Hoy comparto con vosotros mi felicidad cuando subí una montaña… Un sueño cumplido y tachado de la lista.

Concretamente os cuento el ascenso al Pico Robiñera, de 3.003 metros. Sus vistas son unas de las mejores de todo el Pirineo, ya que puedes ver las cimas más altas del Sobrarbe, destacando Las Tres Sorores y el macizo de la Munia.

Fue durante el pasado mes de julio.  Para que cundiese el día, madrugamos muchísimo y desayunamos con ganas, porque imaginábamos que la jornada iba a ser larga.  También, preparamos las mochilas con cosas de picar, comida y agua.

Desde Bielsa cogimos la carretera A-138 en dirección Francia, pasado el pueblo de Parzán, encontramos un desvío a mano izquierda que nos llevó hasta Chisagües. Allí comienza la pista forestal hacia la Plana de Petramula, unos 9 kilómetros sin asfaltar, por los que se puede circular sin problema.

Mi consejo es que accedas hasta la Plana (punto de partida del ascenso) con el coche, aunque te asuste un poco la primera pendiente, ya que te ahorrarás un buen trozo tanto a la subida como a la bajada.  Además hay espacio suficiente para aparcar.

Ya a pie, a pocos metros, hay que seguir una señal que indica Glaciar de la Munia.  Desde ahí comienza la subida, primero por una zona de prado.

Al principio, el camino se distinguía con facilidad y el paisaje era realmente espectacular.  Caminábamos a buen ritmo y buen ánimo, haciendo pequeñas paradas para recuperar la respiración correcta.

No nos cansábamos de mirar a nuestro alrededor.

Después de un buen rato, llegamos hasta un nevero que estuvo a punto de hacernos desistir.  Nos daba bastante respeto atravesarlo, por miedo a un resbalón.

Finalmente, no hicimos caso a los consejos de un montañero al que preguntamos y que se daba la vuelta para evitarlos. Y con bastante cuidado y enorme precaución, lo pasamos despacito.  Fue el primero, pero no el único.

El sendero continúa con una subida importante, antesala de una pedrera de 400 metros de desnivel. En el comienzo de la misma, perdimos un poco el sendero, pero no perdimos la ilusión.

Además nos encontramos con un padre de unos 70 años y su hija, un señor muy educado con el que fue un auténtico placer conversar.  Ellos estaban en la misma situación, pero tenían experiencia en otros tres mil.  Entre todos, conseguimos retomar el camino correcto.

El terreno pedregoso resultaba bastante incómodo y daba vértigo echar un ojo hacia arriba y también hacia abajo.  Fue una parte durísima, en la que a veces no sabías bien hacia dónde tirar.

Nos encontramos con personas que bajaban y nos decían que todavía nos quedaba la parte más complicada.  También nos daban ánimos, diciéndonos que en la cima las vistas compensaban el esfuerzo.

Cada pocos metros se hacía necesario parar y tomar aliento.

Sí, reconozco que estuve a punto de rendirme varias veces, de tirar la toalla… la montaña siempre iba a estar ahí esperándome.  Mi cabeza me decía que lo dejase, pero mi corazón me pedía seguir.

En esos momentos, os prometo que pensé en Rafa Nadal y su capacidad de sobreponerse a las dificultades, de luchar hasta que no queda ninguna posibilidad. Y continué.

En un punto en el que no sabíamos muy bien por dónde seguir, decidí hacer una parada larga, sentarme, comer algo en condiciones, beber agua y descansar un buen rato, dándole tiempo a mi mente, para recomponer un poco los esquemas y tener la energía necesaria.

Tuve claro que quería llegar y que es muy importante, aunque vayas en pareja o en grupo, llevar tu ritmo y marcar tus pasos, según te vayas viendo.

No hay que perder la ilusión en ningún momento, ni olvidar el objetivo.

Era el mes de julio, el día era largo y había tiempo para llegar, sin calcular horas, ni plazos.

Otro montañero acabó de darnos el aliento que nos faltaba.  Nos explicó bien y con detalle cómo seguir, lo que nos íbamos a encontrar y lo que nos quedaba.  Sus indicaciones y su ánimo hicieron el resto.

Estábamos convencidos.

Realmente, emocionaba ver las montañas de tú a tú, estar casi tocando el cielo.

En la parte alta, vimos dos cotas prácticamente iguales y sabíamos que la más lejana era la verdadera cima del Pico Robiñera.  Aún faltaba.

Por un instante, pensé que era casi imposible llegar hasta allí, no tenía nada claro que pudiésemos conseguir alcanzar la segunda cota, pero había que lograrlo estando tan cerca.

Al principio era un tramo ancho y cómodo, dentro de lo que cabe.  Luego, era más estrecho, junto a neveros y tenías que agarrarte a las paredes para poder avanzar.  Incluso me arañé un poco las manos, los brazos, las piernas.  Unos rasguños, nada más.

La emoción y la cercanía del objetivo nos daban fuerzas.

Y… ¡¡¡sí!!! ¡¡llegamos!!

¡¡Una recompensa increíble estar allí!! Sentimos alegría, entusiasmo, satisfacción… muchos sentimientos y todos buenos…

Volvimos a encontrarnos con el padre y la hija.  Nos advirtieron que el cielo se estaba poniendo muy negro y que había pronóstico de lluvia.  Nos aconsejaron bajar cuanto antes, porque el terreno podía ponerse muy resbaladizo.Y así lo hicimos, aunque primero nos hicimos unas cuantas fotillos y nos deleitamos con el increíble paisaje.

Creíamos que lo más difícil estaba hecho…. No. La bajada fue muy, muy, muy dura.  Las rodillas y los tobillos sufrían un montón con el desnivel.

Se hizo larga, muy, muy larga.  El dolor en las piernas era bastante fuerte y daba terror imaginar las agujetas que íbamos a tener.   Os puedo asegurar que me duraron una semana entera, en la que cualquier escalón o pequeña rampita era un mundo.

Y al final ¡terminamos la aventura!

Quitarnos las botas al llegar al coche fue un alivio maravilloso.  Beberme después una caña bien fría fue un premio estupendo.  Recordar la cima y el esfuerzo hecho es dibujarnos una sonrisa y valorar el logro.

¡Es un recuerdo imborrable! Desde luego, la sensación fue única, sin embargo veo complicado ascender otro tres mil.  Sobre todo, porque dicen que es el más sencillo del Pirineo y resultó bastante difícil para nosotros.

Aunque bien pensado… ¡nunca se sabe!