Reseña «El infinito en un junco»

Irene Vallejo

 

El infinito en un junco Mis Palabras con Letras 1

 

Páginas: 449

 

Curiosidades

Cuando empiezo a trabajar en la reseña de «El infinito en un junco»  hace muy poquito tiempo que tuve la oportunidad de escuchar a Irene Vallejo.  Fue en Caja Rural de Aragón, con motivo de las I Jornadas de Novela Histórica «Ciudad de Zaragoza» dedicadas a la Corona de Aragón.  Una estupenda iniciativa que espero que tenga continuidad en el tiempo y que podamos disfrutar de muchas más ediciones, de la mano del profesor y escritor José Luis Corral.

Mantuvo una charla con el autor Luis Zueco. ¡Un auténtico lujo! En concreto, fue una mesa redonda titulada «Escribir novela histórica», a través de las preguntas que planteó el moderador y organizador del evento y de otras que fueron surgiendo entre ellos, a lo largo de la conversación.

La cálida voz de la escritora y su eterna sonrisa, nos hicieron viajar desde su niñez y cómo empezó a interesarse por la literatura clásica, guiada por las lecturas nocturnas antes de dormir en la orilla de su cama, hasta las cautivadoras bibliotecas antiguas, como la de Alejandría.  Además, nos indicó la conexión entre los libros y la democracia. 

Recalcó que la lucha por la democratización del conocimiento es uno de nuestros mayores logros a lo largo de los siglos.  Haber conseguido que el conocimiento, que es otra forma de poder, haya pasado de estar en manos de unos pocos al alcance de casi todos, es algo que debemos valorar y defender.

 

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Irene Vallejo entiende la escritura como un viaje con escalas en distintas épocas que despiertan su curiosidad. Para ella, un libro puede cumplir el sueño imposible de la máquina del tiempo.

Virgilio es una de sus grandes pasiones desde que empezó a traducirlo en clase de latín. Admira la música de sus palabras y su extraordinaria sensibilidad poética. En su opinión, sin Virgilio, los caminos de la literatura habrían sido diferentes. Para muchos de sus lectores, es sencillamente inolvidable.

Como nos contó en la entrevista que publiqué hace un tiempo, es una lectora promiscua, viajera de unos géneros a otros, enamorada de los clásicos pero también curiosa ante la literatura contemporánea.

Entre sus autores favoritos cita a Montaigne, Natalia Ginzburg, Pessoa, Carson McCullers, Heródoto, Safo, Ovidio, Szymborska, Kafka, Luis Landero, Ana María Matute… y tantos más que desbordarían la lista. Reconoce que, al leer, se abandona fácilmente al entusiasmo.

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Sobre este libro se ha dicho:

Mario Vargas Llosa:

«Muy bien escrito, con páginas realmente admirables; el amor a los libros y a la lectura son la atmósfera en la que transcurren las páginas de esta obra maestra. Tengo la seguridad absoluta de que se seguirá leyendo cuando sus lectores de ahora estén ya en la otra vida».

Alberto Manguel, Babelia, El País:

«Vallejo ha decidido sabiamente liberarse del estilo académico y ha optado por la voz del cuentista, la historia entendida no como ristra de documentos citados, sino como fábula. Así para el lector común y corriente (a quien reivindicaba Virginia Woolf) es más conmovedor y más inmediato este encantador ensayo, por ser simplemente un homenaje al libro de la parte de una lectora apasionada».

Luis Landero:

«Es un deleite leer la prosa de Irene Vallejo, creadora, brillante, plena de sensibilidad». 

Luis Alberto de Cuenca, ABC:

«Se puede ser un filólogo magistral y al mismo tiempo escribir como los ángeles.  Irene Vallejo riza el rizo de la comunicación hasta convertir su diálogo con el lector en una fiesta literaria». 

Carlos García Gual:

«Los libros de Irene Vallejo, claros e inteligentes, se leen muy bien e invitan a pensar.  En la mejor línea humanista». 

 

Sinopsis

Un recorrido por la vida del libro y de quienes lo han salvaguardado durante casi treinta siglos.

Este es un libro sobre la historia de los libros. Un recorrido por la vida de ese fascinante artefacto que inventamos para que las palabras pudieran viajar en el espacio y en el tiempo. La historia de su fabricación, de todos los tipos que hemos ensayado a lo largo de casi treinta siglos: libros de humo, de piedra, de arcilla, de juncos, de seda, de piel, de árboles y, los últimos llegados, de plástico y luz.

