsula entre el presentador y el escritor.  Se trata de abrir el apetito pero no de analizar algo que no han tenido tiempo de leerse.  Estas cosas parecen obvias y te vas dando cuenta después de ir a muchas y aburrirte en las tuyas. Entonces dices, no voy a aburrir al público nunca más. Ni siquiera con una presentación online, como la de mí último libro.

5.- Esta es otra pregunta que repito en mis entrevistas, porque me apasiona descubrir vuestros pequeños secretos, vuestra forma de trabajar. Me interesa conocer cómo escribes, si tienes un espacio determinado para hacerlo, un horario fijo, algún ritual. 

Sí.  Para mí lo del teletrabajo es lo habitual.  Yo ya me hice mis rituales desde que me despedí de la última oficina que pisé.  Me levanto, me tomó un café porque si no, no me puedo mover, me bajo, me doy un gran paseo por el Retiro (que lo tengo cerca), o por el Barrio de las Letras, ejerzo de compradora de flores o hago algún encargo.  Tomándome el segundo café en un sitio que me guste, me leo el periódico (ahora en el móvil), organizo mis citas o las llamadas que tengo que hacer y luego ya subo, como si llegara a otro sitio.

Me meto en mi despacho. Y ahí ya me pongo a trabajar hasta mediodía.  Hago un paroncito y, por lo general, si ya estoy muy metida en la novela escribo muchas horas.  Si no, suelo escribir unas cuatro o cinco horas, cuando digo escribir me refiero también a tramar, a estar trabajando, documentándome.  Hay veces que si me aturullo en casa, me viene muy bien pasear. Si por ejemplo estoy dándole vueltas a una idea, salgo a caminar. Y, a veces, tengo que volver corriendo con la urgencia de tenerla que poner por escrito.

O incluso me llevo algo de trabajo.  A mí me gusta mucho trabajar fuera de casa.  Hay veces que digo, hoy la mitad del día escribo o trabajo en casa y la otra mitad, sobre todo si está siendo trabajo creativo curiosamente, cuando estoy corrigiendo ya no porque necesito concentrarme, me voy a una biblioteca o a un café.  Y ese café conlleva un ordenador y después del paseo, lo saco y el café me lo tomo escribiendo. Luego, cuando me apetece, subo.

Sí, tengo mis rituales dentro y fuera de casa.  Pero cuando estoy ya con una novela con la que estoy obsesionada y estoy terminando o me queda poco, puedo trabajar catorce horas al día tranquilamente.

6.- También me gustaría saber cómo te inspiras, cómo solucionas un día de poca creatividad, cómo vas formando los personajes, si tienes el final de la historia claro desde el inicio.  Además, quiero pedirte que nos cuentes cómo te documentas, cómo preparas la información que servirá de contexto a tus personajes. 

Depende de la novela, pero por lo general, sí, suele aparecerme el lugar a donde llegar, no de una manera muy clara.  Pero, por ejemplo en «La mujer sin nombre» yo vi la escena final, antes que la del principio, casi las vi a la vez. Me gustan mucho las historias circulares, entonces el recorrido vital de esta mujer yo ya lo conocía, porque había escrito «Firmado Lejárraga», la obra del teatro, el año anterior sobre el mismo personaje.

Lo que pasa es que en la obra no me daba tiempo a contar toda la vida de ella, estaba más centrada en la autoría oculta de María Lejárraga.  Y en el libro, me daba tiempo a contar toda la parte del triángulo amoroso, el exilio, incluso llegar hasta el final de su vida, los cien años.  Cuando tienes un arco de un personaje tan brutal, para no perderte, tienes que hacer una estructura que es como la Capilla Sixtina, que luego la voy borrando.

Entonces para no gastar papel, tengo una pizarra gigantesca en casa.  Se me ocurrió hacer una puerta corredera en el despacho, que es un arco en realidad, que se mete entre la estantería y, cuando la saco hay una pizarra enorme, ahí hago todas mis estructuras. Y la voy borrando o me pongo una frase que me inspira encima, una frase que resume el capítulo, como una guía. Cuando quito la puerta corredera, no la veo, entonces la novela desaparece entera y luego digo «bueno, voy a abrirla un poquito».

