Victoria Mis Palabras con Letras

Reseña «Victoria»

Autora: Paloma Sánchez-Garnica 

Páginas: 475

Curiosidades

Antes de adentrarme en la reseña de la novela «Victoria», quiero recordaros que su autora, Paloma Sánchez-Garnica, es una de mis escritoras preferidas.  Además, le tengo un especial cariño, ya que ella fue la primera en concederme una entrevista para la página, cuando todavía era algo recién estrenado y no sabía cuánto duraría o si sería de interés para alguien. Algo así, nunca se olvida.  Y, aunque ha pasado tiempo desde entonces, sigue siendo muy enriquecedor descubrir sus respuestas.  Podéis leerla aquí.

Recuerdo que, entre otras muchas cosas, me contó que ella era una escritora tardía.  Y también lo siguiente:

«Entrar en el mundo editorial es muy complicado y cualquier camino puede ser bueno. Yo me presenté a premios literarios con mis dos primeras novelas… Luego gané el Fernando Lara con mi sexta novela… En este oficio se trata de no rendirse nunca… Sobre todo nunca dejar de escribir, pase lo que pase, nunca dejar de escribir»

Además, compartió con todos nosotros que tiene que tener un buen escritor para serlo:

«Leer mucho y sobre todo buena literatura, no hay más truco, y trabajar mucho en soledad, y confiar en uno mismo, y disfrutar con el mero hecho de escribir… Y tener mucha paciencia…»

Sus palabras me han servido mucho y he recurrido a su consejo en numerosas ocasiones. Aunque, a veces, es realmente complicado, como ella subraya siempre, no hay que rendirse ni dejar de escribir. Ese mensaje caló en mí y no lo he olvidado, a pesar de que ya me advirtió que el camino no es fácil…

He leído muchos de sus libros, de hecho, casi todos.  De algunos, podéis ver la reseña (pincha en cada título para verla): «La sospecha de Sofía» y «Últimos días en Berlín», con la que fue finalista del Premio Planeta en 2021 y obtuvo un gran éxito de crítica y público.

Como ya he comentado en alguna de esas reseñas, me apasionan sus historias y también su forma de contarlas.  Sus novelas te atrapan y te mantienen pendiente de cada página.  Y, lo mejor, te entretienen y te hacen sentir.  Eso es exactamente lo que yo busco en una narración, ni más, ni menos.  Por si esto fuera poco, busca escenarios y momentos históricos muy interesantes, nos hace vivir situaciones históricas, pero a través de la gente común, de personas corrientes.

Pero sí, vamos con «Victoria», la novela de esta reseña.  Lo primero que hay que decir es que, como ya sabéis, fue la ganadora del Premio Planeta.  En su discurso tras recibirlo, Paloma Sánchez-Garnica declaró que su obra trata de los «sentimientos universales del ser humano», con especial énfasis en el amor y los vínculos.  También expresó su gratitud a la vida y a su marido, y afirmó que el premio es una «victoria de la verdad», señalando que no se ha rendido y que la persistencia merece la pena.  

En es edición, el Jurado estuvo integrado por José Manuel Blecua, Juan Eslava Galán, Luz Gabás, Pere Gimferrer, Eva Giner, Carmen Posadas y Belén López, directora de Editorial Planeta y secretaria del Jurado. En el transcurso de la velada también tuvo lugar la celebración del 75 aniversario de Grupo Planeta, que fundó José Manuel Lara Hernández en 1949.

Os cuento una curiosidad.  Ya os he adelantado que Paloma fue primero finalista y luego se hizo con el galardón.

Hasta ahora son siete los casos de escritores que primero se alzaron con el puesto de finalista del certamen para después acabar conquistando el galardón. ¿Quiénes han sido? Os lo cuento, por supuesto.

Mercedes Salisachs, finalista en 1955 y en 1973 con «Carretera Intermedia» y «Adagio confidencial» respectivamente, y ganadora en 1975 con «La gangrena»;

Fernando Schwartz, finalista en la edición de 1982 con «La conspiración del Golfo» y ganador en 1996 con «El desencuentro»;

Fernando Sánchez Dragó, cuya obra «El camino del corazón» se convertía en finalista del certamen en 1990, y en 1992 «La prueba del laberinto» le valía el galardón;

Y otro Fernando, Fernando Savater, finalista en 1993 con «El jardín de las dudas» y ganador en 2008 con «La Hermandad de la Buena Suerte»; 

Maria de la Pau Janer, finalista con «Las mujeres que hay en mí» en la edición de 2002 y ganadora tres años más tarde con «Pasiones romanas»;

Ángeles Caso, quien en 1994 se convertía en finalista con «El peso de las sombras» y en 2009 conquistaba el galardón con la novela «Contra el viento»;

Y Paloma Sánchez-Garnica.

Venga, otras curiosidades, antes de entrar en materia. La primera es sobre el título de la obra. El título, «Victoria», fue anterior al personaje principal que le da nombre, y simboliza el triunfo de la justicia.

Y la segunda es que se incorpora la mítica novela «Lo que el viento se llevó» a la vida de uno de los protagonistas, el Capitán Norton, para entender la psicología de Estados Unidos. 

«Lo incorporé a la vida de este personaje sureño porque perteneció a alguien muy querido por él, y el libro guarda las huellas de ese pasado»

Por otro lado, llama la atención que la autora vuelve a Berlín, escenario importante de otras de sus novelas.

«El Berlín que encontramos en la primera parte de la historia es un Berlín destruido y devastado, con una población ocupada y culpabilizada de todos los males. Se protegía a altos mandos del nazismo porque tenían información que interesaba a los vencedores»

Para ella, Berlín es una ciudad fetiche, un lugar muy especial que conoció cuando era muy joven, cuarenta días antes de la caída del muro. Entonces, pasó del Berlín occidental al oriental y pudo ver el tremendo contraste entre ambas realidades. Luego, tras la caída del muro, ha seguido de cerca cuanto acontecía en los años posteriores, visitándola en varias ocasiones y recorriendo sus rincones, además de los museos que existen sobre esa ruptura, esa división que se levantó entre dos mundos.

La capital alemana es una ciudad digna de novela constante y, en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, justo donde ella sitúa la trama, pasaron muchas cosas en esta ciudad que se convirtió en el lugar crítico hacia el que miraban las dos grandes potencias, antiguas aliadas frente a los nazis y convertidas ahora en enemigos, la Unión Soviética de Stalin y Estados Unidos.

“Quise reflexionar en cómo las decisiones políticas pueden incidir en la vida de las personas comunes” 

Esas palabras de la creadora resumen perfectamente la esencia de «Victoria»: no es una reconstrucción histórica, sino una reflexión sobre cómo las decisiones sociales y políticas afectan profundamente la vida de las personas.

Para ella, la literatura constituye una forma de explicar el mundo, de plasmar esa intrahistoria que nos muestra lo cotidiano, lo privado de cada sociedad en la que nos podemos ver reflejados.  La envidia, el resentimiento, el perdón, la redención, el arrepentimiento, el altruismo o el egoísmo son virtudes y defectos que honran y lastran a la humanidad desde tiempos ancestrales.

Es decir, en esta novela ha tratado de mostrar aquellos durísimos primeros años de posguerra desde el punto de vista de los civiles alemanes.  Eran los vencidos, señalados como los culpables de todos los males derivados de la brutalidad de la guerra.

Y también la segregación que institucionalizó en Estados Unidos en muchos aspectos de la vida pública y privada; los negros por su lado y los blancos por el suyo, sin mezclarse.  Las leyes ridículas e injustas que hacen surgir el llamado Ku Klux Klan.

«La ficción literaria puede convertirse en un instrumento extraordinario para entender esa realidad, la presente y la pasada, y estar mejor preparados para afrontar las que nos viene, el futuro» 

Sinopsis

Recién terminada la Segunda Guerra Mundial, en un Berlín arrasado y sin futuro aparente, Victoria sobrevive cantando cada noche en el club Kassandra. Pese a tener una mente prodigiosa, capaz de crear un poderoso sistema de cifrado de mensajes, su hija Hedy y su hermana Rebecca dependen de ese mísero sueldo para sobrevivir.

Un chantaje sin escrúpulos por parte de los rusos obligará a Victoria a viajar sola a Estados Unidos, donde, sin embargo, disfrutará del amor incondicional del capitán Norton. Allí descubrirá que la que parecía la sociedad más democrática del mundo esconde una rancia capa de racismo e injusticias de la mano del Ku Klux Klan y el senador McCarthy.

Una novela grandiosa en la que los resentimientos, el dolor de la pérdida y las decisiones difíciles serán superados gracias al coraje de unos personajes que luchan firmemente por defender lo que más aman.

La novela ganadora del Premio Planeta 2024 nos muestra un retrato impactante de la azarosa vida de personas que sufrieron en carne propia las consecuencias de las grandes decisiones políticas.

Mi opinión 

Estructura

«Victoria» se divide en varias partes:

La primera parte, en su comienzo, nos sitúa en algún lugar de Bad Elster, Sajonia, Alemania, el 15 de abril de 1945.  Después, sigue el Capítulo 1 (Berlín, sector norteamericano, 16 de octubre de 1946); y llega hasta el Capítulo 15.

La segunda parte empieza en la página 334, con una cita de Edward R. Murrow. Esta parte va del Capítulo 1 (Campo correccional de Norilsk, región de Krasnoyarsk, Rusia, en noviembre de 1956) al Capítulo 7, situado en Berlín, en la Navidad de 1964.

Después de la segunda parte, termina con «Nota de la autora» y «Agradecimientos».

El libro está escrito en tercera persona y en pasado.