Es, además, un libro de viajes. Una ruta con escalas en los campos de batalla de Alejandro y en la Villa de los Papiros bajo la erupción del Vesubio, en los palacios de Cleopatra y en el escenario del crimen de Hipatia, en las primeras librerías conocidas y en los talleres de copia manuscrita, en las hogueras donde ardieron códices prohibidos, en el gulag, en la biblioteca de Sarajevo y en el laberinto subterráneo de Oxford en el año 2000. Un hilo que une a los clásicos con el vertiginoso mundo contemporáneo, conectándolos con debates actuales: Aristófanes y los procesos judiciales contra humoristas, Safo y la voz literaria de las mujeres, Tito Livio y el fenómeno fan, Séneca y la posverdad.

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Pero, sobre todo, esta es una fabulosa aventura colectivaprotagonizada por miles de personas que, a lo largo del tiempo, han hecho posibles y han protegido los libros: narradoras orales, escribas, iluminadores, traductores, vendedores ambulantes, maestras, sabios, espías, rebeldes, monjas, esclavos, aventureras.  Lectores en paisajes de montaña y junto al mar que ruge, en las capitales donde la energía se concentra y en los enclaves más apartados donde el saber se refugia en tiempos de caos.
Gente común cuyos nombres en muchos casos no registra la historia, esos salvadores de libros que son los auténticos protagonistas de este ensayo.
 
 

 

Mi opinión 

 
Estructura

La novela está dividida en varias partes:

El Prólogo en la página 15.

La Parte I: Grecia imagina el futuro, con los capítulos:

  • La ciudad de los placeres y los libros
  • Alejandro: el mundo nunca es suficiente
  • El amigo macedonio
  • Equilibrio al filo del abismo: la Biblioteca y el Museo de Alejandría
  • Una historia de fuego y pasadizos
  • La piel de los libros
  • Una tarea detectivesca
  • Homero como enigma y como ocaso
  • El mundo perdido de la oralidad: un tapiz de ecos
  • La revolución apacible del alfabeto
  • Voces que salen de la niebla, tiempos indecisos
  • Aprender a leer sombras
  • El éxito de las palabras díscolas
  • El primer libro
  • Las librerías ambulantes
  • La religión de la cultura
  • Un hombre de memoria prodigiosa y un grupo de chicas vanguardistas
  • Tejedoras de historias
  • Es el otro quien me cuenta mi historia
  • El drama de la risa y nuestra deuda con los vertederos
  • Una apasionada relación con las palabras
  • El veneno de los libros.  Su fragilidad
  • Las tres destrucciones de la Biblioteca de Alejandría
  • Botes salvavidas y mariposas negras
  • Así empezamos a ser tan extraños

Parte II: Los caminos de Roma

  • Una ciudad con mala reputación
  • La literatura de la derrota
  • El umbral invisible de la esclavitud
  • En el principio fueron los árboles
  • Escritores pobres, lectores ricos
  • Una joven familia
  • Librero: oficio de riesgo
  • Infancia y éxito de los libros de páginas
  • Bibliotecas públicas en los palacios del agua
  • Dos hispanos: el primer fan y el escritor maduro
  • Herculano: la destrucción que preserva
  • Ovidio choca contra la censura
  • La dulce inercia
  • Viaje al interior de los libros y cómo nombrarlos
  • ¿Qué es un clásico?
  • Canon: historia de un junco
  • Añicos de voces femeninas
  • Lo que se creía eterno resultó efímero
  • Atrévete a recordar

Continúa con el Epílogo: Los olvidados, las anónimas.  Los agradecimientos en la página 403, las Notas en la 405, la Bibliografía a partir de la 432 y, para terminar, el Índice onomástico que comienza en la página 441.

 

La historia

«El infinito en un junco» es un ensayo.

Es una magnífica y minuciosa historia del libro durante treinta siglos de aventuras.  A lo largo de esa historia aparecen e intervienen numerosos personajes, a los que vamos conociendo un poquito mejor.

El libro está contado con detalle, pasión, muchos conocimiento, una extraordinaria documentación y con algunas referencias especiales, porque son sus propios recuerdos, y muy personales, que te enternecen e incluso te emocionan.

Irene Vallejo nos descubre que el libro ha superado la prueba del tiempo, ha demostrado ser un corredor de fondo.

 

Los lugares

A través de los capítulos del ensayo, viajamos por Grecia y Roma.

Nos detenemos en Alejandría, donde nacieron teorías revolucionarias, se desarrollaron nuevas ramas de saber y se hicieron grandes descubrimientos.

Y en Oxford, donde las relaciones son estacionales y sus ritmos se acompasan al calendario del curso.  En ella y en su bruma, se siente que la ciudad entera gravita sobre un mar de libros, igual que una alfombra mágica en pleno vuelo.