¡Si vieses esas estructuras! Parezco un científico más que una escritora, porque tienes flechas, corchetes, personajes, la relación… Y normalmente me hago ahí una estructura de cada capítulo para tenerla delante y que me obsesione.  Escribo el capítulo y normalmente, inspirada o no, no me levanto hasta que sale.  Me autocastigo, es como un mal día en la oficina.  Generalmente, si insistes, acaba saliendo, acabas doblegando ese capítulo y acabas quitando el tapón del cerebro. Si no es así, me voy a pasear porque ayuda.

7.- Me he animado a participar en distintos concursos, no sé si acertadamente, con el fin de encontrar un sitio y comprobar la calidad de mis relatos.   En tu opinión, como ganadora de premios como el Ateneo Joven, el de novela o el de Ciudad de Zaragoza de novela histórica ¿son útiles estos certámenes? ¿Cuál es tu experiencia? ¿Has sido jurado alguna vez?

Sí, sí, de hecho he sido jurado muchos años, últimamente no te tenido tiempo en las dos últimas ediciones, del concurso de jóvenes talentos de Coca-cola. Recomiendo presentarse a concursos por una razón, porque lo ganes o no lo ganes, te obliga a tener ya el hábito de tener que corregir hasta el extremo, pedirte hasta el extremo para entregar.  Porque para mí, el escritor no es el que escribe, escribir escribe mucha gente y mucha escribe muy bien.

Escritor, como oficio, es el que escribe, corrige y entrega. Esto se lo digo mucho a mis alumnos, porque no basta con escribir. Puedes estar toda la vida queriendo escribir el texto perfecto para enseñarlo algún día, pero eso no te hace escritor.  Te va a hacer escritor entregarlo donde sea. Pasa como cuando haces deporte.  Te darás cuenta que, cuando haces deporte acompañada o estás en una clase o estás con un entrenador, te exiges mucho más y llegas a resultados a los que no sabías que podías llegar, porque no te estabas exigiendo hasta el extremo. ¿Cuándo te exiges hasta el extremo?

Me da igual que sea un concurso que compartirlo con quien sea, quedar con un grupo de amigos o tener una tertulia (que también son muy útiles) donde muestras a los demás y te sometes a la mirada del otro, al juicio del otro.  Porque eso es un ensayo de lo que te va a ocurrir ahí fuera cuando publiques y mejor que lo veas antes en pequeño y te vayas acostumbrando, porque no es fácil.

Yo, por ejemplo, en mis clases una cosa que hago mucho es dejar un foro abierto para que vayan perdiendo el miedo de mostrar textos y tienen que firmarlo, para que se sepa quién lo ha publicado, no valen los anónimos, y someterse al juicio de la clase.  Hay gente a la que le cuesta, pero no es una terapia, es un máster de escritura creativa, profesional. Si no eres capaz de publicarlo ahí, tenemos un problema, porque es un entrenamiento, fuera va a ser mucho peor.

Y tienes que lograr ser libre y que te de un poco igual el juicio del otro, en el sentido de los gustos del otro. De lo que se aprende mucho es de la crítica constructiva del compañero que, por lo general, lo va a hacer con cariño porque te conoce.  Ahora, respecto a los concursos, hay que averiguar qué concursos son más limpios, cuáles no, porque hay de todo. Los hay y simplemente hay que escoger el adecuado.

8.- Supongo que no hay una sola respuesta, ni es fácil definirlo.  Pero ¿qué crees que tiene que tener un buen escritor para serlo?  ¿Se puede aprender a escribir con la formación adecuada o es un valor innato? 