La historia

«Victoria» es la historia de su protagonista, Victoria, una superviviente que lo único que quiere es sacar adelante a su hija y a su hermana.  Para eso, hace lo que sea necesario por ellas, sin dudarlo, pero desde la dignidad y el amor incondicional.

Junto a ella, el lector se traslada a dos escenarios.  En primer lugar, descubrimos un Berlín derrotado, una ciudad cuyo territorio se han repartido los vencedores.

Después, nos trasladamos a Estados Unidos, donde la vida social está marcada por injustas leyes racistas, el Ku Klux Klan y la «caza de brujas» anticomunista por parte del senador McCarthy.

Además, nos cuenta una preciosa historia de amor que, aunque se desarrolla en unas condiciones terribles, cautiva desde el principio el corazón del lector.

En primer lugar, como os digo, conocemos cómo es la vida en Berlín después de la guerra: la escasez de alimentos, la miseria, la sucia sordidez, las ruinas en aquella ciudad asolada y dividida, los baches, los edificios amputados y solares yermos de vida, el mercado negro.  Las cosas apenas mejoran o lo hacen con una desesperante lentitud.

«No se acostumbraba al aire viciado, mezcla de tabaco y el hedor a suciedad y pobreza que desprendían los cuerpos malnutridos y mugrientos» (página 22) 

Al terminar la guerra, los cuatro países vencedores reparten el territorio de Alemania y Berlín queda como una isla en la zona de influencia rusa.  Los barrios del oeste quedan bajo el mando francés, británico y norteamericano, y la parte este de la ciudad queda bajo el control soviético.

Sin embargo, se plantean otros temas: el enemigo del Reich siempre es Rusia y tiene la obligación de luchar contra el marxismo en cualquier situación, en cualquier momento, ese es el verdadero peligro mortal; la confrontación entre las potencias occidentales y la Unión Soviética; la deportación de judíos y la privación de sus derechos civiles, sociales y laborales, acorralados en una sociedad pervertida por un odio irracional.

En medio de esa confrontación es muy relevante un sistema de cifrado, un lenguaje en clave para salvaguardar la privacidad de las comunicaciones para transmitir en secreto.

Se mencionan los campos de concentración y cómo un cuerpo de élite alemán recopila una gran cantidad de información sobre la Unión Soviética: enclaves militares, tácticas y estrategias, infraestructuras, recursos…

Se hace referencia a los métodos de Gelhen, brutales y sádicos, que causan la muerte y el sufrimiento de miles de inocentes.  Al horror de los campos de exterminio nazis, los millones de víctimas del terror más extremo que pueda llegar a padecer un ser humano.

Además, se habla de los Strafbataillon, los batallones de castigo de la Wehrmatcht formados por convictos, delincuentes, hombres arios casados con mujeres judías o penados que quieren enmendar su delito. Ocupan las posiciones más peligrosas, destinados a morir, carne de cañón en el frente.

«Muerto sin ningún honor de la patria por la que había entregados la vida» (página 55) 

Por otra parte, en Tuskegee (Estados Unidos), vamos descubriendo distintas realidades: la educación de las mujeres del sur para el matrimonio.  Ellas asumen la gestión del nuevo hogar, poniendo orden, delicadeza y refinamiento.

O «la regla de una gota»: hija de padre blanco y madre negra, no la aceptan los blancos porque es medio negra, y tampoco la quieren los negros porque tiene sangre blanca y no se fían de ella.

Vemos cómo se organiza un restaurante, diferenciando entre unos clientes y otros:

«Debido a las presiones recibidas por parte de las autoridades, tuvieron que habilitar una sección aparte para los negros, con el fin de que algunos clientes blancos, demasiado escrupulosos, no se sintieran agraviados al tener que compartir espacio con gente de color» (página 61) 

Asistimos al acoso a los negros por el mero hecho de serlo, a situaciones injustas. Los blancos, cuando se trata de prejuicios instalados en lo más profundo de la conciencia, olvidan todo lo que los hace honrados vecinos y se vuelven animales rabiosos sedientos de venganza, una venganza que ni les concierne ni les aporta nada, ni siquiera la satisfacción de ver reparado un daño, porque no es su daño, pero la perversión de las costumbres arraigadas hasta la médula o el temor a ser señalados por el resto los incapacita para actuar de otra manera.

Apoyar o defender a un negro tiene consecuencias graves, que afectan también la familia. La gente aparta la mirada a su paso, les llaman amanegros o les señalan.

«Hay que tener la sangre muy fría para soportar la presión, o nada que te ate a este mundo» (página 69)

Asimismo, se habla de un experimento repugnante que se lleva a cabo en el hospital esa localidad.  A pesar del código de Nuremberg, publicado el 20 de agosto de 1947, una serie de principios que rigen la experimentación con seres humanos, se lleva a cabo un experimento con 400 hombres negros para ver cómo se desarrollaba la sífilis.

Los pacientes eran negros y ellos, sus familias, sus mujeres y sus hijos creen que los están curando y todo es una mentira.  Los utilizan como conejillos de Indias.  A los blancos se les da medicación, los intentan curar y eso no ocurre con los negros.  No se les hace un estudio con el fin de curarlos, sino para ver cómo evoluciona la enfermedad en sus cuerpos. No es algo terapéutico. Aterrador.

Es muy significativo que se hace referencia al American First de los presidentes Wilson y Harding.   Ideas que se repiten, como otras:
«Para muchos en este país, ser negro, judío, homosexual, comunista o defender a cualquier de estos es motivo suficiente para señalar, insultar o vilipendiar, y ahora para amenazar» (página 81)

Aparece el Klan, los capirotes y túnicas blancas, el fuego y la cruz de madera.  Y sus miembros salen indemnes de sus fechorías, en la mayoría de las ocasiones.

El Ku Klux Klan es una organización racista y violenta cuya misión es mantener y proteger la supremacía blanca, intimidando y atacando a los afroamericanos.  También arremeten contra los republicanos del norte y los blancos que apoyan la igualdad racial.

Se explica la puesta en marcha del Plan Marshall, un programa de ayuda económica promovido por Estados Unidos para impulsar la economía y las inversiones extranjeras en Berlín.

Nos enteramos de los detalles del bloqueo de junio de 1948, con el que queda interrumpido el abastecimiento que debe llegar a los sectores occidentales de la ciudad.  La falta de suministro provoca la paralización absoluta de industrisay comercios, el metro y los coches no pueden usarse por la escasez de combustible y la falta de recambios necesarios.  Todo ello dificulta la maltrecha economía y complica aún más la miserable vida cotidiana de los ciudadanos.

El bloqueo termina el 11 de mayo de 1949. Pero no supone que todo termine. Las tensiones entre los dos bloques no solo continúan, sino que aumentan por momentos.

Y cómo se comienza a organizar un puente aéreo, el único medio que permanece abierto.

«A través de tres pasillos aéreos desde la Alemania federal, sobrevolando territorio de la Alemania ocupada por los rusos, los aviones aliados empezaron a llegar principalmente a Tempelhof, pero también al aeródromo de Gatow, y los hidroaviones podían amerizar en el lago Havel» (páginas 130 y 131)

En las bodegas habilitadas de los aeroplanos se transporta todo tipo de suministros para abastecer a los berlineses de los sectores occidentales con todo lo necesario para sobrevivir. Y ese puente aéreo, que en un principio parece una locura imposible, funciona cada vez mejor.

Más tarde, comienza la guerra fría.

«Ahora no hay bombas, ni movilización de ejércitos, ni operaciones militares; a lo que nos enfrentamos es a un conflicto de competencia ideológica, económica y militar con el único fin de controlar el mundo»  (página 147)

Somos testigos de la creación de la República Federal Alemana con la promulgación de la Ley Fundamental aprobada por representantes de los tres países aliados, y al aumento de las tensiones entre los dos bloques de uno y otro lado del Telón de Acero.

De la creación de la bomba nuclear rusa y al temor a nueva guerra que, sin ninguna duda, sería más devastadora.  Ese temor hace que aumente el miedo a los sabotajes y actividades subversivas, creciendo también la paranoia persecutoria de cualquier elemento infiltrado, espía o informante soviético en territorio de Estados Unidos.   Llega entonces el empate nuclear entre las dos potencias.

Se instaura el comunismo cada vez en más países, como Checoslovaquia y China. De ahí, llegamos a otro tema importante: el gobierno de Truman es uno de los impulsores de una cacería anticomunista en ascenso, amparada y potenciada gracias a la labor del FBI y, más concretamente, de su director y jefe supremo.

La ancestral obsesión de Hoover por perseguir y destruir a cualquiera que tuviera algo que ver con el comunismo resultaba muy evidente.

«Consideraba esa ideología y todas sus derivadas, sindicatos y cualquier partido de izquierdas, incluidos los socialistas, una peligrosa amenaza contra la forma de vida y la libertad de Estados Unidos» (página 162) 

Se habla de lenguajes cifrados, herramientas de gran calado, que son de gran utilidad para enviar y recibir información sin temor a que la interprete el enemigo.

Y nos enteramos de la detención del matrimonio Rosenberg; acusados de suministrar información clasificada sobre la bomba atómica a la Unión Soviética, con el fin de desestabilizar la guerra que se desata en el península de Corea.

Asimismo asistimos a cómo un rumor falso puede extenderse y que todo el mundo lo crea.

«El castigo ya se había hecho efectivo: el violento aislamiento social y profesional que recaía sobre cualquiera que se viera envuelto en aquel arrollador circo mediático» (página 288)

Y como, para salvarse ellos mismos o su entorno más inmediato, hay personas que traicionan.  Es difícil de entender las razones para que alguien señale a un amigo en una gran mentira.