Entramos por una puerta trasera del palacio Medici Riccardi en la Via de’ Ginori en Florencia.  La paz y el recogimiento también son posibles en esa ciudad, pero hace falta salir a buscarlos, por ejemplo en el Convento de San Marcos.  Ya nadie va a leer a ese espacio renacentista de luz y silencio, convertido en museo, y, sin embargo, entre esas paredes se respira la atmósfera cálida de los espacios habitados.

 

Referencias 
Os he traicionado, lectores.  He leído el libro completo sin apuntar referencias, sin anotarlas como suelo hacer habitualmente.  Y sí, claro, tengo una excusa (bueno, son prácticamente dos), aunque no sé si es lo suficientemente buena para convenceros.
 
Para empezar, esta obra es un ensayo, no una novela, por lo que cada referencia debe ser leída en su contexto para darle un mayor sentido.  Además (y esta es la segunda razón y probablemente la más poderosa) en el final, hay un apartado dedicado a todas las referencias que aparecen en el texto, de modo que sería duplicar la información.

Allí, en «Notas» aparecen detallados todos los nombres, todos las referencias.

 

En resumen… «El infinito en un junco»

Voy a empezar con una sincera confesión. Sí, tengo que reconocerlo, no me voy a esconder, no soy muy aficionada a los ensayos… hasta ahora, claro.  No es un género que haya llamado mi atención en general, a pesar de algunas recomendaciones.  No sé, no me resultaba atractivo. Realmente leo para entretenerme.  Mis ratos de lectura los dedico a adentrarme en otras historias, en otras vidas, que me hagan sentir de un modo o de otro.  Si además aprendo algo, estupendo.

Admito que mi criterio respecto al ensayo era erróneo, al menos en este caso.  «El infinito en un junco» está contado como un cuento, una amena narración llena de anécdotas, referencias, recuerdos… y gran cantidad de información.  Y, eso es lo mejor, pese al importante volumen de datos, nunca se hace pesado, todo está marcado por el compás de la oportunidad, todo encaja, nada sobra mientras navegas por los avatares de esta historia.

Después de esta experiencia, ya no puedo considerar el ensayo como un texto difícil, seguramente árido y un tanto soporífero… En este caso, no ha sido así, porque tiene un aire literario, aderezado con experiencias de la escritora y, tal vez por este motivo, me he sentido muy cómoda durante la lectura.  Desde luego, siempre hay que estar dispuesta a probar y está claro que, con esté género, es imposible no aprender. He cambiado mi impresión, lo prometo.

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Y puestos a desembuchar, os voy a contar que esta reseña que estáis leyendo no es la definitiva. Sorprendidos ¿no?  No puede serlo, porque esta ha sido la primera lectura del libro, pero no la última y por tanto, voy a dejarla abierta para ir añadiendo cosas cuando las vaya descubriendo en cada nuevo repaso. Y también porque… ¿Quién sabe? Igual tengo la oportunidad de encontrarme con Irene Vallejo por las calles de Zaragoza o en un encuentro literario y preguntarle.  Aunque, pensándolo mejor, prefiero escucharla simplemente.

Como os decía, el mayor y más especial encanto de este ensayo lo encontramos en su estilo.  Porque la autora, a pesar de todo lo que sabe, no nos abruma, nos va desvelando toneladas de información pero poco a poco, nos acerca con dulzura y de una forma muy hábil hasta los distintos escenarios, nos va presentando con la calma necesaria a los protagonistas de esta maravillosa fábula.

En pocas palabras, esta obra es simplemente un homenaje a la historia del libro y a quienes han formado parte de la misma, en buena medida «los salvadores de libros» como le gusta decir a la escritora, de la mano suave y diligente de una lectora apasionada y de una magistral narradora, que conoce muy bien el camino e incluso los atajos.

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Es tanto lo que aprendemos en sus páginas, que desearía tener una memoria prodigiosa para retener todo lo que la escritora me ha transmitido.  Me gustaría no olvidar nada de lo que he ido aprendiendo, de lo que he leído varias veces seguidas tratando de asimilarlo para siempre.  Me encantaría ser capaz de guardarlo todo dentro de mi cabecita, poder utilizarlo en alguna sobremesa o compartirlo en esas largas charlas que surgen entre cafés o cañas.  No como un pegote, más bien como una necesidad imperiosa de que se sepa.