¿Se puede enseñar a escribir? La técnica sí, o sea, el oficio. La voz propia del artista surge o no surge.  Generalmente, surge de una manera o de otra si uno escribe con la suficiente libertad.  Encontrar un taller literario es fantástico. Y lo único que tienes que intentar es ir a un taller (hay muchos y de muy buenos profesionales) donde no clonen a los escritores.  Es decir, que tú tengas la suficiente personalidad y vayas a un profesor, lo suficientemente generoso, como para admitir todo tipo de registros, que te deje ser.

La técnica la puedes aprender leyendo, pero con un taller se avanza mucho.  Y luego tienes la otra parte, el foro, ese grupo de confianza, con los mismos intereses que tú, que además va entendiendo tu estilo y que va viendo tu evolución. Y se aprende también muchísimo de los errores de los demás, de corregir a otros.  Soy muy fan de los talleres, de las tertulias, aunque no haya un profesor, de los grupos de compartir… Porque nadie (de los que publican) escribe para sí mismo.

Escribir con libertad no quiere decir que uno no escriba para los demás.  Tú puedes escribir para compartirlo y también para ti. Todo el que publica escribe para comunicar algo, una emoción artística, para digerirlo y comunicarse con el mundo. Lo otro es postura.  Es una defensa.

9.- Me interesa también tu opinión respecto a internet y las redes sociales.  A los lectores nos gusta la cercanía que permiten con los escritores y la posibilidad de hacerles llegar nuestras impresiones sobre sus obras.  ¿Crees que facilitan la relación entre autor y lector? ¿Pesa más lo positivo que lo negativo? ¿Es importante gestionarlas directamente o es mejor contar con un profesional?

Por supuesto que la facilita. A mí las redes, en general, me aburren bastante. Soy perezosa para hacer mis propios posts. Prefiero comunicarme con los lectores a través de lo que escribo, comunicar lo que yo soy, más que poner una foto. Prefiero volcarlo en un libro que poner un post o sacar un post de algo que he escrito, para dar aperitivos a los lectores que valoran bastante.

Pero entiendo también que hay una trastienda del escritor que es divertida de ver. Yo lo hago, no porque me guste especialmente, sino porque creo que puede añadir algo interesante. Y porque a los lectores les gusta seguirte en tu día a día, en la promoción.  Lo que de verdad es emocionante y bonito de las redes sociales y por lo que las tengo, es por la comunicación con los lectores.

Me he convertido en lectora de mis lectores. No solamente recibo mensajes de «me ha gustado una obra». Me cuentan su historia muchas veces o lo que les ha supuesto.  Para mí, eso es un regalo que es de las máximas alegrías que me llevo. Antes tenías que escribir una carta a la editorial, no había una respuesta inmediata. Ahora es tan inmediato que ¡cómo no vas a contestar! A veces puedes tardar más o algo se te puede pasar porque estés en medio de una gira o estés viajando o estés desbordado… Si no es así, a mí me encanta.

Algunos mensajes me los releo cuando tengo un momento de desidia o de agotamiento absoluto o un mal día, porque son mi gasolina. Por eso, no paro de dar las gracias a los lectores siempre. Y eso nos lo han dado las redes sociales, o sea, que benditas sean.

10.- Otra clásica cuestión en mis entrevistas. ¿Crees que existe una literatura para mujeres y que si el autor es hombre o mujer influye en el libro? 

Creo que depende del libro. Dependiendo de la temática del libro, puede influir que seas hombre, mujer, médico, periodista, o notario. A Flaubert se le notaba que era médico al describir el suicidio por arsénico de Madame Bobary. O a lo mejor, a Cheever se le nota su observación periodística de la realidad, o a todos los del nuevo periodismo, incluido Capote.  Igual a mí se me nota que soy dramaturga, pero no tiene porqué notárseme más que soy mujer.

Si escribo sobre un tema muy íntimo de una mujer, a lo mejor. Pero me he podido documentar y mimetizado mucho con el mundo masculino porque quizá lo entiendo muy bien, porque tengo más amigos que amigas y escribo la novela en primera persona de un hombre y que cuele totalmente.  A mi me lo han dicho con «Mitología de Nueva York», donde ha salido un hombre muy «testosterónico» además. Y encima ni siquiera tiene mi edad, vive en Nueva York y protagoniza una novela negra.