«Se esforzó por comprender la perfidia de dar la patada hacia delante y permitir que la bola del escarnio recaiga sobre otro mientras uno cree quedar a salvo» (página 289)

Conocemos también la vida en un campo correccional ruso en un rincón perdido del mundo y cómo el principal objetivo allí es sobrevivir una hora más, un día más, vivir, seguir respirando.

Una vez finalizado el recuento y el escueto desayuno, las mujeres de esos campos se dispersan ateridas y, presurosas, se dirigen a sus trabajos.  Apenas hablan, no tienen fuerzas.

Se narran las penosas condiciones políticas y económicas de la Alemania Oriental. Para muchos de sus habitantes el sueño de una vida mejor en el Oeste, lejos de las restricciones políticas y la falta de libertades.  En la RDA, nada resulta fácil. La situación de esos refugiados desborda cualquier previsión.  El centro de acogida de Marienfelde, primer lugar en el que se recibe, asiste y orienta a los asilados, mantiene un insoportable exceso de ocupación.

La Puerta de Brandeburgo es el símbolo de la división entre dos formas de vida distintas; una buena, la otra malvada y perversa, dependiendo del sector desde el que se opine.

La CIA detecta a sujetos que se hacen pasar por refugiados del Este cuando en realidad son espías de la Stasi, o peor aún, del KGB. Son muchos los que llegan a diario y el perfil es muy variado.  Toda información o contrainformación resulta crucial.

Somos testigos del incremento de los desencuentros entre los soviéticos y Occidente, entre el viejo y baqueteado Jrushchov y el joven y novato presidente Kennedy, la Unión Soviética contra Estados Unidos, el comunismo frente al capitalismo imperialista.

«Y en aquel difícil equilibrio de fuerzas, todos los ojos estaban puestos en la ciudad de Berlín, convertida en un polvorín que podía saltar por los aires con cualquier chispazo» (página 396)

Por esa razón, la libertad de paso habitual que los berlineses han tenido entre Este y Oeste se va endureciendo, y la policía de la RDA cada vez pone más trabas y dificultades para aquellos ciudadanos que trabajan en el Oeste o que pasan a visitar a familiares, al cine o a pasear por el famoso Ku’damm con sus primorosos escaparates y sus terrazas siempre llenas de gente.

Posteriormente, los desplazamientos en la Alemania del Este se regulan de forma más estricta y solo aquellos que obtengan un permiso del Ministerio del Interior pueden abandonar el país.  Al principio, se niegan los rumores de que se vaya a construir ningún muro.

Los berlineses empiezan a concentrarse en la parte occidental. Posteriormente se cierra la frontera y ya no puede pasarse de un lado a otro como hasta entonces.

Por otro lado, se desgrana un debate sobre la radiactividad, la fisión nuclear, las bombas nucleares.  El error no está en su desarrollo, sino en su aplicación y uso.  La física nuclear no solo sirve para crear bombas, supone un gran avance en la generación de energía eléctrica gracias a los reactores nucleares.  Y puede llegar a convertirse en una fuente inagotable de energía, sin contar los progresos en la medicina para el diagnóstico y tratamiento médico, incluyendo escáneres y terapias basadas en radiación.

Y, también, nos encontramos con la injusta situación de que a una mujer se le reconozca que el proyecto de un lenguaje cifrado es una invención enteramente suya.

«Nunca me reconocerán la autoría de ese proyecto. El único consuelo que me queda es saber que con mi trabajo contribuí a mejorar la seguridad de las comunicaciones» (página 424)   

Los personajes

El general Gehlen es el jefe del servicio secreto del frente del Este de la Wehrmacht.

Stefan von Ribbeck es un coronel alemán de la FHO. Antes de la guerra, tiene un porte atractivo, es un chico dulce, guapo, atento, inteligente, divertido, lleno de vida y proyectos. Luego se afilia el NSDAP, las SS, abraza los postulados nazis y esa fervorosa entrega le facilita un ascenso meteórico y se convierte en un alto oficial de las Waffen-SS.  Su carácter cambia, se vuelve irascible y prepotente.  Durante la guerra forma parte el un cuerpo de élite alemán que llega a recopilar una gran cantidad de información sobre la Unión Soviética.

Victoria Kiesler es una mujer guapa e inteligente, que ha heredado lo mejor de su padre y lo mejor de su madre.  Tiene pelo negro y abundante, los ojos grandes verde esmeralda, su boca, su piel son perfectas.  Además es inteligente y brillante, ha estudiado Física y Matemáticas, destaca en todo aquello que se propone. También canta, lo hacer como solista de la orquesta de Heiko en el Kassandra Club. Siente pasión por las matemáticas y por el lenguaje cifrado.

No es solo un rostro bonito o una voz extraordinaria, además es una experta en criptografía, inteligente, sagaz y con una sorprendente capacidad analítica.  Es una mujer valiente que sabe enfrentarse a las dificultades y afrontar los problemas que van surgiendo, manteniendo siempre su familia como prioridad.

Rebecca es la hermana de Victoria, la envidia desde niña, porque es más guapa y mucho más inteligente que ella.  Es poco agraciada, su pelo es rubio pajizo, sus ojos son pequeños y demasiado juntos.  Desde pequeña su padre le recrimina que es torpe y tonta, y que solo sabe estorbar.  Cuando nace su sobrina, ella se hace imprescindible en el cuidado de la niña y entabla con ella una estrecha relación maternal.  Esa niña se convierte en el centro de su universo, le otorga la fortaleza y resolución de las que carece antes.

Tiene un sentido especial para detectar los estados de ánimo de Victoria.  Es insistente y tenaz, como un depredador a la caza de su presa.  Ella es la que hace colas eternas para canjear los cupones, limpia la casa, lava, cocina y, sobre todo, está siempre pendiente de Hedy. Su carácter es a veces irascible y sus impulsos incomprensibles.

Hedy es la hija de Victoria y muy parecida a ella, los mismos ojos, el pelo oscuro y abundante, sus cejas, la forma de la boca, no ha sacado nada del padre. Desde su nacimiento, Victoria delega su cuidado en Rebecca en una inconsciente carrera por buscar un mundo mejor para su hija.

El doctor Wolf es un médico.

Seegers es un profesor, un viejo catedrático que ha sido apartado de la universidad por ser un judío mestizo.  Está casado con una mujer aria.  Es un eterno optimista.  Sus clases son muy interesantes.  Victoria le admira porque es un sabio, sus conocimientos han sido un tesoro para ella; su serenidad y carácter amable, un bálsamo.  Trabajan conjuntamente en un sofisticado sistema de cifrado.

Con el fin de ayudarle, económicamente, ella acude a casa del profesor para recibir clases particulares de sus asignaturas.  Lo hace a escondidas y con una extraordinaria cautela.  Son un matrimonio de trato exquisito y siempre acogedores.

Charlotte Nyssen es la dueña del Kassandra Club.  Nadie sabe su edad, aunque debe haber cumplido de largo los cuarenta años.  Es alta y esbelta, y su aire distinguido le da una apariencia inaccesible.  Su estilo es austero, pero elegante.

Kovalenko es el encargado de la seguridad en el Kassandra Club.  También avisa del tiempo que queda para el comienzo de cada actuación.

Kohler es un zapatero de mediana edad.

Robert Norton es un capitán estadounidense, nacido en Alabama, en el profundo sur de Estados Unidos, pero sus padres son de Múnich. Los dos emigraron siendo niños a Tuskegee, así se conocen y se casan.  Es muy atractivo, ronda los treinta años, alto, de aspecto sano y corpulento, moreno de piel y con el pelo claro y abundante.  Tiene los ojos castaños, pequeños y risueños.  Sus labios son carnosos y rosados y muestra unos dientes bien cuidados. De apariencia correcta, educado, simpático y apuesto.

Trabaja como abogado en un bufete de Nueva York; después, el Servicio de Seguridad de Estados Unidos le propone trabajar bajo su mando en territorio alemán. Su labor consiste en buscar personal alemán de interés para su país.

La madre de Victoria y Rebecca es una cantante de ópera, una de las mejores de su tiempo.  Es una mujer muy especial, una estrella.  No se comporta como una madre, trata a sus hijas como un estorbo en su carrera. Es una diva.

El padre de Victoria y Rebecca es un ingeniero excelente.  A pesar de no ser nazi, se afilia al partido.

Katie Coleman es la mujer de Norton, educada en una rígida educación sureña inculcada por su madre.  Ha sido educada para el matrimonio siguiendo la antigua tradición de las damas sureñas propietarias de grandes plantaciones de algodón.  Pero ella carece de carácter, nada que ver con su madre. Se deja llevar, rechaza cualquier cosa que suponga un esfuerzo, le asusta asumir responsabilidades, todo lo delega en otros.  Su mayor virtud es estar siempre perfecta.

Es elegante y exquisita en sus formas, anfitriona ideal en cualquier evento y consigue que todo los que la rodean se sientan a gusto.  También es dulce y alegre.  Trata de desprenderse del acoso de su madre, pero resulta complicado.

Lucas Ewell es el hijo del socio y amigo del señor Coleman y médico del instituto del hospital John Andrews. Es cinco años mayor que Katie y el candidato preferido de su madre para que sea su marido.

Los padres de Norton, Matilda y Wolfgang, regentan un exitoso restaurante en el centro de Tuskegee que se ha hecho famoso por su cerveza bávara y sus salchichas. Wolfgang Norton cree firmemente que la educación es el camino más seguro para enfrentar la vida y lo que les permitirá a sus hijos llegar hasta donde se propongan.  Su esposa y él trabajan hasta la extenuación, ahorrando cada penique con el fin de sus vástagos puedan llegar a la universidad.