No quería perderme nada. Hay tantos nombres, tantos personajes históricos, tantos literarios, tantos autores, tantos datos, tanta historia, tantas reflexiones, tantas frases interesantes…

Por ejemplo. caemos en la cuenta de que:

«Somos los únicos animales que fabulan, que ahuyentan la oscuridad con cuentos, que gracias a los relatos aprenden a convivir con el caos, que avivan los rescoldos de las hogueras con el aire de sus palabras, que recorren largas distancias para llevar sus historias a los extraños. Y cuando compartimos los mismos relatos, dejamos de ser extraños» (página 401) 
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Pero hay más, mucho másNos cuenta cómo nació Alejandría, qué impulsó a Alejandro, cómo eran las bibliotecas antes de la de Alejandría, cómo es el junco de papiro y cómo se utiliza para fabricar hojas para la escritura, cómo surge el «helenismo», cómo eran las bibliotecas griegas con estantes y sin instalaciones para los lectores  También como en la Antigüedad, cuando los ojos reconocían las letras, la lengua las pronunciaba, el cuerpo seguía el ritmo del texto, y el pie golpeaba el suelo como un metrónomo.  La escritura se oía.

Asimismo, nos muestra cómo los sumerios empezaron a escribir sobre la tierra, en tablillas de arcilla, cómo antes de la imprenta cada libro era único, cómo los libros eran frágiles y estaban expuestos a peligros que podían destruirlos o cómo en Europa eran habituales las tablillas de madera, metal o marfil cubiertas con un baño de cera y resina, sobre las que se escribía con un instrumento afilado de hueso o metal.

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Y sigue. El rollo de papiro supuso un fantástico avance en la historia de  libro, aunque eran objetos delicados.  Nos hace fijarnos en que es un hecho comprobado que toda copia siembra errores en el texto que reproduce.  También en que la palabra escrita sufrió al principio cierto estigma, que fue un invento que empezó a transformar silenciosamente el mundo. Así, los nuevos textos pudieron empezar a multiplicarse en infinita variedad porque ya no estaban sujetos a la economía de la memoria, a la acotada capacidad del recuerdo.

Asistimos al nacimiento de las letras, combinándolas hemos conseguido la más perfecta partitura del lenguaje, y la más duradera.  Y gracias al alfabeto, la escritura cambió de manos. Una vez escritas, las palabras empezaron a quedar ancladas en su orden, como notas en un pentagrama.  Y a cómo surgieron las escuelas, cuando la fiebre del alfabeto se extendió más allá de los círculos nobles.  Cada vez más jóvenes reclamaban educarse, y, bajo la presión de sus aspiraciones, aparecieron los primeros lugares colectivos para el aprendizaje.

¿Cómo no va a ser mágico el alfabeto, que descifra el mundo y revela los pensamientos? 
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Eso sí, el método de enseñanza era con frecuencia sádico, los castigos corporales eran inseparables de la rutina escolar de los niños griegos.  Continuamos por la aparición de los catálogos, en los que se manifiesta el poder del número.  La idea de utilizar el alfabeto para ordenar y archivar textos fue una gran contribución de los sabios alejandrinos.  Recorremos el camino desde los orígenes orientales -con sus gremios de escribas y castas de sacerdotes- a las bibliotecas de hoy, abiertas a todo el que quiera leer y aprender.

Me he quedado con la idea de que la escritura nació para hacer contabilidad, que la historia de la literatura empieza de forma inesperada, que las leyendas proceden de un mundo arcaico, pero nuestro telar volvemos a trenzarlas con hebras nuevas, que solo entenderemos nuestra identidad si la contrarrestamos con otras identidades y que los griegos inauguraron el género de la conferencia.

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Me ha ayudado a comprender que inventar métodos como el sistema alfabético de ordenación y los catálogos, y formar al personal que cuidaría de los rollos fue un paso tan importante como inventar la escritura.  Que el acto de traducir alberga aspectos misteriosos y a veces roza el vértigo, el desconcierto cuántico de la superposición de estados.

He asistido a la creación de Roma y del gran Imperio mediterráneo, elevando la globalización a un grado de perfección que todavía hoy nos impresiona.  Todo su poderío militar, su riqueza, las asombrosas redes de transporte y las obras de ingeniería componían una maquinaria poderosa, invencible pero árida sin el rocío de la poesía, los relatos y de los símbolos.  Con los romanos la literatura se convirtió en un botín de guerra.

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Me ha desvelado que la esclavitud era, para griegos y romanos el monstruo que acechaba bajo la cama. Muchas personas atravesaron a la fuerza ese umbral invisible donde perdían su condición de seres libres para convertirse en mercancías.  La historia de los libros en Roma tiene como protagonistas a los esclavos, que se encargaban de los trabajos de copia, escritura y documentación. El acceso a los libros en el mundo romano era, sobre todo, una cuestión de contactos.  O poseías un gran patrimonio, o tenías habilidad para la adulación.

