Introducción 

A través de pinturas, dibujos, carteles e ilustraciones, la exposición “El espíritu de Montmartre en tiempos de Toulouse-Lautrec” muestra la producción del artista en sintonía con la de sus artistas contemporáneos en el París de finales del siglo XIX.

Montmartre fue el denominador común geográfico para muchos de los artistas incluidos en esta exposición.  Sus calles, los cabarets y sus cafés del barrio fueron escenario de una explosión creativa. Una corriente marcada por la bohemia y la vanguardia de la mano de jóvenes artistas e intelectuales que desafiaron a lo establecido.

París y Montmartre

En esta exposición se presenta París y, especialmente, Montmartre, como la cuna de unos movimientos artísticos que desafiaron al sistema y trataron de asimilar la complejidad de una sociedad que ya no era fácilmente definible.
La obra de naturalistas, simbolistas, incohérents, nabis y, especialmente, la de Henri de Toulouse -Lautrec nos ofrece una visión renovada de la vida y de la sociedad durante este importante período del arte moderno francés.
En 1880, Montmartre era una zona marginal y peligrosa apartada de París que empezó a atraer a numerosos jóvenes creadores. Los artistas Henri de Toulouse-Lautrec, Paul Signac, Pierre Bonnard y Henri-Gabriel Ibels, los intérpretes Aristide Bruant e Yvette Guilbert, los escritores Émile Goudeau, Alphonse Allais y Alfred Jarry, y los músicos Erik Satie, Vincent Hyspa y Gustave Charpentier se mudaron allí.
Todos ellos querían vivir gastando poco, trabajar en el París bohemio y evitar el centro burgués de la capital francesa.

El primer Le Chat Noir

Las propias calles de Montmartre y el entretenimiento que se encontraba en los cabarets, los teatros, los cafés concierto y los circos eran una fuerte inspiración para los artistas. No solo asistieron a los espectáculos y participaron en ellos.  Además, empatizaron con los vagabundos o las prostitutas, y se veían a sí mismos al margen de la sociedad establecida.
A finales de 1881 Rodolphe Salis, un artista frustrado, fundó en Montmartre el cabaré Le Chat Noir, en el número 84 del bulevar Rochechouart.  Lo proclamó «cabaré artístico» e invitó a jóvenes artistas, escritores, compositores y músicos a utilizarlo como su centro de actividades.
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En Le Chat Noir, un mobiliario pseudogótico que transmitía la creciente nostalgia por la tradición de Rabelais en Francia, decoraba el establecimiento de estilo Luis XIII.  Eugéne Grasset diseñó candelabros de hierro para el interior. Adolphe Willette fue responsable del diseño del emblemático letrero exterior del cabaré, un gatito negro sobre una media luna, y de la característica pintura de grandes dimensiones Parce domine.
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Las exposiciones y los bailes incohérents se sucedieron durante trece años.  El cabaré Le Chat Noir y sus clientes habituales, en especial los incohérents, fueron los principales impulsores de la consolidación de Montmartre como centro de vida artística y literaria vanguardista en París a principios de la década de 1880.
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Los incohérents llevaron al extremos el humor absurdo y antiburgués fumiste y produjeron obras artísticas que son el preludio del dadaísmo, el surrealismo y el arte conceptual del siglo XX.  En las exposiciones incohérents abundaban obras sorprendentes que se basaban sobre todo en juegos visuales y de combinaciones de palabras e imágenes.
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El segundo Le Chat Noir 

En junio de 1885 Salis logró trasladar Le Chat Noir a una gran hotellerie de tres plantas cuidadosamente amueblada en la Rue Victor Massé.  Estaba muy cerca del antiguo, que el cantante Aristide Bruant adquirió y rebautizó como Mirliton.
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La principal aportación del segundo Le Chat Noir fue el sofisticado teatro de sombras del cabaré, creado en 1886 por el artista Henri Rivière. Lo transformó en una producción teatral sumamente elaborada y técnicamente compleja que incorporaba todos los futuros elementos del cine: movimiento, color y sonido (música y voz).
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Las obras producidas en Le Chat Noir iban desde la saga napoleónica L’Épopée (1886) hasta el más puro humor fumiste de Le Fils de l’eunuque (1888) de Henry Somm, pasando por la mezcla de realismo y fantasía que encontramos en La Tentation de Saint Antoine de Riviére o la seriedad de la obra religiosa simbolista La Marche a l’ètoile (1890), de Rivièrey Georges Fragerolle.
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Las elaboradas producciones de Riviére requerían la participación de doce mecánicos y de muchos de sus amigos y colegas como guionistas, cantantes, músicos y ayudantes técnicos.
El cabaré Les Quat’z’Arts, en número 62 del bulevar de Clichy, abrió sus puertas en diciembre de 1893, siguió funcionando ya entrado el siglo XX y expandió el dinamismo del cabaret artistique iniciado por Le Chat Noir inventando espectáculos de revista y actuaciones de cabaré, además de los desfiles callejeros de la Vache enragée, conocidos como Vachalcades, de 1896 y 1807.
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El arte periodístico y la vanguardia