Rose es la hermana de Robert Norton, cuatro años mayor que él.  Graduada en Medicina con unas notas excelentes en una universidad privada en Boston.  Trabaja como asistente del doctor Lucas Ewell en el hospital John Andrews. Es algo más que una enfermera, pero con menos capacidad de decisión que su jefe.  Siempre independiente. Casi nunca lleva polvos en la cara y tampoco suele pintarse los labios ni las uñas.  Pee a su aspecto delicado -alta, rubia y muy delgada-, es fuerte como un roble, resolutiva, nada se le resiste.

Su seguridad abruma y es un espíritu libre.

Samuel Keating es un abogado con el que trabaja Robert, un yanqui procedente de Nueva York muy comprometido con la defensa de los derechos de los negros. Tiene ese aire de inquebrantable respetabilidad.  Es firme y tranquilo. Tiene cuarenta y cinco años, es bajo de estatura, robusto de cuerpo, su abundante pelo castaño empieza a encanecer por las patillas; sus ojos son oscuros y risueños, aunque en su mirada hay un reflejo siempre de melancolía.

Oliver Coleman es el hermano mayor de Katie.  Nacido el mismo día que Robert Norton y a muy poca distancia uno de otro.  Hacen buenas migas desde muy niños, aunque nada tienen que ver entre ellos.  Es impulsivo, vanidoso, obstinado, pero también un loco encantador y muy divertido.  No se dedica a la abogacía, sino que se convierte en ayudante del fiscal.

Benjamin Coleman es el padre de Oliver y Katie.  Es el fiscal del distrito con aspiraciones de alcanzar alguna de las altas esferas jurídicas de Washington. Bajo su gesto severo se esconde un ser humano sosegado y afable.  Es un gran conversador, sus opiniones resultan interesantes.

Maudi es una mestiza a la que Robert contrata para que cuide de Katie y del futuro bebé.  Es trabajadora y cariñosa con los niños, y además sabe leer y escribir.

La señora Coleman es la madre de Oliver y Katie.  Siempre está presente, opinando, calculando, organizando la vida de todos.  Llama gente basura a los que no considera de su clase.

El señora Molly es la cocinera del restaurante de los padres de Robert.  Es una negra de ojos grandes y saltones, pecho enorme y gruesos brazos, vestida siempre con un delantal almidonado que le cubre el cuerpo y un turbante blanco atado a la cabeza. Su hija es Prissy, casada con Sam.

Brent Hightower es un tipo provocador y pendenciero.

John Sanders es un hombre vinculado con el contrabando de alcohol.

Jimmy Sanders es el hijo de John y se le acusa de un asesinato que no ha cometido.

El señor Joyce es carpintero.  Tiene pelo cano, manos angulosas y fuertes.  Lleva mandil de cuero y botas recias.

Caleb Douglas es un médico especialista en enfermedades venéreas.  Es interesante, inteligente, guapo, bueno, delicado y todo un caballero.  Es de Nueva York y es negro, apuesto, con una conversación exquisita, un yanqui de pies a cabeza, bien vestido, leído, instruido, amante de los libros, del arte y de la música.

Winder es un juez y un hombre tranquilo.

Stuart Calvert es de Hogansville, en el estado de Georgia, y allí vive con su esposa Peggy y sus dos hijas.  La señorita Philby es tía de la esposa de Stuart y tiene una granja.

El señor Schröeder es el antiguo propietario de una casa requisada por el gobierno militar de Estados Unidos para albergar a algunos de los oficiales norteamericanos instalados en Berlín.  Dispensa a sus «huéspedes» un trato exquisito, a la altura de su aristocrática educación prusiana.

Gehlen es un general.

Scott es un teniente.

Heiko es el jefe de la banda de música en el Kassandra.

James Wembley es un teniente.

El señor Heyman es un vecino.

Valeria es una mujer de nacionalidad mexicana, que ha entrado ilegalmente en Estados Unidos para trabajar recogiendo fruta en los campos de California. Llega a Tuskegee huyendo de un hombre que la maltrata.

El señor Brown es un periodista de la RIAS.

Margaret atiende el bufete en el que trabaja Norton en Nueva York.

Delcy es otra persona que trabaja en el bufete.

James Wechsler es un columnista del New York Post.

El señor Thompson es un hombre bueno que visita la prisión para ayudar a los presos a reinsertarse en la sociedad.  La señora Thackerey es su hermana y es viuda, tiene una casa en Queens con cuatro habitaciones.

Frank Thackerey es el hijo de la señora Thackerey, trabaja en el New York Post, es reportero en el equipo de Wechsler.  Le investiga el FBI, le acusan de comunista.

La señora Hoffmann es una profesora del colegio de Hedy.

El señor Weber es el cartero.

El agente Calvert es un hombre alto, bien plantado, arrogante y con una mirada tan incisiva que resulta desagradable.

Dimitri Lugovoy es un pez gordo de la policía secreta soviética en Berlín. Su perfil rígido, de nariz de boxeador, cabeza grande, pelo fino y peinado hacia atrás.

La señora Betsy acude a diario para organizar la limpieza y la ropa en la casa de Norton.

William Friedman es un profesor en el departamento de criptografía.

Ilse Ostermann trabaja también en el departamento de criptografía.  Es una mujer menuda y callada de origen austriaco, con una inteligencia extraordinaria, cuyo trabajo durante la guerra en el desencriptado de códigos del ejército enemigo resulta fundamental para la victoria aliada.

Lewis y Wright son agentes del FBI.

Fred Fowler es un viejo amigo de Robert al que conoce desde la universidad.  Ha estudiado también Derecho, pero al licenciarse entra a trabajar en el Washington Post y trabaja como redactor en el periódico hasta 1939 en la sección de Tribunales.  Se presentan a las pruebas para formar parte del FBI, ambos consiguen superar el exigente proceso de selección de la oficina de investigación que dirige Hoover.  Ambos se convierten en agentes especiales.  Después, Fred forma parte de la plantilla de otros medios de comunicación.  Es alguien de la más absoluta confianza de Norton.  Su esposa es la encantadora Lillian.

Edward Makenzie, Cooper y Richard Shelton son los socios abogados del despacho en el que trabaja Norton. Makenzie es un hombre alto, delgado, extremadamente educado, de porte elegante, con trajes hechos a medida y corbatas de seda; el pelo blanco y abundante peinado hacia atrás, el cutis cuidado y los ojos grises muy claros.  Cooper tiene un par de años menos que Makenzie y ambos mantienen una relación muy estrecha, comparten aficiones como las carreras de caballos, viajes de lujo exclusivos y la soledad, ya que Makenzie es soltero y Cooper ha enviudado hace más de tres décadas y no ha vuelto a casarse.  Shelton es un tipo mediocre y antipático.

Noah Carter es un cliente del bufete.

Andrew Peterson es un fiscal con criterio honesto y objetivo.

Harry, es un policía de Tuskegee, antiguo compañero de Robert en el colegio.

La señora Desmond vive en Tuskegee. (No puedo contaros más sobre ella).

Sorokina es una mujer que, antes de su detención, imparte clases de Física nuclear en la Universidad de Leningrado.  Habla un alemán perfecto, porque ha vivido cinco años en Berlín en la década de los veinte.

Buster es el saxofonista de la banda de Heiko en el Kassandra.

Eszter Szabó es la jefa de redacción del magazín que dirige Victoria. Entre ellas se crea un fuerte vínculo tanto profesional como personal, ya que trabajan muchas horas codo con codo. Tiene los ojos claros, pequeños y chispeantes, parece que siempre está sonriendo.  No es guapa pero sí atractiva, alta, delgada y algo desgarbada, el pelo oscuro y corto.  Trabajadora incansable, perfeccionista y tenaz.

Adler es un muchacho que vive en el Berlín soviético.

Theo Linkerhand es el hermano mayor de Adler. Estudia Arquitectura en la Universidad Libre en Dahlem, en el sector norteamericano. Es un joven brillante, divertido, entrañable y locuaz, amante de la buena música y un lector voraz.

Brigitte es la madre de Theo y Adler.  Es dulce y tranquila, apenas habla y su rostro refleja ese halo de tristeza que arrastran muchas mujeres que viven la guerra.  El padre es Joseph Linkerhand, un hombre distante y austero.  Trabaja como miembro del consejo municipal y para poco en casa, porque sale muy temprano y no vuelve hasta la noche.

Berta es una amiga de Theo. Es médico.

Max Krause es un amigo de Berta.  Trabaja en una empresa química, y de la noche a la mañana le ponen a limpiar el alcantarillado de la ciudad.

Dieter Schâfer es un compañero de trabajo de Rebecca y es el presidente del sindicato de la fábrica, tiene poder e influencia. Es muy amable y divertido.

El señor Schlink es un profesor.

Lochner es el jefe de la emisora.

Katalin es una amiga desde pequeña de Eszter, vive en la misma calle y va al colegio con su hermano, son inseparables desde niños.

Los lugares

La trama se desarrolla, principalmente, en varios escenarios: 

En primer lugar, en Alemania.  En concreto en Berlín: sector norteamericano, metro en Wittenbergplatz; Ziegelstrasse; la estación de Friedrichstrasse; Georgenstrasse; la Geschwister-Scholl-Strasse; el puente Eberts; la Bundesallee; el barri de Steglitz; la Charlottenburger Chaussee; Hofjägerallee; Kurfürstenstrasse; el Café Einstein, Moka Efti; Rummelsburg, un barrio al sur de la ciudad, sector ruso; Fuggertrasse; la Argentinische Allee; el hospital de la Charité; el aérodromo de Tempelhof; el edificio de la RIAS en la Hans-Rosenthal-Platz en el distrito de Schöneberg.