Tras el hallazgo de las letras, parte de la comunicación emigró a la mirada.  Y a través de la referencia a los problemas de visión que surgieron, Irene Vallejo nos transmite que fue en 1267 cuando Roger Bacon demostró científicamente que la letra pequeña podía verse más clara y aumentada usando lentes esmeriladas de una forma precisa.  Me parece muy curioso y he tratado de que quede grabado en mi disco duro.

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Me ha parecido increíble que en Roma ya había varias librerías abiertas que eran principalmente talleres de copia por encargo.  Viajamos al futuro con la vista puesto en el pasado y nos detenemos en la creación del códice, el libro de páginas, tal como nosotros lo conocemos, había irrumpido con fuerza en el mercado. De hecho, estamos en deuda con las personas olvidadas que lo inventaron.  Florecieron las bibliotecas públicas romanas.

Esas bibliotecas heredaron las estatuas de autores famosos. Quien conseguía ese homenaje había entrado en el canon. El interior de algunos de esos espacios era un prodigio de lujo abierto a todos los públicos.  En la capital, nativos y forasteros eran capaces de reconocer por la calle a los escritores más famosos, y los perseguían como admiradores.  Con pena leo que esas majestuosas bibliotecas terminarían por sucumbir tras un sucesión de desastres.  No obstante, hubo una excepción en la destrucción.

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He sentido la necesidad de viajar a la biblioteca de Alejandría, una enciclopedia mágica que congregó el saber, las ficciones de la Antigüedad para impedir su dispersión y su pérdida.  Abarcaba libros sobre todos los temas, escritos en todos los rincones de la geografía conocida.  Sus puertas estaban abiertas a todas las personas ávidas de saber, a los estudiosos de cualquier nacionalidad y a todo aquel que tuviera aspiraciones literarias probadas.

Me ha impresionado que:

«lo que hizo visionarios a los  sabios de la Biblioteca de Alejandría fue entender que Antígona, Edipo y Medea – esos seres de tinta y papiro amenazados por el olvido- debían viajar a través de los siglos, que no se podía privar de ellos a millones de personas todavía por nacer, que inspirarían nuestra rebeldías, que nos recordarían lo dolorosas que pueden ser ciertas verdades, que revelarían nuestros pliegues más oscuros, que nos abofetearían cada vez que nos enorgulleciéramos demasiado de nuestra condición de hijos del progreso, que nos seguirían importando». 

Muchos de los ejemplares que han sobrevivido hasta hoy mantienen huellas textuales y símbolos que solían usar los filólogos alejandrinos en sus ediciones.  Sus eruditos inventaron un sistema de acentos y puntuación.  Alejandría fue el lugar donde aprendimos a preservar los libros al abrigo de las polillas, del óxido, del moho y de los bárbaros con cerillas.

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He disfrutado y he sufrido con los recuerdos de su vida que la escritora comparte con nosotros, los lectores, con una gran generosidad.  Me enternece cómo su madre le leía libros todas las noches, sentada en la orilla de su cama, con una íntima liturgia.  Se sentían más juntas que nunca pero escindidas en dos dimensiones paralelas, dentro y fuera.

«Si alguien lee para ti, desea tu placer; es un acto de amor y un armisticio en medio de los combates de la vida»

Es bonito leer que de niña creía que los libros habían sido escritos para ella, que el único ejemplar del mundo estaba en su casa.  Ella no quería a aprender a leer, quería aprender a escribir, ignoraba que ambas cosas van juntas y se necesitan.   He paseado por la primera biblioteca de su infancia, una pequeña en el Parque Grande de Zaragoza, una casita que parecía sacada de un cuento o de un país alpino.  Y me he asomado a los cómics que devoraba fuera.

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He sentido la admiración hacia su padre, cuando lo recuerda navegando por webs de deporte, buscando fotos de partidos de fútbol que le devolvían a su infancia.  Y he conocido a su sorprendente profesora Pilar, con su bata blanca y cómoda al amparo del signo interrogatorio.  He sonreído, con complicidad, cuando reconoce que siente una curiosidad sin freno por las lecturas ajenas, porque los libros describen a las personas que los tienen entre las manos.

Me ha ganado cuando, con una guerra, empezó a interesarse por los libros de los mayores que antes no le importaban y a leer periódicos, cómo utilizaba los bolis como cerbatanas para lanzar granos de arroz. Nos enteramos de uno de los primeros regalos de su padre a su madre, de la visita a un librería de viejo con su padre en Madrid o el encargo de un diario para la sección cultural de un suplemento.

Además, me ha sobrecogido su relato sobre las humillaciones en el colegio, las imitaciones, las bromas pesadas y, sobre todo el silencio turbio, la aceptación de la mordaza.  Y he disfrutado cuando una revelación cambió su vida.

