Exposición XIX El siglo del retrato Mis Palabras con Letras

Exposición «XIX. El siglo del retrato»

Terminando el primer mes del año (que ha pasado como un suspiro), os cuento que visité la exposición «XIX. El siglo del retrato». Con el subtítulo: «Colecciones del Museo del Prado. De la Ilustración a la modernidad» en CaixaForum Zaragoza.

El siglo XIX consolidó el retrato como una de las fuentes más prolíficas para la representación del cambio social. La exposición presenta un conjunto inédito del fenómeno retratista en el preámbulo de la modernidad.

Datos

Fechas de la exposición: Del 21 de septiembre de 2023 al 21 de enero de 2024.

Lugar:  CaixaForum Zaragoza.

Horario: De lunes a domingo y festivos, de 10 a 20 horas.

 

Objetivo de la exposición «XIX. El siglo del retrato»

Como os he comentado, en el siglo XIX el retrato fue un género en auge, especialmente por el crecimiento de las clases burguesas. Al mismo tiempo, la aproximación de las artes al realismo llevó a representar las efigies con un naturalismo cada vez mayor. Sin embargo, no dejan de verse algunas convenciones que, incluso en la fotografía, denotan la utilización de procedimientos y códigos que esta exposición permite identificar e interpretar.

Es la primera muestra que se organiza en España dedicada monográficamente al retrato en el siglo XIX en todas sus manifestaciones y técnicas: pintura, escultura, medallística, miniatura, acuarela, dibujo, aguafuerte, litografía y fotografía. Esto es posible gracias a la riqueza y variedad de las colecciones del Museo Nacional del Prado.

 

Ámbitos

La exposición, que se divide en ocho ámbitos, ahonda en la transformación de la imagen pública de las personas durante el siglo XIX.  Y ofrece a los visitantes la posibilidad de adentrarse, a través de un género de importancia capital en la pintura española, en la época que vio nacer las estructuras económicas y sociales que han configurado nuestra contemporaneidad.

 

Recorridos

Entendiendo el pasado y, por lo tanto, la colección de retratos del Museo Nacional del Prado, como una fuente desde la que interrogarnos sobre nuestro tiempo, se proponen distintos recorridos.  Estos recorridos  surgen de las obras reunidas y de los diálogos que se establecen entre ellas. Así, los visitantes pueden seguir tres itinerarios distintos, con audioguías descargables a través de códigos QR.  Estos itinerarios realizan tres lecturas diferentes del recorrido: las técnicas artísticas, la sociedad del siglo XIX y la indumentaria.

 

Ámbito I.  La imagen del poder

Desde su mismo nacimiento el retrato estuvo asociado a personajes dotados de un poder económico, social o político que deseaban mostrar y perpetuar. En el siglo XIX, tras la Revolución francesa, se produjo una debilidad cada vez mayor de la monarquía. Esto es patente en la paulatina pérdida de importancia del retrato real, aunque mantuvo las dimensiones y el carácter imponente de los siglos anteriores. De ahí que este subgénero se represente en la exposición a través de la medallística.  En ella es posible apreciar la secuencia completa de monarcas españoles desde Carlos IV hasta Alfonso XIII.

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Otras personas de poder se hicieron retratar, como es el caso de Jovellanos, que encargó diferentes efigies suyas a lo largo de su trayectoria, entre las que destaca la segunda de las que le hizo Goya.

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Pero fue sobre todo el Estado el que comenzó a formar galerías de retratos: junto a la más destacada, la de presidentes del Congreso, que encarnaba la legitimidad del poder de la nación a través de las Cortes electas, tuvieron importancia las de los ministerios.

El empeño en representar a los sucesivos titulares de estos en una secuencia completa configuró las distintas iconotecas ministeriales, de las que algunos ejemplos están en el Museo del Prado.