Y la Schorlemerallee; Knaackstrasse esquina con Prenzlaner Berg; la escuela Ernst Thälmann en Friedrichshain; Veintiuno Oeste; Ackerstrasse; Frobenstrasse; el cementerio de Dorotheenstadt; distrito de Schôneberg; la puerta de Brandeburgo, símbolo de la separación de la ciudad: Postsdamer Platz: Universidad Libre, Universidad Humboldt; Spandau: el número 20 de Storkowerstrasse: la Stalinallee: la Leipzigerstrasse; la Stalinallee (después Karl-Marx-Allee): la Unter den Linden; el puente Mühlendamm: el río Spree; el parque de Treptower; Pariser Platz; puesto de Oberbaumbrücke; distrito de Mitte.

En la ciudad, nos detenemos especialmente en el Kassandra Club, un lugar para entretener y divertir, no a los berlineses, sino a los ocupantes, los vencedores de la guerra.  Conserva el esplendor de antaño en sus distintos espacios y su decoración de brocados rojos y dorados. El local queda en el sector estadounidense de la ciudad, eran mayoría los soldados y oficiales norteamericanos que ocupan las mesas a la derecha del escenario, cerca de la barra.

También en Alemania visitamos: Bad Elster, en Sajonia; el campo de concentración de Sachsenhausen; Fráncfort; Bonn; Hamburgo; Potsdam; Scharmützelsee.

En Estados Unidos:

Nueva York: Manhattan; el Bellevue Hospital, Brooklyn; el 180 de Central Park S; el 96 de Pierrepont Street; la Cincuenta y siete; la Tercera Avenida con la calle Sesenta y nueve; Park Avenue; Broadway; Universidad de Columbia; el Hotel Savoy en la Quinta Avenida; el hotel Plaza y el Palm Court; Gran Army Plaza; la isla de Ellis; el puente de Brooklyn; Brooklyn Heigths; restaurante Le Pavillon en la Cincuenta y Cinco; el Rockefeller Center; East River Drive.

Y la Noventa y siete; Amsterdam Avenue; la estación de Borough Hall; Pierrepont; Club 21; The Pool en Central Park; el arco de Glen Span; Stork Club; la Cincuenta y tres Este; el Monte Sinaí; el Bronx; el Morocco; el Birdland en Broadway; Madison Avenue; la Sesenta; el Copacabana.

Otro lugares en ese país: Boston, Harvard; Washington: Virginia, Richmond, Columbus, el hotel Mayflower, el Capitolio; el Medio Oeste; Southampton; North Creek, las montañas de Adirondack; San Francisco; Wisconsin; Quantico, en el estado de Virginia; la playa de Cape Cod; Nueva Jersey: San Francisco.

Y, por supuesto, Alabama, en concreto el condado de Macon, Montgomery.  Y allí, Tuskegee: su iglesia, el hospital John Andrews, el hotel Bristol; el restaurante «Norton’s Bavarian Kitchen».

En Rusia: Campo correccional de Norilsk, región de Krasnoyarsk; Leningrado; Siberia.

Se mencionan los Alpes; el río Isar; Glasgow; Canadá: Oslo: Ucrania; Moldavia; Bielorrusia; Kazajistán; Checoslovaquia; China; Le Havre; París; Asia Oriental; México; Budapest; Hiroshima; Nagasaki: Budapest; Mallorca; el Báltico.

Referencias 

Hechos históricos:

  • Derrota de Alemania; ejecuciones de diez de los más estrechos colaboradores de Adolf Hitler; sentencia del Tribunal Militar Internacional; el juicio de Nuremberg; el reparto de Alemania y de Berlín; la deportación de judíos de Berlín a partir de octubre de 1941; el 20 de octubre de 1946 los berlineses forman largas colas para votar en las primeras elecciones municipales; los rusos dejan premeditadamente sin luz a los tres sectores bajo la ocupación aliada; el ataque de los japoneses a Pearl Harbor; el ataque a Rusia: el desembarco aliado en las playas de Normandía la madrugada del 6 de junio de 1944: las leyes de Núremberg; la política de American First de los presidentes Wilson y Harding; la Ley Seca;
  • el cierre por parte de los rusos de los accesos a las zonas ocupadas por los aliados; bloqueo del 24 de junio de 1948: la República Federal Alemana con la promulgación de la Ley Fundamental; detonación el 29 de agosto de 1949 por parte de la Unión Soviética de su propia bomba atómica en Semipalätinsk, en Kazajistán; instauración del comunismo en varios países; cacería anticomunista del gobierno de Truman: desembarco de Normandía; primeras elecciones de la República Federal Alemana; proclamación de la República Democrática Alemana; restricción de los viajes privados de los ciudadanos del Este hacia el sector occidental;
  • guerra en la península de Corea, enfrentando a Corea del Sur, capitalista, contra el Norte, comunista: la batalla de Okinawa en mayo de 1945; la revolución húngara en otoño del 56: la elección de John Fitzgerald Kennedy como presidente de Estados Unidos; incremento de la la tensión entre los soviéticos y Occidente, desencuentros entre los dos dirigentes mundiales: el viejo Jrushchov y el joven y novato Kennedy: seis ingenieros, residentes en Berlín Este y que trabajaban desde hacía años en Telefunken, las autoridades de la RDA retiraron el permiso de paso al Oeste, sin previo aviso;
  • el presidente del Consejo de Estado de la República Democrática Alemana, Walter Ulbricht, convoca una rueda de prensa para el día siguiente en la Casa de los Ministerios de Berlín Este: el lanzamiento de dos bombas nucleares en las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki: el cierre de la frontera en Berlín por Ulbricht; la expulsión de Radulovich del ejército; el acoso a Annie Lee Moss: el programa del 9 de marzo del 54 de Edward R. Murrow; convenio entre las dos Alemanias que permite el paso de los berlineses del Oeste a la RDA, solo por unas horas y únicamente durante el periodo navideño.

Personajes históricos:

  • Hitler; Stalin; Hermann Göring; el general Reinhard Gehlen; Jim Crow; Dorothy Thompson, corresponsal en Berlín y expulsada por el gobierno nazi en 1934; Roosevelt; Churchill; Lipmann: el presidente Truman; J. Edgar Hoover; Konrad Adenauer; William Friedman; Joseph McCarthy, un político mediocre, ambicioso y narcisista; Roy Cohn, joven ayudante del fiscal adjunto; Edward R. Murrow; Kennedy; Jrushchov: el matrimonio Curie: el primer ministro Nagy; Ulbricht: Annie Lee Moss.

Entidades, organismos, ejércitos o instituciones:

  • La Wehrmacht; el Eje; la Universidad de Berlín; la Gestapo: la Fremde Heere Ost, la unidad de inteligencia; el Servicio de Seguridad de Estados Unidos; los Strafbataillon; MGB, la agencia de seguridad soviética; la RIAS; las Fuerzas Aéreas norteamericanas; Agencia Central de Inteligencia; FBI; División Federal de Investigación; Unión Democrática Cristiana; el HUAC, Comité de Actividades Antiamericanas; Ministerio de Seguridad del Estado Soviético; Departamento de Defensa; la CIA; Partido Comunista; Subcomisión Permanente de Investigación del Senado; la Junta de Perdones y Libertad Condicional de Alabama; la Stasi: el KGB; Consejo de Estado de la República Democrática Alemana; Casa de los Ministerios de Berlín: Ministerio de Seguridad del Estado; la antigua ÁVH: el Círculo Petófi; la Államvédelmi Hatóság: el AOV; la OTAN; Departamento de Estado.

Música:

  • La canción How High the Moon; In The Mood: I’ve Got my Eyes on You; Pick Yourself Up; Bei Mir Bist Du Schön; Auld Lang Syne; Bali Ha’i de Juanita Hall; el musical South Pacific de Rodgers y Hammerstein; Ella Fitzgerald; When I Fall in Love y How High the Moon; How High the Moon.

Comidas:

  • La apfelkuchen; salchichas Frankfurter o Weisswurst; una gaststätte, una taberna de comidas; rote Grütze, un postre.

Campos de concentración: 

  • Sachsenhausen; campo correccional de Norilsk.

Automóviles:

  • Opel Kapitän; un viejo Chevrolet de 1920; un Buick verde; el fastuoso Lincoln Model K Coupe; un jeep; Packard Clipper; un viejo Studebaker Champion de color amarillo; un Volkswagen Beetle de color azul: un viejo BMW; un Mercedes: un Wartburg negro: el Escarabajo azul: un Zwickau P70 coupé de color gris; un Ford negro; un viejo Trabant de color crema.

Tabaco:

  • Cajetilla de Camel; Lucky Strike; Chesterfield; Marlboro; Juwel, fabricados en la RDA.

Barcos:

  • Athenia; el SS America de la naviera United States Lines.

Teatros:

  • Metropolitan.

Prisiones:

  • Torgau; la prisión de mujeres de Barnimstrasse.

Literatura:

  • Lo que el viento se llevó de Margaret Mitchell: Ashley Wilkes: Pinocho: la novela de Dostoievski, Memorias de la casa muerta; Bertolt Brecht; Anna Seghers; la distopía de George Orwell 1984; Anna Ajmátova; un libro de cuentos de Hans Christian Andersen; novela de Bram Stoker.

Bebidas:

  • Johnnie Walker; Coca-Cola.

Medios de comunicación:

  • New York Herald Tribune; New York Post; el Der Tagesspiegel; Washington Post; The Nation: The New YorkTimes; programa See It Now dirigido por Edward R. Murrow en la CBS; programa «Esto es Londres» de Edward R. Murrow.