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Me quedo también con unos importantes mensajes. Las publicaciones en papel han sobrevivido milenios, por tanto y por fortuna, el libro es un objeto casi perfecto.  La supervivencia de un libro antiguo exigía un enorme esfuerzo porque el material se deterioraba y era necesario volver a copiarlo cada cierto tiempo.  Había pocos ejemplares en circulación de cada título, y su supervivencia exigía gigantescos esfuerzos.  Por desgracia, la inquina contra los libros es una tradición firmemente arraigada en nuestra historia.

El libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación. El libro ha superado la prueba del tiempo, ha demostrado ser un corredor de fondo. Los libros ayudan a sobrevivir en las grandes catástrofes históricas y en las pequeñas tragedias de nuestra vida.  Debemos a los libros la supervivencia de las mejores ideas fabricadas por la especie humana.

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La escritura es una línea divisoria en la historia, es una de las primeras grandes revoluciones tecnológicas, después del lenguaje. Luego viene el descubrimiento del papiro como material de escritura, con él llega el primer libro. Para entonces, habían probado con el barro, la piedra, las cortezas. El siguiente salto es el paso de los rollos a los códices y más tarde a los libros de páginas.

Lo que realmente hizo triunfar a los libros como los entendemos hoy es que eran muy útiles para la lectura clandestina. Era más fácil esconderlos y transportarlos. Algo que está asociado a la libertad.  La invención de los libros ha sido tal vez el mayor triunfo en nuestra tenaz lucha contra la destrucción.  A los juncos, a la piel, a los harapos, a los árboles y a la luz hemos confiado la sabiduría que no estábamos dispuestos a perder.

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¿Sabéis lo que decía Borges y nos cuenta Irene Vallejo?

«De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro.  Los demás son extensiones de su cuerpo.  El microscopio y el telescopio son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo.  Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación». 
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En el libro también aprendemos sobre los títulos. Es un misterio cómo acontece un buen título. Y en este punto, no puedo pasar por alto, la bonita historia que hay detrás del elegido por Irene Vallejo.

Estaban a punto de mandar el libro a imprenta y no tenían el título pensado. Una tarde, se planteó la siguiente cuestión: «¿Qué es lo más maravilloso de los libros?». Entonces se le ocurrió que lo infinito de nuestras ideas, pasiones, emociones, experiencias caben en algo tan pequeño, manejable, portátil y aparentemente frágil como el corazón de un junco, con sus tiras se hicieron los primeros papiros. Y así, esa frase es un giro poético para que miremos los libros de otra manera, como ese objeto asombroso que son.  ¿No es precioso y adecuado?

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¿Algunas cifras increíbles? Alejandro decidió celebrar una fiesta grandiosa que incluía bodas colectivas para él y diez mil soldados que recibieron una dote real por casarse con mujeres orientales. Los textos atribuidos a Zoroastro tenían más de dos millones de versos.  El rollo más largo de la colección egipcia del Museo Británico, el papiro Harris, medía originalmente 42 metros.  Sobre la Gran Biblioteca, Epifanio menciona la cifra de cincuenta y cuatro mil ochocientos rollos; Aristeas, doscientos mil; Tzetzes, cuatrocientos noventa mil; Aulo Gelio y Amiano Marcelino, setecientos mil.

A la biblioteca Sackler llegan cada año cien mil libros y doscientas mil revistas, es decir, más de tres kilómetros anuales de estanterías.  Un gran manuscrito podía causar la muerte de un rebaño entero. Los 15.000 versos de la «Iliada» y los 12.000 versos de la «Odisea» que ahora leemos como si fueran dos novelas son un territorio fronterizo entre la oralidad y el nuevo mundo.

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Todavía hoy existen cientos de millones de analfabetos en el mundo, 670.000 en España en 2016.  Ese mismo año se publicaron en nuestro país 224 millones de libros, de los cuales casi 90 millones terminaron en el purgatorio.  En el año 212, el emperador Caracalla decretó que todos los habitantes del imperio, más de treinta millones de personas, adquirían la ciudadanía romana.  Han sobrevivido unas veinte inscripciones fechadas entre el año 750 y el 650 a.C., la más antigua es el vaso de Dípilon.

Cada una de las siete vocales de los griegos simbolizaba uno de los siete planetas y de los siete ángeles que los presiden.  El papiro es un material perecedero y frágil que no sobrevive en climas húmedos más allá de unos doscientos años.  La Biblioteca de Alejandría, que intentó rozar el infinito, tuvo un gran catálogo que ocupaba al menos ciento veinte rollos, cinco veces más que la «Ilíada» de Homero.  Entre el año 1500 y 300 a.C., existieron 55 bibliotecas en algunas ciudades de Próximo Oriente y ninguna en Europa.  Según datos del año 2014 en España hay un total de 4.649 bibliotecas.