Creo que es un poco un mito. Depende de lo que tú tengas más a flor de piel en tu vida. Si tú te sientes fundamentalmente pintora, se te va a notar mucho el manejo de los colores probablemente y tu plástica en cómo escribes, en lo que te fijas. Y, sobre todo, dependiendo del tema que trates y si es un tema que para ti es muy personal.  De todas formas, pienso que la auto-ficción está sobrevalorada.

No hay porqué escribir sobre uno mismo mejor que sobre otros. ¿O dónde queda la imaginación? Creo que la materia prima de la ficción es la imaginación, no es nuestra propia vida, por mucho que bebamos de nuestras experiencias. Aunque hay gente que dice que siempre escribimos sobre nosotros mismos, yo creo que no es verdad. Sí que escribimos desde la mirada que tenemos, porque tenemos esa y no otra.

Si en tu mirada pesa más que seas periodista que mujer, a lo mejor es lo que más se imprime en tu obra como narradora.

11.-  En mi web publico también reseñas de mis lecturas. Si tuvieses que quedarte con un solo de tus libros ¿cuál me recomendarías para que fuese mi próxima lectura? ¿Qué me contarías sobre él para que fuese mi próxima lectura? 

Siempre el último, es del que estás enamorada, es como un hijo pequeño. Sería «La mujer sin nombre».  Cuando doy clase, trato de diferenciar entre novela de trama y novela de personajes y esta es un cincuenta por ciento absoluto.  Es una novela muy ambiciosa y muy entretenida para el lector, porque son cien años de vida de un personaje apasionante y desconocido.  Más allá de la parte real del relato, el personaje lo tiene todo.

Tiene evolución psicológica, casi desde que nace hasta que muere, y no paran de pasarle cosas.  Se las apaña para estar en el lugar preciso para ser testigo de todos los acontecimientos más importantes de un siglo y con sus protagonistas. Tengo que recomendar el último porque para mí ha sido tan divertido escribirlo y tan apasionante, que solamente he intentado que fuera tan apasionante leerlo, transmitiendo lo que yo he sentido.

12.-  Como dices, tu última novela se acaba de publicar «La mujer sin nombre», sobre María Lejárraga ¿qué nos puedes adelantar sobre el libro, además de lo que ya nos has contado en la respuesta anterior? 

He reflexionado mucho a través de esta novela sobre el proceso en el que estamos, de recuperación de la memoria histórica de la mujer. Empezamos con una tercera ola feminista, con la que queríamos luchar por la conciliación, ya que teníamos sobre el papel una serie de derechos, para no volvernos locas.  Y es de lo que hablo en «Mujeres que compran flores», de darnos el permiso de ser humanas y no tener que pagar un peaje por los derechos que nos han sido concedidos en forma de mujer perfecta, porque nos va a llevar de cabeza al psiquiatra.

Permitirnos ser humanas, no queremos tener alas. Pero, con esta novela, me he dado cuenta de que estamos en un proceso distinto a ese, que es el de encontrar, excavando lo que haya que excavar, a nuestros referentes femeninos perdidos. Y era algo a lo que yo misma no le había puesto atención. Me he dado cuenta de que María Lejárraga es un símbolo, es un clásico de la literatura perdido y esto no ocurre todos los días.

Es una historia muy curiosa, cómo una persona puede ocultar, durante toda su vida, una identidad literaria detrás del nombre de su marido.  Y encima que sea la autora de «Canción de cuna» o de «El amor brujo». Me doy cuenta de que hay muchos referentes femeninos perdidos y que, en el caso de María Lejárraga, había ya alguna investigadora, Patricia O’Connor, que había apuntado a su autora total en un ensayo en los años sesenta. Y ese ensayo se publicó en España.