 

Ámbito II.  El descubrimiento de la infancia

A partir de la Ilustración y, sobre todo, con la influencia ejercida por Jean-Jacques Rousseau, se fue abriendo paso una nueva mirada sobre la infancia. En lugar de concebir a los niños únicamente como futuros adultos, que solo como tales adquirirían verdadero valor, se estimó que eran importantes en sí mismos.

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Aún más, a partir principalmente del Romanticismo, la infancia comenzó a verse como una etapa privilegiada en la vida de las personas.  Una etapa en la que brillaban las virtudes de la espontaneidad, la gracia y la inocencia.  Virtudes que, la influencia negativa del mundo y sus costumbres, hacían desaparecer en la edad adulta.

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Por ello, no solo se multiplicaron los retratos infantiles, sino que se abordaron de un modo nuevo que ponía de relieve, precisamente, esas cualidades. Durante el Romanticismo fueron habituales los fondos de parques y jardines para expresar su vinculación con la naturaleza.

El avance de la pintura hacia el naturalismo permitió que los niños aparecieran con mayor libertad y movimiento en los retratos del último tercio del siglo. Por otra parte, varios ejemplos, desde el Romanticismo hasta el comienzo del siglo XX, muestran el deseo de los clientes de retratar a sus hijos.  Estos retratos se inspiraban en imágenes de la pintura del Siglo de Oro, particularmente de Velázquez, modelo, al mismo tiempo, de nobleza y naturalidad.

 

Ámbito II.  Identidades I 

El retrato femenino evidencia el rango social de los efigiados a través, sobre todo, de dos elementos: la indumentaria y la joyería. Tiene interés advertir, junto al retrato aristocrático y al retrato burgués, el de mujeres convertidas en modelos por los artistas por el atractivo o la peculiaridad de su imagen.

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Es el caso de las ciociare, campesinas de Italia, o el de las populares manolas y majas de España.  En ellas, en su gracia y pintoresquismo -a veces idealizados pero en otras ocasiones de marcado carácter sensual– radica el interés de los pintores.

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Además, como consecuencia de la curiosidad por las etnias y los países entonces considerados exóticos, fueron frecuentes las imágenes de los pueblos gitano, marroquí y filipino.

En muchos casos aparece la fascinación de la mirada del artista y del espectador por la otredad, lo ajeno a la propia civilización y cultura. Esta fascinación llega al punto de que, en diferentes ocasiones, las clases burguesas se hacen retratar con la indumentaria popular italiana, con el traje de majo andaluz o como tipos árabes.

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En 1859, la difusión de la «tarjeta de visita» (retrato fotográfico de pequeño tamaño) puso al alcance de las clases medias la posibilidad de encargar y poseer imágenes propias, de familiares y amigos.

Justo después, el retrato femenino altoburgués adquirió un nuevo auge, para singularizarse socialmente. Se prodigaron así los retratos de cuerpo entero y de gran aparato, con trajes muy ricos en un ambiente de ostentación.

 

Ámbito II.  Identidades II

En el siglo XIX surgió la moderna figura del hombre burgués. Frente a la complicada indumentaria de los siglos anteriores, apareció un traje mucho más sencillo y austero, con pantalones, chaqueta o levita y sombrero que, con las variaciones de la moda, llegará hasta la actualidad. Con él, aristócratas y grandes burgueses resultaban indiscernibles. La severidad del aspecto masculino, asociada a la racionalidad económica unida al capitalismo, llevó a los artistas a concentrarse en el efecto de la expresión y el carácter.

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Junto a estos retratos hacen su aparición otros de marcado pintoresquismo, fruto del interés por lo particular y también por los valores específicos del pueblo propio del periodo romántico. No se trata solo de representaciones de tipos populares.  Sino de verdaderos retratos abordados por la pintura y la fotografía que darán cuenta de individuos concretos de las distintas regiones españolas, entre las que destacó Andalucía; de las colonias, como Filipinas, y de personajes representativos de un imaginario exótico pero real, como los marroquíes.