Aviones:

  • Un C-47; vuelos de Lufthansa; los plateados Dakotas.

Bancos y monedas:

  • El Deutsche Mark; el antiguo Reichsmark.

Constitución:

  • La Quinta Enmienda de la Constitución de Estados Unidos que otorga a los ciudadanos de ese país el derecho a no declarar contra sí mismos.

Armas:

  • Un Colt.

Fotografía:

  • Polaroid Land 95.

Motocicletas:

  • Una DKW RT de segunda mano de color rojo.

Armas:

  • El apartamento de Billy Wilder.

Policía:

  • VoPo.

Empresa:

  • Telefunken.

Trenes:

  • El S-Bahn.

En resumen… «Victoria»

Tengo que reconocer que empecé a leer el libro en Navidad, pero lo dejé.  Y no fue porque no me estuviese gustando.  Lo que ocurrió es que me lié con otros temas y lo dejé un poco aparcado.  No obstante, seguía en mi mesilla, discreto. Este verano, en el que he leído bastante y eso me hace realmente feliz, lo retomé desde el principio y con ganas.  Comencé y ya no lo pude dejar.

¿Sabéis algo? Ha sido un placer viajar de nuevo a Berlín de la mano de Paloma.

«Berlín tiene una novela en cada rincón. sobre todo en el siglo XX desde la Primera Guerra Mundial hasta la caída del muro. Creo que es una ciudad que se construye y se destruye, es ocupada, derruida… Tiene cientos de vivencias dignas de novela»

Una ciudad en la que estuve hace algún tiempo y a la que ya me ha llevado en otras lecturas. En esta ocasión vamos en un momento en la que se convierte en la ciudad más peligrosa del mundo. Hay espías en cada esquina.

«Los espías brotan por esta ciudad como setas en un bosque.  Hay muchos que están dispuestos a cualquier cosa por calentarse durante el invierno» (páginas 113 y 114) 

La autora consigue transmitirnos cómo era la vida cotidiana de los berlineses de aquellos años, de los hombres, mujeres y soldados rasos (no de los oficiales) que subsisten como pueden en una ciudad devastada, ocupada por los vencedores.

Con más o menos detalle, conocemos los hechos históricos, lo principales acontecimientos, pero desconocemos cómo viven esos habitantes anónimos lo que va sucediendo a su alrededor, cómo afecta a su vida privada, cómo afrontan ese terrible entorno, cómo superan el terror a que estalle todo de nuevo por los aires.  Y las respuestas a estas preguntas nos las narra Paloma Sánchez-Garnica.

Podemos sentir esa sensación de miedo a que Berlín sea el territorio en disputa de una posible nueva guerra, podemos padecer la durísima vida cotidiana de la gente corriente en ese Berlín de 1946 a 1949.

Es apasionante, aunque también demoledor, asistir a la evolución de Berlín.

Al principio del libro, nos encontramos con un momento crítico, está a punto de estallar otra guerra con el bloqueo del 48. Los berlineses, otra vez, vuelven a tener miedo: la clave es si EE.UU. cede o Stalin se mete más allí. Tienen un límite muy complicado.

«Con el paso del tiempo había aumentado ostensiblemente la desconfianza entre las tres zonas aliadas dominada por franceses, británicos y estadounidenses, y los barrios controlados por los soviéticos de la parte este de la ciudad.  Se rumoreaba que Stalin pretendía formar a los aliados para que abandonasen Berlín con el fin de ocuparlo en toda su extensión. Al fin y al cabo, la ciudad se enclavaba en la zona de Alemania dominada por los rusos.  Había inquietud por ello entre los berlineses de las sectores occidentales» (páginas 119 y 120)

Los dos poderes hegemónicos, la Unión Soviética y Estados Unidos, compiten por el dominio de ese nuevo mundo que comienza a despertar.

«Aparte de las incomodidades y de la incertidumbre, estaba el temor al estallido de un conflicto» (página 130)

Todavía quedan, en toda la ciudad, demasiadas heridas abiertas por la guerra.

Sus habitantes son muy castigados al acabar el conflicto, les hacen pasar hambre, les hostigan, no les dejan entrar a los teatros, a los cafés o a los restaurantes.  Los vencedores se hacen los dueños, del territorio y de las instituciones.  Incluso de sus vidas. Además, todos esos supervivientes son en su mayoría mujeres, niños y ancianos.

Durante los primeros años tras el final de la guerra, los berlineses sufren muchísimo. La población civil alemana paga por lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial, pero los oficiales no lo hacen.  En ese contexto, la resistencia del ser humano le lleva a hacer cualquier cosa para no rendirse, sobre todo, cuando debe sacrificarse por sus seres queridos.

He compartido ese tiempo con Victoria, una mujer valiente, inteligente, luchadora.  Alguien que no se rinde, que busca soluciones y salidas, que tiene claras sus prioridades y la importancia de proteger a las personas que quiere.  Es una mujer que mantiene su dignidad y amor incondicional, a pesar de todas las dificultades a las que se tiene que enfrentar.  Destaca por su resiliencia, su empatía y capacidad de perdón.

Ella es un claro ejemplo de cómo las mujeres también sufren las barbaridades de la guerra: los bombardeos, el hambre, las atrocidades cometidas por los ejércitos y por hombres embrutecidos que descargan sobre ellas toda su rabia y afán de venganza.  Son ellas las que se quedan salvaguardando el hogar, el núcleo al que luego regresan esos hombres que sobreviven.

Victoria es una mujer inquieta que elabora su lenguaje cifrado y el libro de códigos con el que descifrar mensajes.  Se trata de una hábil mezcla del sistema de sustitución y transposición que convierten el mensaje en infranqueable gracias a unos complicados algoritmos codificados.

«Incorporaba, además, una novedosa técnica de autentificación que garantizaba no solo la confidencialidad de la información emitida o recibida, sino también la autenticidad de los datos» (página 231) 

Y si ella es increíble, qué os voy a decir de Robert. Él es un ejemplo de integridad, porque es un hombre justo en un mundo, en un ambiente, en una sociedad que no lo son y en los que es más fácil, seguir el camino marcado y evitar los problemas de salirse de esa línea. Si en Alemania la situación es horrible en ese momento, en Estados Unidos, en el contexto de la novela, la ley es muy injusta, sobre todo en los estados del sur, donde rigen las leyes de discriminación racial y al negro se le considera culpable sin un verdadero juicio, aunque haya pruebas o testimonios.

El gran dilema de Robert surge cuando se enfrenta a un drama personal, difícil de sobrellevar.  Esa tesitura le lleva a esa disyuntiva, que le hace elegir entre confiar en la justicia de manera racional o bien, dejarse arrastrar por su lógico deseo de venganza, sabiendo que, de una u otra manera, va a hacer daño a seres queridos.

Comparto con él su sentido de la justicia y el firme compromiso con la verdad, a pesar de lo poco populares que son ambos.

Me ha llamado especialmente la atención cómo se nos cuenta en los diferentes capítulos que, el nazismo primero y la guerra después, habían convertido a muchos hombres buenos en asesinos inmisericordes.

Y cómo, lo de Núremberg, esos juicios de crímenes de guerra se realizaron en la ciudad alemana de Núremberg entre noviembre de 1945 y abril de 1949, no acaba de poner punto final a una página negra de Alemania.

«Esas condenas apenas cubren un mínimo de la gigantesca cantidad de cuentas pendientes que ha dejado esta maldita guerra.  Nunca quedarán saldadas»  (página 37)

A la protagonista la cuesta entender la euforia de los vencedores, aquel afán de celebrar la muerte, aunque sea de unos indeseables.

Las guerras son durísimas, pero también lo que viene después.  Como el hambre.

«No nos mataron con las bombas y ahora pretenden hacerlo de hambre» (página 32) 

Las violaciones de mujeres.

«Una hora de soldados rusos había violado a las dos hermanas en los últimos días de la guerra» (página 32) 

Las enfermedades transmitidas en esas violaciones.

Las guerras cambian a las personas y también determinadas ideologías.  Nos lo cuenta Victoria sobre Stefan.

«Discutíamos constantemente: la guerra, ese maldito uniforme que parecía transformarle en un elegante monstruo, todo le hacía diferente al hombre bueno que había conocido» (página 54) 

Sacan lo peor de cada uno.  Muchos piensan en Alemania que la guerra es una locura y que Hitler los va a llevar al desastre.  Algunos son denunciados por derrotismo, acusados de traición. Y marcan la vida de los que sobreviven:

«Los alemanes nos creímos dioses, pero no imagina lo que hemos vivido aquí, un verdadero ocaso; esta ciudad ha sido un infierno y lo sigue siendo; aunque se hayan apagado las llamas y silenciado las bombas, vivimos en un abismo de pobreza, hambre y miseria» (página 56) 

En esa evolución que os comento y en esos complicados momentos, aparece el mercado negro, con el que se complementa la nimia dieta de las cartillas de racionamiento.

«Con los cupones de las cartillas no serían capaces de mantenerse  ni una semana» (página 34) 

En el mercado negro, la intuición es lo más importante para no caer en la trampa de pillos y mangantes que abusan de la necesidad, la ingenuidad y la buena fe.  Puede encontrarse y ofrecerse casi cualquier cosa.

«El robo, el mercado negro y la prostitución habían dejado de ser inmorales al convertirse en la única forma de subsistencia» (página 43)

Y después del conflicto, de los bloqueos, de las tensiones, llega la famosa guerra fría.  Las posturas entre los dos bloques están muy claras.  Por un lado, tenemos a Stalin y el comunismo; por el otro, el capitalismo y la democracia liderada por Estados Unidos.