¿Qué pasó desde los años sesenta hasta ahora? ¿Por qué yo escribo la primera obra de ficción que defiende su autoría total y la saco a la luz? Es lo que no entiendo y me da la sensación de que tiene que estar pasando mucho.  Creo que hay simplemente desinterés, ha habido un desinterés total y lo sigue habiendo por recuperar el legado intelectual femenino, como si no tuviera importancia.

Y lo que me preocupa es las que sí tuvieron éxito en su día, como la pintora Maruja Mallo, por ponerte un ejemplo. ¿Por qué no la estudiamos? Cuando es un talento de otro planeta. ¿O María Blanchard, la madre del cubismo? Gente que sí tuvo mucho éxito.  Así, nos podemos remontar al XVIII… O al XVII… Hildegarda de Bingen, madre de la historia natural, compositora, humanista… ¿Por qué no aparecen en nuestros libros de texto?

Ya no lo digo solo por las mujeres, sino también por los hombres. Es decir, saber que ese cincuenta por ciento de la población ha aportado intelectualmente cosas poderosas, a mí personalmente me habría animado muchísimo.  A los once años salí sobrecogida de ver el «Calígula» de Camus y le pregunté a mi madre que qué era eso, que cómo se escribía eso, que en qué consistía el teatro… Había visto más veces teatro, pero quería saber quién hacia ese texto.

Pensé «tú puedes escribir una cosa, luego te lo montan ahí y ves a los actores diciéndolo» y entonces dije «yo quiero ser dramaturga». Lo tenía clarísimo y me habría animado, porque crecí sin referentes en España, saber que había una señora llamada María Lejárraga que, en los años treinta, estrenaba en Broadway sus obras y que llenaban teatros en España, en el West End de Londres, que se hicieron adaptaciones cinematográficas.

De todas las novelas se aprende algo y lo descubro en algunas entrevistas.  En este caso, en el fondo, palpitaba en mi cabeza que, más allá de la lucha para tener una satisfacción real y no sentirnos culpables como mujeres tanto familiar como laboralmente, hay otra importantísima para lograr esa que es previa, es recuperar esos referentes femeninos.  Hasta que no lo hagamos no creeremos que somos iguales intelectualmente a nuestros compañeros. Y ellos tampoco lo sentirán así.

Esta una reflexión de hace una semana, porque me puse a pensarlo por una pregunta que me hizo un  periodista de «El país».  Me dijo que escribiese una editorial sobre esto, un artículo de opinión.  Y es verdad, porque no solo está María Lejárraba. Está Zenobia Camprubí, mujer de Juan Ramón Jiménez, que ha quedado totalmente a su sombra, estando educada en Columbia, siendo una cuentista brutal, siendo traductora de Tagore (le pedían autógrafos de la época porque era traductora). Está Gerda Taro, en ese momento ya casada con Capa, ahora se sabe que muchas de las fotografías de él eran de ella…

Hay un buen ramillete de mujeres, que son mujeres con nombre y que prestaron su talento a otros. Y no se las estudia.  ¿Hay una conjura para no estudiarlas? No, es todavía más triste, es desinterés, es que no importan. Y sí importan.

¡¡Tengo que darle un millón de gracias por esta entrevista a Vanessa Montfort cuando acaba de publicar su última novela, un relato sobre una mujer apasionante!!

Vanessa, muchísimas gracias por esa larga y amena charla, la disfruté un montón.  Fue un placer compartir contigo esas reflexiones que surgen durante las entrevistas, esos recuerdos de tu pasado y esos rituales a la hora de escribir.

¡Te deseo lo mejor con es maravillosa historia que acabas de publicar! Y espero tener la oportunidad de que me firmes un ejemplar, además de leerla, por supuesto.  Seguro que te descubro detrás de alguna obra de teatro, porque soy una apasionada de este género, aunque sea con mascarilla y distancia #LaCulturaEsSegura. Sueño con asistir a una de tus sorprendentes presentaciones. Y, por último, intentaré hacerte caso y disfrutar del tesoro que es escribir, si de verdad te hace vibrar.

 

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