El retrato de grupo familiar no había sido frecuente, pero sí importante, en la pintura española, especialmente en los cuadros encargados por la monarquía. En el siglo XIX se extendió a las clases burguesas. En él solían aparecer reunidas las diferentes edades, lo que expresaba la continuidad y proyección del núcleo familiar.

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Además, aparecen los retratos de grupo de profesionales, con mayor frecuencia en la fotografía que en la pintura. En aquella son usuales los de trabajadores en fábricas y comercios. Todo ello pone de manifiesto la importancia de los colectivos sociales, especialmente en la segunda mitad del siglo, periodo en el que los trabajadores tomaron conciencia de su capacidad para realizar reivindicaciones y transformar su entorno.

 

Ámbito III.  La imagen de la muerte 

El retrato yacente, junto con las mascarillas funerarias en cera (en las que se sitúa el origen histórico del retrato, en la Roma antigua) de los personajes famosos, tuvieron una gran fortuna en el siglo XIX. Esto se debía al culto al genio que se desarrolló sobre todo a partir del Romanticismo.  Pero también al interés en conservar, como elocuente documento material, las facciones de una personalidad concreta mediante un procedimiento de trasposición fiel.

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El retrato funerario partió en esta centuria de los modelos del Siglo de Oro. Se trataba de fijar con veracidad los rasgos de la persona fallecida, para lo que el dibujo, tomado del natural en unos minutos, era un auxilio inmediato y precioso.

La fotografía proporcionó, a su vez, la posibilidad de fijar una imagen precisa. Como el dibujo, la pintura interpretó en mayor medida el carácter y, a través de la indumentaria, la condición del fallecido.

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Muy elocuentes son, por la proximidad afectiva que denotan, los retratos yacentes de los deudos de los artistas. Un papel especial lo tienen las imágenes de niños difuntos, registradas en todas las artes. La importancia de la imagen mortuoria, expresiva del término y, en cierto modo, del carácter de toda la trayectoria de la persona fallecida, se mantuvo a lo largo del siglo, que vio extenderse también a las clases burguesas los monumentos funerarios.

 

Ámbito IV.  Retratos y autorretratos de artistas 

Una de las consecuencias de la creciente importancia del arte a partir de la Ilustración fue la conciencia de los pintores y escultores acerca de su propia valía y, en el caso de los más dotados, de la excepcionalidad de su papel en la sociedad. Por eso se multiplicaron los autorretratos, algunos con destino a las galerías de artistas de las Academias. Estas se habían fundado de acuerdo con el pensamiento ilustrado. Según este, los artistas se convertían, de artesanos agrupados en gremios, en profesionales liberales que pasaban a ser miembros de la nueva clase social burguesa.

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Con el Romanticismo, el autorretrato se convirtió en un instrumento de indagación acerca de la propia psique del artista, fruto de un sentimiento de exaltada subjetividad, inaugurando una tradición representativa que llega hasta nuestros días.

Junto a ello, la efusión amistosa con los compañeros de formación, consolidada en las vivencias compartidas en el extranjero, como fue el caso de los pensionados en Roma, llevó a la proliferación de retratos de otros artistas. De pequeño tamaño, formato de busto y fondo por lo común neutro, se fijan ante todo en las facciones y el carácter del representado, muestran una gran naturalidad y evidencian la simpatía y la estima recíprocas.

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Dado que son obras para colegas en el ejercicio del arte y, por ello, buenos conocedores, suelen tener una calidad alta. El Museo de Arte Moderno, fundido en 1971 con el Museo del Prado, propició la formación de una galería de retratos de artistas que no llegó a exponerse como tal.

 

Ámbito V.  Effigies amicorum.  Imágenes de escritores, músicos y actores 

En la clasificación de Hegel, la pintura, la literatura y la música, que destacaron especialmente en el Romanticismo, se consideraban las artes modernas por excelencia. Las tres convergieron en numerosas ocasiones a lo largo del siglo XIX.

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La proximidad de los artistas con los escritores y los músicos se tradujo no solo en colaboraciones como la ilustración de textos y la realización de escenografías de obras teatrales y óperas, sino también en la aparición de una amplia serie de retratos de cultivadores destacados de aquellas artes, así como de intérpretes teatrales y musicales.