La invención en 1875 por parte del grabador Charles Gillot de un sistema para imprimir, con una prensa tipográfica, ilustraciones fotomecánicas en blanco y negro basadas en dibujos lineales revolucionó la industria editorial.
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De hecho, el dibujo fue esencial para la implicación de los artistas en la nueva tecnología de impresión.  Así, la función del dibujo cambió radicalmente durante esa época.  Dejó de ser en esencia un paso preparatorio para la pintura y se convirtió en un medio, independiente de aquella, para plasmar directa y mecánicamente la estética de los artistas en el soporte impreso que sería el producto final.
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Estos artistas enfatizaban la sencillez de los diseños lineales y planos y restaban importancia al realismo, con sus imprescindibles efectos de ilusión y tonalidad. En esencia, la nueva tecnología fue una fuerza liberadora que potenció las tendencias modernas en el arte, al tiempo que permitió a los artistas seguir ejerciendo el pleno control estético.
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Cuando Picasso, Duchamp, F. Kupla y otros futuros pintores vanguardistas del siglo XX llegaron a París en torno a 1900, ya tenían conocimiento e influencias del estilo y los temas del arte periodístico de artistas como Steinlen, Willette, Henri de Toulouse-Lautrec e Ibels.  Las bailarinas de cancán de Picasso para Le Frou Frou se inspiran en la obra de Toulouse-Lautrec, por ejemplo.
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Cafés, Cafés concierto y salas de baile

El origen del café parisino como lugar público para el consumo de bebidas se remonta a principios del siglo XVII.  Durante el primer cuarto del XIX los cafés serían también centros de reunión de pequeños grupos de poetas y artistas.
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Con la transformación de París, por parte del barón Haussmann durante el reinado de Napoleón III, en las décadas de 1850 y 1860, los cafés concierto irrumpieron plenamente como estructuras elaboradas, con un escenario para los actores y una sala (o un jardín en verano) con un aforo de entre 500 y 1500 espectadores.
En ellos actuaron gran variedad de cantantes y actores, como Arístide Bruant, Yvette Guilbert y Loïe Fuller.
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Las salas de baile parisinas atendían a una clientela muy diversa.  Así, el Bal Bullier, en la orilla izquierda, atraía a los estudiantes.  El Moulin Rouge, al igual que la sala de baile L’Elysée-Montmartre, más antigua y situada dos puertas más abajo que Le Chat Noir original, y el futuro Casino de París (1891), en el número 15 de la Rue de Clichy, acogían a una clientela exclusiva y promovían un cierto grado de desinhibición sexual.
En el Moulin de la Gallette, frecuentado por la clase trabajadora pobre e inculta, cada baile costaba ochenta céntimos por pareja. En cambio, el Moulin Rouge cobraba a cada cliente, fuera hombre o mujer, una carísima entrada de entre dos y tres francos solo por ver los impetuosos bailes de cancán o chahut.
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Teatro y espectáculos

En la primavera de 1887 André Antoine fundó el Théatre Librecon sede en Montmartre, en el número 96 de la Rue Blanche. Este teatro experimental produjo unas obras naturalistas basadas en novelas de Zola, Paul Alexis, los hermanos Goncourt y otros autores.
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A lo largo de su existencia, este tipo de teatros encargaron a muchos de los artistas locales de Montmartre ilustraciones.  Ilustraciones para las portadas de sus programas y, como a Tolouse-Lautrec y Valtat, el diseño de decorados.  De hecho, el entorno colaborativo y experimental del cabaré Le Chat Noir se potenció y reavivó con la existencia de esos teatros.
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El circo 