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Una escritora japonesa del siglo X, Sei Shonagon, introdujo 164 listas en su «Libro de la almohada», anotando todo aquello que fuese posible catalogar en orden descendente y por escrito.  Se sabe que Esquilo, Sófocles y Eurípides, escribieron entre los tres varios cientos de dramas, de los que quedan siete, siete y dieciocho, respectivamente.  La obra «Historias» de Heródoto ha llegado hasta nosotros dividida en nueve partes con los nombres de las musas, y cada una de esas nueve partes ocuparía un rollo de papiro completo.

Durante el helenismo habrías más de cien bibliotecas, una delicada red venosa que bombeaba el oxígeno de las palabras y de los relatos de ficción hacia todos los rincones del territorio.  Los investigadores calculan que durante el bibliocausto nazi ardieron las obras de más de 5.500 autores a quienes los nuevos líderes consideraban degenerados. Cuando César quedó fascinado por el descaro de la joven Cleopatra, era un hombre de cincuenta y dos años con cicatrices de mil batallas.

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El comandante Amr ibn al-As hizo un inventario de las riquezas y bellezas de Alejandría: «Cuenta con cuatro mil palacios, cuatro mil baños públicos, cuatrocientos teatros o lugares de diversión, doce mil comercios de fruta y cuarenta mil tributadores hebreos».  Tras doce años de obras y 120 millones de dólares, en octubre del año 2002 se inauguró, con fastos espectaculares, la nueva Biblioteca de Alejandría, en el mismo enclave donde un día estuvo su antepasada.

Cierta vez, Julio César, famoso por su clemencia, vendió como esclavos a toda la población de una aldea recién conquistada en la Galia, no menos de 53.000 personas, sobre el terreno.  Hay casi mil ochocientos años de distancia entre Domiciano y Fernando VII, pero la historia de sus libreros respira una atmósfera compartida; en épocas tiránicas, las librerías suelen ser lugares de acoso a lo prohibido y, por tanto, despiertan sospechas.

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Y me ha encantado la parte en la que la autora nos detalla el papel de las mujeres como contadoras de historias:

«Y, sin embargo, desde tiempos remotos las mujeres han contado historias, han cantado romances y enhebrado versos al amor de la hoguera. (…) A lo largo de los tiempos, han sido sobre todo las mujeres las encargadas de desovillar en la noche la memoria de los cuentos.  Han sido las tejedoras de relatos y retales.  Durante siglos han devanado historias al mismo tiempo que hacían girar la rueca o manejaban la lanzadera del telar.  Ellas fueron las primeras en plasmar el universo como malla y como redes.  Anudaban sus alegrías, ilusiones, angustias, terrores y creencias más íntimas.  Teñían de colores la monotonía». 

Además, me ha hecho gracia leer que el plagio y los escándalos son tan antiguos como los propios concursos literarios y que tal vez por eso llamemos «fallos» a las decisiones de los jurados.  Cuando menos curioso ¿no?

También he disfrutado con las múltiples referencias a detalles de mi ciudad, Zaragoza: la biblioteca del Parque Grande, el periódico Heraldo de Aragón, la librería Antígona en la calle Pedro Cerbuna o la mítica Librería París, con su atmósfera de barco pilotado por curtidos y joviales marinos.

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En esta ocasión, no os animo a adentraros en la historia, os pido (casi os ruego y podría llegar a suplicaros) que disfrutéis una y mil veces con «El infinito en un junco».  Subrayad en vuestra memoria que, sin los libros, las mejores cosas de nuestro mundo se habrían esfumado en el olvido. Y tened en cuenta que Internet es una emanación -multiplicada, vasta y etérea- de las bibliotecas.

Por favor, leedlo y, como siempre, ya sabéis, cuando lo hayáis leído ¡contadme vuestra opinión!

Por todo lo anterior, este libro se queda para siempre en mi mesilla, para leerlo en cualquier momento, para abrirlo por una página al azar, para seguir aprendiendo y descubriendo más detalles…  Efectivamente, creo que ha generado en mi una adicción difícil de reparar… ¡y una admiración infinita!