Y, en el centro de todo, Alemania, y más concretamente Berlín, que se convierte en el núcleo de todas las conspiraciones mundiales.

Asistimos a la promulgación de una ley que da lugar a la nueva República Federal Alemana, en la que están los berlineses de una zona de la ciudad.

«En una cosa tienes razón: han pasado cuatro años desde que terminó la guerra y seguimos sufriendo el triunfo de los unos y de los otros, nos lo restriegan por la cara, nos humillan y nos manejan como si fuéramos los peones en su particular juego de ajedrez» (página 174) 

Nuestra protagonista quiere escapar de todo eso.  Pero, lo que se encuentra, no es mucho mejor.

A través de Robert, en Tuskegee, asistimos a una situación muy injusta, el trato a los negros.

«Ni una sola vez he salido airoso de un juicio defendiendo a un hombre de color acusado de un delito contra un blanco.  En un caso semejante, los miembros del jurado seguirán pensando que el negro es culpable, aunque les diera con las pruebas más irrefutables en la cabeza.  Esta clase de escrúpulos son muy difíciles de cambiar» (páginas 66 y 67) 

Es verdad, no todos piensan lo mismo, hay mucha gente que no piensa igual, pero tienen miedo a que los señalen, a que la gente deje de comprar en su tienda o se cruce de acera cuando se encuentren con ellos.  La presión es mucha y es bastante más sencillo dejarse llevar.

Y, en este sentido, me ha llamado la atención la referencia a la novela «Lo que el viento se llevó» de Margaret Mitchell.  Ya os he hablado de esta referencia más arriba.   Porque, tal y como se indica en el libro, refleja como nadie el carácter del sur, aunque uno de los personajes indica que cree que trata de blanquear su pasado oscuro.

«Plantea el dilema de si todo vale con tal de salvar del hambre y la miseria a aquellos a los que amas» (página 76)

Por cierto, la escritora nos cuenta que las leyes de Núremberg que los nazis aprobaron se moldearon sobre las leyes de segregación de Jim Crow, esa cínica doctrina de «iguales pero separados».

Precisamente, eso enlaza con que, la gran mayoría de los estadounidenses de ese momento, condena la política nazi contra los judíos, pero esa misma mayoría rechaza que se abra la mano para admitir en su país a más refugiados judíos que huyen del nazismo.

«Condenamos, pero que no nos molesten con su presencia» (página 80)

Hablando de conexiones, como os digo, hay que subrayar que, la eugenesia que aplicaron los nazis deriva de prácticas que se realizaban en Estados Unidos a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. El señalamiento, hostigamiento y violencia que los nazis ejercieron contra los judíos tiene su base en la que sufrieron los negros en Estados Unidos y, también, los blancos que defendían los derechos de los negros.

Os pongo ejemplos, se implantan los vagones de tren para negros y para blancos, las escuelas de negros y de blancos, los parques para negros y para blancos.  Según las leyes de Alabama, una relación entre una mujer blanca y un hombre negro es un delito, que puede costarles la cárcel a los dos. Y no estamos hablando de hace siglos o un tiempo muy lejano.  Fue en 1954 cuando el Tribunal Supremo declara ilegales estas leyes de segregación racial, al menos en la educación.

Y, por si esto no es suficiente, en ese país con una democracia modelo, no solo son racistas con los negros, también son antisemitas y xenófobos.

En esa misma nación democrática y desarrollada, hay un experimento aterrador.  Nada más y nada menos que cuatrocientos hombres negros pobres son víctimas de un ensayo terriblemente cruel. Ellos están enfermos de sífilis y se les engaña, diciéndoles que padecen otra enfermedad.  La llaman mala sangre. Y, sin su consentimiento y mientras ellos son ajenos a la situación, observan cómo avanza esa brutal y catastrófica enfermedad en sus cuerpos.

Reflejo aquí algo que ha contado Paloma Sánchez-Garnica:

«Cabe destacar que en los segundos juicios de Núremberg se estableció un código, el código de Núremberg, donde se exigía por primera vez que en cualquier ensayo clínico con un paciente se le tiene que dar todas las garantías al paciente. Aquí no se aplicó y ese experimento se mantuvo hasta 1969. ¡Y eso que algunos funcionarios quisieron denunciarlo!, pero no se les hizo caso hasta que alguien lo filtró a un periódico local y acabó figurando en la primera página del New York Times. Entonces se abrió una comisión de investigación y en 1974 se detuvo a los culpables, pero no fue hasta 1992, en el mandato de Bill Clinton, cuando se pidió perdón a los supervivientes».

Entonces es, en 1992, cuando se indemniza a los familiares y a los que sobreviven. ¿Somos conscientes de esto?  Hasta el código de Nuremberg no había una ley universal para proteger a los seres humanos de ser cobayas de laboratorio. Con ese código se ampara a los pacientes, se exige consentimiento y que reciban información detallada. ¿Recordamos las prácticas de los nazis?  No deberíamos olvidar sus métodos brutales y sádicos.  Deberíamos tener siempre presente el sufrimiento que causaron en tantas personas, sus atroces procedimientos.  No hace tanto de eso.

Pues bien, no pasemos por alto tampoco a esas cuatrocientas personas con sífilis, acabando con su organismo, muriendo, contagiando a sus familiares, sufriendo de forma despiadada porque son negros.  Y no, no sucede en un país regido por un loco.

Y hablando de Estados Unidos, me ha resultado muy interesante saber más sobre la cacería anticomunista de Truman y Hoover.  Los métodos utilizados por sus agentes e informantes, métodos que cruzan los límites de la legalidad, como escuchas telefónicas, instalación de micrófonos en lugares privados e íntimos, allanamiento de espacios particulares, incluso el robo de material susceptible de resultar interesantes para una inexistentes investigación, y todo ellos sin orden judicial ni de otro tipo.

«Norton fue muy consciente de que la información inadecuada, comprometida o inconveniente significaba la posibilidad de extorsionar, persuadir o someter con fines espurios o fraudulentos, y eso suponía poder» (páginas 162 y 163) 

Asimismo, he descubierto el tema del matrimonio Rosenberg, formado por Julius y Ethel, acusados de pasar información reservada a los rusos. Provoca un enorme impacto.  Desde el momento de su detención, se crea una gran polémica por lo controvertido del caso, debido a la falta de pruebas consistentes y al hecho de que el fiscal solicitase la condena a la silla eléctrica.  La división de pareceres se desata a nivel internacional.

«Una gran parte de los ciudadanos norteamericanos creían en la culpabilidad del matrimonio y abogaban por la mano dura, persuadidos de que era la forma de detener la amenaza comunista que se cernía sobre Estados Unidos, una amenaza cada vez más presente gracias a la intencionada difusión de noticias alarmistas perfectamente dirigidas por un senador por Wisconsin, de nombre Joseph McCarthy, ofuscado con acabar de raíz con toda sombra de comunismo en el país» (página 247)

Se retuercen las pruebas y las declaraciones de los testigos en un terco empeño de probar su culpabilidad y aplicar la pena capital, no importa pervertir las pruebas y manipular los testimonios, se hace sin ningún reparo, todo bordeando el límite de la ley, siempre en aras de elevados ideales espurios utilizados de forma torticera.

Y, ya que hablamos de rusos,  En 1947 la Unión Soviética se convierte en el principal enemigo de los Estados Unidos, con el telón de acero y la expansión de su influencia por Iberoamérica. En 1949, Stalin hace estallar su bomba atómica. Inevitablemente, ese hecho hace que cunda el miedo y deriva en la caza de brujas al comunismo y a todo lo que tenga relación, aunque sea muy remota o dudosa. Empiezan las sospechas, las acusaciones, los procesos o los juicios.

El miedo paraliza a buena parte de la sociedad norteamericana y conduce a las denuncias, a los chivatazos. Aquellos que son señalados, aunque sea falsamente, son despedidos y excluidos socialmente sin contemplaciones.  En numerosas ocasiones, sin ninguna prueba sólida.

Los derechos de los ciudadanos son mermados de manera significativa, contando incluso con la complicidad de buena parte de la prensa.  Afortunadamente no de toda, ya que hay periodistas, como Murrow, que denuncian lo que está sucediendo y logran desenmascarar el macartismo.

Ay, la prensa y la información.  Todos sabemos que la información es poder.  Imaginad la magnitud de ese elemento en el Berlín de aquella época.  Se convierte en un instrumento muy poderoso en esa ciudad que , como vamos viendo en su transformación, vive en un clima de creciente tensión entre los dos bloques mencionados. Los soviéticos necesitaban obtenerla y dirigirla a su destino.  Para eso, usan a personas corrientes o anónimas que se ven obligadas a hacer de mensajeras.

La razón de por qué llegan a hacerlo varía según los casos.  Hay tres motivos fundamentalmente.  Hay quien lo hace por interés, otros realizan estas funciones por dinero y, el tercer caso, es el de aquellos que se ven obligados a hacerlo porque sufren graves presiones y amenazas, pero no sobre ellos, sino sobre sus familias. Ese atroz tipo de coacción, ese insoportable chantaje, esa lacerante posibilidad de poner en riesgo a tus seres queridos si no colaboras, es muy convincente para conseguir perversos objetivos.

Y eso le sucede a Victoria.  Nosotros solamente podemos acompañarla en ese trance.  Bueno, incluso llegar a entenderla.

Ya que mencionamos a nuestra protagonista, volvamos a nuestros personajes.