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Su origen está, como en el caso de los retratos de pintores y escultores, en las frecuentes relaciones de amistad surgidas entre ellos y en la exaltación de una comunidad de ideales artísticos.  Relaciones estimuladas en instituciones como los Liceos artísticos y literarios, los Ateneos, las Academias y, de modo más informal, en cafés o en tertulias en casas de aficionados.

Estas aproximaciones, que prefiguran las que en el siglo XX serían frecuentes en las vanguardias, muestran una afinidad entre las artes. La dificultad de obtener un completo reconocimiento por parte de la sociedad, y la conciencia de la valía propia y de sus amigos, hicieron más estrecha la amistad entre los creadores. Esto favoreció el cultivo de esta clase de retratos que, como los de artistas, tienen esa misma sencillez y naturalidad, salvo en el caso de que se dediquen a figuras ya triunfantes.

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Tienen su correlato en el ámbito literario en el auge de la novela de artista y, en el musical, en algunos argumentos de óperas y poemas sinfónicos inspirados en el mundo de la pintura.

 

Ámbito VI.  El artista en su estudio 

En el siglo XIX, la atención objetiva a todos los elementos de la vida cotidiana, junto con la particular reflexión del artista sobre su entorno inmediato y las circunstancias de su propia práctica pictórica, propiciaron el gusto por la representación de los ambientes de trabajo, es decir, de los estudios.

En esas obras era frecuente la inclusión de algunas referencias, históricas o contemporáneas, que el artista consideraba valiosas para la filiación de su pintura. Por ello era común la representación, junto a las propias obras del pintor, de las de otros artistas apreciados por él, del pasado o del presente, de copias realizadas por el propio autor o de imágenes grabadas o fotografiadas.

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La presencia del cuadro dentro del cuadro denota, junto con el deseo de mostrar la nobleza del propio arte del pintor, una autorreflexión, característica de la modernidad.

Junto a ello, la presencia de los instrumentos de trabajo –pinceles, frascos o tubos de colores, paletas, lienzos, tientos, caballetes, espejos, espátulas, cinceles, escoplos, modelos en yeso o del natural, estampas y bocetos– es del mayor interés para comprender los aspectos materiales de la práctica de los artistas.

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También es significativo el modo de representarse el pintor, acompañado a veces de algunos amigos que observan su obra, pero con mucha más frecuencia solo en su atelier, enfrentado a sí mismo en su propio espacio de trabajo. El concepto mismo de estudio sufrió una radical trasformación en el último cuarto del siglo cuando el ejemplo de Mariano Fortuny, destacado coleccionista, se extendió entre los artistas, que se complacieron en rodearse de objetos de gran belleza que a menudo introducían en sus cuadros.

Con la difusión de la fotografía se hicieron frecuentes las imágenes de los interiores de estudios, muchas veces encargadas por el propio artista para difundir no solo sus obras sino su espacio de trabajo, exponente de su personalidad.

 

Mi opinión sobre la exposición «XIX. El siglo del retrato»

Casi no llego a visitar esta exposición y hubiese sido una pena perdérmela.  Fui el último día, pero dediqué un buen rato de una mañana bastante a fría a transitar con calma los distintos ámbitos de la exposición, dedicada al auge que vivió el retrato en el siglo XIX en todas sus manifestaciones artísticas.

Así que pude disfrutar, en el último momento, de las 156 piezas expuestas y que procedían de los fondos de la pinacoteca nacional.  Había obras de Goya, Madrazo, Rosales, Martí Alsina, Pinazo, Sorolla, Benlliure y Masriera, entre otros. Y pude descubrir con la muestra ahonda en la transformación de la imagen pública de las personas durante el siglo de referencia.

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Lo cierto es que esta propuesta ofrece a los visitantes la posibilidad de adentrarse, a través de un género de importancia capital en la pintura española, en la época que vio nacer las estructuras económicas y sociales que han configurado nuestra contemporaneidad.  Suena interesante ¿no?