 

 

Mis fragmentos preferidos 

«La pasión del coleccionista de libros se parece a la del viajero.  Toda biblioteca es un viaje; todo libro es un pasaporte sin caducidad» (página 40)

«Leer es un ritual que implica gestos, posturas, objetos, espacios, materiales, movimientos, modulaciones de luz.  Para imaginar cómo leían nuestros antepasados necesitamos conocer, en cada época, esa red de circunstancias que rodean el íntimo ceremonial de entrar en un libro» (página 58)

«Eres un tipo muy especial de lector y desciendes de una genealogía de innovadores.  Este diálogo silencioso entre tú y yo, libre y secreto, es una asombrosa invención» (página 62)

«En cambio, los libros de Atenas, Alejandría y Roma nunca han callado del todo.  A lo largo de los siglos han mantenido una conversación en susurros, un diálogo que habla de mitos y leyendas, pero también de filosofía, ciencia y leyes.  De alguna forma, quizá sin saberlo, nosotros formamos parte de esa conversación» (página 71)

«El susurro de los libros, pensé, es distintos en cada época» (página 83)

«El alfabeto fue una tecnología aún más revolucionaria que internet.  Construyó por primera vez esa memoria común, expandida y al alcance de todo el mundo.  Ni el saber ni la literatura completa caben en una sola mente pero, gracias a los libros, cada uno de nosotros encuentra las puertas abiertas a todos los relatos y todos los conocimientos» (página 126)

«A los bibliotecarios les confiamos la suma de nuestros conocimientos y nuestros sueños, desde los cuentos de hadas a las enciclopedias, desde los opúsculos eruditos a los cómics más canallas » (página 154)

«Pero este libro podría enseñar que liberarse del miedo es un acto de sabiduría» (página 191)

«Desde entonces, a lo largo del tiempo, anónimos lectores han conseguido proteger, por pasión, un frágil legado de palabras» (página 238)

«La Gran Biblioteca me fascina -a mí, la pequeña marginada del colegio de Zaragoza-, porque inventó una patria de papel para los apátridas de todos los tiempos» (página 250)

«Los libros son hijos de los árboles, que fueron el primer hogar de nuestra especie y, tal vez, el más antiguo recipiente de nuestras palabras escritas» (página 276)

«Los libros no han perdido del todo ese primitivo valor que tuvieron en Roma, la sutil capacidad de trazar un mapa de los afectos y las amistadas.  Cuando unas páginas nos conmuevan, un ser querido será el primero a quien hablaremos de ellas. Al regalar una novela o un poemario a alguien que nos importa, sabemos que su opinión sobre el texto se reflejará sobre nosotros» (página 301)

«El caos de las librerías se parece mucho al caos de los recuerdos.  Sus pasillos, sus anaqueles, sus umbrales son espacios habitados por la memoria colectiva y por las memorias individuales.  Allí tropezamos con biografías, con testimonios y con largos estantes de ficciones donde los escritores desnudan la verdad de muchas vidas» (página 313)

«Los libros tienen voz y hablan salvando épocas y vidas.  Las librerías son esos territorios mágicos, donde en un acto de inspiración, escuchamos los ecos suaves y chisporroteantes de la memoria desconocida» (página 315)

«Los censores de todas las épocas corren el peligro de desencadenar un efecto contraproducente, y es esta es una gran paradoja: dirigen los focos  de atención precisamente sobre aquello que pretendían ocultar» (página 352)

«Si un libro es un viaje, el título será la brújula y el astrolabio de quienes se aventuran por sus caminos» (página 357)

«Los lectores de hoy podemos sentirnos solos, en medio de las prisas, al cultivar nuestros rituales lentos.  Pero tenemos detrás una larga genealogía y no deberíamos olvidar que, entre todos, sin conocernos, hemos protagonizado un fantástico salvamento» (página 366)

«El papel, la imprenta y la curiosidad liberada de miedos y pecados conducirán a los mismos umbrales de la modernidad» (página 393)

 

Los fragmentos que me hicieron reflexionar

«Nuestra piel es una gran página en blanco; el cuerpo, un libro.  El tiempo va escribiendo poco a poco su historia en las caras, en los brazos, en los vientres, en los sexos, en las piernas» (página 79)

«Es el otro quien me cuenta mi historia, el que me dice quién soy yo» (página 182)

«Gracias a ellos aprendí que mi mundo es solo uno de los muchos mundo simultáneos que existen, incluidos los imaginarios.  Gracias a ellos descubrí que podría almacenar fantasías acogedoras y guardarlas en mi habitación interior para buscar refugio cuando allá fuera arreciase el granizo.  Esa revelación cambió mi vida» (página 244)

«El lector es sodomizado por el texto.  Leer uno mismo es prestar el cuerpo a un escritor desconocido, un acto audazmente promiscuo. » (página 276)

«El futuro avanza siempre mirando de reojo al pasado» (página 319)

 

Palabras aprendidas

  • Faltriquera: Bolsillo de las prendas de vestir.  Bolsa de tela que se ata a la cintura y se lleva colgando bajo la vestimenta.

 

 

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