Victoria es una clara muestra de lo que estamos dispuestos a hacer por los seres a los que amamos o forman parte de nuestro ámbito íntimo. Y somos capaces de tanto, que es posible dejar al margen aspectos tan dolorosos como la traición, la ingratitud o la envidia.  Sí, estoy hablando de la complicada relación entre las dos hermanas, Victoria y Rebecca.  Es evidente que se quieren y mucho, pero hay sentimientos, actitudes y detalles que entorpecen ese cariño: los celos, las medias verdades, las maquinaciones y, sobre todo, los malentendidos, los equívocos o las tergiversaciones.  ¡Qué costoso es deshacer estos nudos!

Tanta llega a ser la distancia entre ellas, que defienden posturas diferentes, casi antagónicasVictoria insiste en que en el sector ruso no hay libertad de prensa, ni de expresión, hay un partido único, la economía está planificada, todo lo controlan. Por el contrario,  Rebecca reitera las desigualdades del capitalismo, que los que prosperan lo hacen a costa del trabajo de otros, y son muchos los que quedan rezagados y marginados. Ella defiende que, en el sector ruso, la protección estatal está garantizada y todos tienen aseguradas sus necesidades básicas.

Y ¿qué queréis que os diga? Me ha encantado descubrir a personajes que valoran la amistad y la lealtad, que no se dejan llevar por la presión y las malas artes de quienes quieren acusar falsamente.  Por lo que veo a mi alrededor, esto no sé si puede suceder, porque es más fácil dejarse llevar, no comprometerse, no destapar ni mezclarse con situaciones injustas.  Casi todo el mundo apuesta por el caballo ganador, aunque no tenga razón.

«Esta bufonada que se ha montado contra él es una ignominia y una tremenda injusticia que no deberíamos permitir, porque si lo hacemos, si consentimos este tipo de atropellos, estaremos cediendo al chantaje, a la difamación y a la manipulación de los mismos que deberían protegernos» (página 291) 

El otro día leí una frase de Albert Camus que os dejo aquí, para mí es cierta:

«En tiempos de oscuridad, el silencio es una forma de complicidad»

No obstante, hay veces que puede entenderse esa actitud, hay situaciones que no permiten contar la verdad.

«Ningún blanco cree el testimonio de un negro» (página 324)

Por ello, nos devuelve a un concepto ya recogido más arriba. Es por miedo.

«Es ese miedo que tenemos metido en las venas todos por aquí.  No te metas en nada y puede que tengas suerte y no te pase nada» (página 325) 

Y no es fácil tomar la decisión de no meterte, pero si un negro de ese momento se interpone en el camino de un blanco debe atenerse a las consecuencias.

Sin embargo, eso no evita que esa persona no pueda vivir tranquila.

«Me pregunto cada día si soy culpable por haber guardado silencio sobre lo que vi, y después de tantos años no te tengo respuestas»  (página 325)

Me quedo también con las ganas de desobedecer las normas en situaciones extremas, porque esa desobediencia hace sentir vivas a las personas cuando no hay esperanza.

«Esta particular sublevación contra el olvido de lo hermoso» (página 339)

De hecho, siento una admiración profunda por esas personas que luchan, que tienen una forma de rebeldía contra la injusticia mediante la memorización de poemas de autoras a las que se les prohíbe escribir.  El único lugar en el que pueden perdurar esos versos silenciados es la memoria.

Como ya ha quedado patente en esta reseña, a través de las páginas del libro, vamos viendo la evolución en la ciudad de Berlín, vamos viendo cómo se va transformando la vida de sus habitantes, incluyendo cuando empiezan las concentraciones de miles de jóvenes berlineses en el lado occidental de la Puerta de Brandeburgo en 1961.  En ese momento continúa siendo el centro de las tensiones entre el mundo occidental y el soviético, dos formas distintas de ver la vida: capitalismo por un lado, el socialismo por el otro.  Dos formas que se dan en una misma familia, entre sus miembros.

Entre tanto, los berlineses tratan de seguir con su vida cotidiana, trabajar, llevar a sus hijos al colegio, estudiar, disfrutar de los días de fiesta con la familia y amigos, ajenos a las intrigas de los poderosos que rivalizan por dirigir el mundo.

«Los berlineses debemos ser conscientes de que en nuestra ciudad se está librando una batalla, sin bombas ni armas, con el único afán de conquistar el alma de los ciudadanos que habitan el bloque contrario…» (página 422) 

Después, llegamos al cierre de la frontera.

«La RDA se ha convertido en una trampa de la que nos será muy difícil escapar» (página 446)

Una barrera humana de cientos de hombres uniformados impide el paso hacia el Oeste. Otros van y vienen desenrollando alambre de espino por la línea blanca pintada en el asfalto que, hasta entonces, ha delimitado la frontera entre las dos partes de aquella ciudad dividida.

Por lo tanto, lo que hasta entonces ha sido la frontera compuesta tan solo de una barrera de alambre de espino y poca o ninguna vigilancia, está cambiando. El despliegue de fuerzas es extraordinario.  Desde el lado occidental, en las zonas con menos efectivos policiales y militares, hay quien ayuda a los que pasan, reptando, con prisa y apurados, por los huecos abiertos en el alambre de espinos.  Es una carrera contra reloj.

En este sentido, una multitud de ciudadanos observan con estupefacción el espectáculo dantesco en la Puerta de Brandeburgo.  Una hilera de policías, uno por cada metro cuadrado, forman una barrera dentro del territorio de la RDA.  Van armados y arropados por varios vehículos acorazados. Mientras tanto, un batallón de soldados y operarios desenrolla alambre de púas y lo coloca, otros ponen postes de hormigón cada tantos metros para ensartar una valla de alambre.

«Se reflejaba el estupor de lo impenetrable que se había hecho aquel puñado de metros que los separaban de amigos, seres queridos o ciudadanos como ellos que a su vez contemplaban desde el otro lado, aunque su preocupación era por los que se quedaban encerrados en su propio país» (página 457)

En definitiva, el viaje a través de los años por Berlín es del máximo interés.  No puedes quedarte indiferente.  Tampoco a lo que sucede en Estados Unidos.  El ser humano ha sufrido muchísimo a lo largo de la historia, de hecho, sigue sufriendo.  Lo vemos cada día en las noticias, en grandes titulares, a los que nos cuesta reaccionar como sociedad.  Cuesta creer que no hemos aprendido nada, que seguimos siendo igual de estúpidos.

¿Es posible que no tengamos claro que nada arreglan los conflictos, que siempre acaban sufriendo los civiles, las personas anónimas las decisiones de tipos absurdos y cegados por el poder?  Sabiendo todo lo que sabemos en la actualidad, es desolador mirar alrededor.  Pero es que, en niveles más cercanos, es incomprensible ser testigo de cómo las personas no ven más allá de sus narices, de cómo callan o callamos ante situaciones injustas, de cómo no movemos un dedo si la cosa no va directamente con nosotros.  Siento vergüenza.  Y, sobre todo, siento mucha tristeza.

Como conclusión, es imposible no querer a Victoria, no admirar su fortaleza, su coraje y sus agallas.  Es inevitable sentir cierta envidia por su historia de amor, por ese apoyo incondicional mutuo, por ese respeto inquebrantable hacia el otro, por esa admiración compartida, por ese saber estar sin molestar, por ese paso atrás cuando es necesario, por ese darlo todo sin esperar nada.

Y destaco la fortaleza, pero también su vulnerabilidad. Es una mujer que sostiene su vida con entereza, que sigue en la brecha, que lucha hasta la extenuación, que es capaz de recomponerse en las adversidades, en las pérdidas y en la traición, aunque esté rota por dentro, a pesar de que a veces se desoriente, se enrede en dilemas o sea duro tomar decisiones.  

En realidad, no se victimiza, aguanta y combate sin dejar de sentir, eso la hacer creíble y cercana.

Por todo lo anterior, os invito a leer «Victoria». Después, como siempre, cuando la hayáis leído, ¡dejad vuestros comentarios!

Antes de finalizar, una última cosa, más abajo os cuento los fragmentos que han llamado mi atención, pero me quedo con una frase que quiero destacar:

«Una vez vertida la calumnia, el descrédito se extendía calando en los entresijos de las conciencias de quienes estaban dispuestos a aceptarlo todo sin analizar o contrastar la información recibida.  El veneno del escarnio, del rechazo y del aislamiento estaba en marcha y ya no había forma de detenerlo» (página 282) 

¡Gracias, Paloma, por esta enriquecedora novela.  Me quedo con que el amor incondicional y con la lealtad.  Con el valor y los valores!

Mis fragmentos preferidos 

«Nada es en vano si se sabe jugar bien las cartas.  Hemos perdido esta partida, pero queda mucho juego por delante.  Lo importante es estar bien posicionados y poseer aquello que el enemigo necesita.  Esa es la clave: la información » (página 16)

«La gente se cree todo lo que se publica.  Da igual que sea verdad o una burda mentira; una vez esparcidos resulta imposible suprimir los rumores, quedan para siempre en el limbo de la memoria.  Y ahora cuentan con la televisión: todo lo que sale en el pantalla, aunque solo sea unos segundos, supone un impacto extraordinario en la conciencia del ciudadano» (página 260)

«El precio por ser honrado a veces era difícil de asumir» (página 293)

«El periodista siempre debería cuestionar el poder» (página 354)

Los fragmentos que me hicieron reflexionar

«Tu padre y yo te enseñamos que hay que lugar por aquello en lo que uno cree» (página 127)

«Acusar no es demostrar» (página 293)

«Tú me has enseñado que cuando crees en algo hay que arriesgarse» (página 454)

Palabras aprendidas

  • Endriago: Monstruo fabulosocon facciones humanas y miembros de varias fieras.

 

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