En pintura, el retrato es el género predilecto de la escuela española.  Y, en el siglo XIX, este género experimenta un auge.  Os cuento una curiosidad, de los 2.700 cuadros que conserva el Prado del siglo XIX, 700 son retratos, ¿no es increíble?

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También quiero destacar que, la directora del Área de Exposiciones y Colección de la Fundación ‘la Caixa’, Isabel Salgado, durante la inauguración de la exposición en Zaragoza explicó que esta exposición ha supuesto una puesta en valor de patrimonio enorme.  La razón es que ha habido restauraciones de grandes obras, como algunas que estaban en los almacenes.  Y estaban guardadas, no porque no fueran importantes, sino porque necesitaban una labor de restauración y de investigación.

El coordinador general de Conservación del Museo del Prado, Víctor Cageao, ha destacado que la muestra ha contado con cuatro rasgos característicos.  Uno: la extraordinaria relación de autorías.  Dos: la variedad de temáticas.  Tres: la variedad de técnicas.  Y cuatro: las distintas lecturas transversales en las que han trabajado desde La Caixa para poder entender la evolución del retrato desde muchas perspectivas.

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En palabras del comisario, Javier Barón:

“El objetivo es explicar las transformaciones importantes en el siglo XIX, fundador de la modernidad porque, tras la revolución industrial, se constituye el modo de producción capitalista, acumulando beneficios sin parar y favoreciendo otro tipo de organización de la sociedad que es, con cierta evolución, lo que estamos viviendo hoy”
«En cada una de las salas se puede ver el discurso cronológico que parte del neoclasicismo, es decir, el movimiento estilístico fundacional del siglo XIX, con raíz en la Ilustración de finales del XVIII y llega hasta el naturalismo luminoso propio de siglo”
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El recorrido nos permite contemplartres lienzos de Goya: ‘Fernando VII en un campamento’ (1815), ‘Luis de Borbón, príncipe de Parma y rey de Etruria’ –el estudio que el pintor aragonés realizó del infante para abordar posteriormente el retrato completo de ‘La familia de Carlos IV’–, y el óleo titulado ‘El actor Isidoro Máiquez’ (1807).  Solamente esto ya merece una visita.

Además, el genio de Fuendetodos está presente en la exposición a través de las obras de otros artistas. Por ejemplo, se expone el busto en bronce de Goya que realizó en 1911 el escultor Mariano Benlliure (y que sirvió de modelo para el premio de la Academia del Cine), así como un aguafuerte elaborado por Bartolomé Maura y Montaner de un dibujo de Goya.

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Los distintos ámbitos en lo que se divide la exposición, se organizan en orden cronológico.  De este modo, cuando paseas por las salas puedes ir comprobando:

  • Cómo el poder decidió representarse «para perpetuarse».
  • Cómo la representación de los niños tuvo especial relevancia a partir de la Ilustración y el Romanticismo.
  • O cómo la muerte se abordaba en el siglo XIX de una forma más natural y con menos tabúes que ahora (debo reconocer en este punto que yo me detuve poco en esta sala, fui bastante ligerita).

Para ir terminando, otra curiosidad.  El recorrido se inicia con un grabado, una de las técnicas artísticas más antiguas.  Y finaliza con una fotografía estereoscópica, que llegó en el siglo XX

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Si tenéis oportunidad (en otras ciudades, claro está), os recomiendo que visitéis la exposición «XIX. El siglo del retrato».  Sobre todo, porque es la primera exposición del retrato que se hace en España en todas las técnicas: pintura, escultura, medallística, miniatura, dibujo, litografía, agua fuerte y fotografía.  Esta suma da una visión global al espectador.

Aunque ya no podéis verla en Zaragoza, espero que esta entrada os permita acercaros al contenido de esta interesante muestra.  Ese día tuve la ocasión de visitar otra, os la cuento muy pronto.

 

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