En el último cuarto del siglo XIX, el circo alcanzó un alto grado de aceptación social y profesional entre las comunidades artística y literaria.
Existía una gran afinidad entre los jóvenes artistas radicales y los actores a quienes dibujaban. El circo es teatro, es drama, es humor y también un espectáculo de destreza física. Lleva las capacidades al límite de lo sobrehumano y hace posible lo que normalmente se considera imposible.
Fueron estas cualidades las que impulsaron también a artistas como Toulouse-Lautrec, Bonnard, Ibels y Joseph Faverot, entre otros, a incluir el circo en su repertorio pictórico.
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La representación de la mujer 

Más allá del interés por dibujar prostitutas, la representación de la mujer por parte de los artistas de Montmartre va desde los retratos realistas y meditativos en entornos pastorales o interiores domésticos hasta la fantasía y el idealismo simbolistas. Y del desnudo austero al exótico. Todo ello en contraposición a la arraigada definición académica de la belleza y la modestia clásicas.

Opinión exposición «El espíritu de Montmartre en tiempos de Toulouse-Lautrec» 

Sinceramente, tenéis que visitar esta exposición sí o sí.  No hay excusas, es una cita imprescindible ahora mismo en Zaragoza.  Ahora que no se puede viajar, vas a desplazarte durante un rato a París, y en concreto, a Montmartre.  Por un momento, vas a disfrutar del espíritu de ese barrio bohemio y vas a sentirte parte de un grupo de interesantes artistas.

Sí, es verdad, siempre me ha gustado Toulouse-Lautrec y su obra, pero además en esta muestra, he podido conocer mucho mejor el ambiente que le rodeaba y las expresiones artísticas que hicieron tan especial esa etapa del arte francés.

De hecho, ahora tengo pendiente de ver una recomendación que me han hecho sobre este magnífico artista, marcado por un accidente en su infancia.  En concreto, la película “Moulin Rouge”  de 1952, dirigida por John Huston y protagonizada por José Ferrer y Zsa Zsa Gabor.  Habrá que sacar un ratito como sea.

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La exposición «El espíritu de Montmartre en tiempos de Toulouse-Lautrec» hay que recorrerla con tranquilidad.  Además, las distintas partes en las que se divide están perfectamente divididas, incluso las salas tienen diferentes colores para diferenciarlas sin dificultad.  Cada tema cuenta con un texto explicativo que sirve de contexto y da las pautas para entender de forma más clara el contenido.

Las obras son de gran valor y consiguen trasladarte a ese barrio parisino que siempre ha sido considerado bohemio y sede de todo tipo de expresiones artísticas.  Es también una muestra muy completa, ya que, junto a las obras (más de trescientas con préstamos internacionales de colecciones públicas y privadas), podemos escuchar música de la época o sentirnos por un momento dentro de un cabaré.

Disfruté muchísimo conociendo más cosas sobre el teatro de sombras, viendo todo el montaje que era necesario y las placas que utilizaban llamaron mi atención desde el principio por su bella factura.  Me reí con algunos títulos de los incohérents porque eran realmente ingeniosos y me sorprendieron calificándose de hidropáticos o representando escenas eróticas de personajes famosos de la época.

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Agradecí bastante las explicaciones que nos dio un educador durante la visita, porque nos facilitó más datos sobre aquello en lo que nos deteníamos o comentábamos, nos hizo fijarnos en pormenores que eran relevantes y respondió a algunas de nuestras dudas.  Respetando siempre nuestros tiempos, acertó con sus pinceladas sobre la influencia oriental o sobre la evolución de la firma de Toulouse-Lautrec.

Hubo un pequeño detalle que no me gustó.  Tras atravesar el cortinaje de entrada, te encuentras con una puerta de emergencia de frente.  Tal vez otra orientación hubiese resultado más apropiada para una primera impresión, aunque entiendo que es probable que no pudiese hacerse de otro modo.

En cualquier caso, sí, tenéis que ir a ver la exposición «El espíritu de Montmartre en tiempos de Toulouse-Lautrec».  No os podéis perder esta interesante cita cultural.  Y os recomiendo que lo hagáis con calma, atentos a toda la información y saboreando cada imagen (pinturas, dibujos, carteles e ilustraciones) y cada texto.