Palabras secretas

Este es mi relato «Palabras secretas», sobre el poder de las palabras y la importancia de la lectura en la vida.  Lo presenté al VII Certamen de relatos cortos La Azucarera.

Relato palabras secretas Mis Palabras con Letras 1

La Biblioteca para Jóvenes Cubit, en colaboración con la Asociación de Vecinos «Tío Jorge¬ Arrabal», el IES La Azucarera y ZARAGOZA ACTIVA, convocaron el Certamen de referencia.

Se establecieron dos categorías por edades: juvenil, para participantes con edades comprendidas entre los 12 y 17 años, y absoluta para participantes de 18 años en adelante.

El contenido de los relatos (motivos temáticos, personajes, argumento o ambientación) tenía que aludir necesariamente a algún aspecto relacionado con «La Azucarera», en su etapa actual o en el pasado.

***

PALABRAS  SECRETAS

La primera vez solamente pudo ver la mitad de su redondita y mofletuda cara, escrutándola detrás de una de las grises y repletas estanterías de ese lugar multidisciplinar pensado para jóvenes.  Tras un buen rato de vigilancia silenciosa esperando algún tipo de reacción en aquella mirada de recién estrenada adolescencia, la bibliotecaria fingió que sonaba su teléfono.  Sin dar tregua a su imaginario interlocutor, empezó a contarle que llevaba seis meses trabajando en ese sorprendente espacio, que no paraba de organizar interesantes actividades, que estaba contenta de no tener que mandar callar y que le abrumaba un poco la idea de encontrar, entre más de treinta mil referencias de lectura, música y juegos, aquella que iba a hacer feliz a cada usuario.  Cuando colgó, los tímidos ojos habían desparecido sin hacer ruido.

Dos tardes después, los descubrió de nuevo perdidos en la blanca pared, acompañando a un pensamiento ausente, a un cuerpo grueso y quieto, sentado en uno de los cómodos y modernos sofás de diseño.  Se acercó despacio para evitar sobresaltarle y, como si fuesen viejos conocidos, le preguntó si había observado atentamente las chimeneas del edificio y si creía posible que, en el pasado, de ellas hubiesen llovido remolachas que se convertían en azúcar e incluso en amor.  Le desveló que ella no daba crédito a semejante ocurrencia, pero que lo había leído en un breve relato y que se lo iba a prestar para que le diese su sincera opinión, porque tenía pinta de listo.  Cuando regresó con el texto, las robustas piernas de aquel retraído muchacho habían huido hasta la calle sin dejar rastro. 

Esa semana, las vio subir y bajar lentamente sin rumbo fijo por las escaleras, buscando la oportunidad de olvidar sinsabores cotidianos y de asimilar rechazos continuos.  Le aguardó entre dos pisos y sin inmutarse por el pequeño susto provocado y el asombro de su mueca, le tendió el último disco de ese grupo nacional que estaba arrasando en todas las cadenas de radio.  Aunque no lo cogió, ella le consultó si esas canciones repetitivas y pegadizas podían considerarse música, si esos ritmos endiablados permitían un baile más o menos aceptable. Y le contó que cuando ella era joven, no en la época de las cavernas porque no hacía tanto, las canciones contaban cosas, te hacían pensar y te conectaban con los demás.  Cuando fue a recogerlo en su sitio, no lo encontró en su mesa y esas manos que no se habían movido antes, se lo habían llevado presurosas a su casa.

Transcurridos unos días, esas rollizas palmas devolvieron las reiteradamente escuchadas melodías y se detuvieron en la portada de una historia que, sin saberlo, le estaba esperando sutilmente colocada.  Ella, sin apartar la vista del ordenador, mientras tecleaba con agilidad datos en los ficheros del programa, empezó a dar detalles sobre el protagonista de esas páginas.  Ese chico que era invisible para sus compañeros, salvo a la hora de hacer bromas, que no entendía lo que estaba sucediendo con su cuerpo, que únicamente quería estar callado o de repente ponerse a gritar y golpear una pared.  Y, sin casi pestañear, confesó que ella también se había sentido así a veces, que había deseado que nadie reparase en su presencia, que había soñado tener el don de desaparecer súbitamente y que, en esas situaciones, le había ayudado infinitamente compartir experiencias similares.  Cuando se asomó al otro lado de la pantalla, faltaban el libro y los dedos que lo habían abierto para hojearlo, esos que sujetaban con fuerza el ejemplar prestado, camino a su desordenada habitación.

En menos de veinticuatro horas, esos carnosos apéndices depositaron el volumen con sigilo y agarraron con firmeza, como un salvavidas en pleno naufragio, las tres obras que aguardaban su turno, escondiendo en sus líneas alivio para su inquietud y remedio para la soledad.  Ella estaba muy cerca y parecía distraída, enderezando lomos torcidos y organizando el retorno de los préstamos a su lugar, atenta a las etiquetas con las coordenadas exactas.  Aún así, en voz baja, casi en un susurro, le hizo partícipe de que su pasión por la literatura le había librado de multitud de pesadillas, le había permitido fantasear despierta y crear una realidad distinta.  Con la voz entrecortada, le reconoció que la imaginación de increíbles autores, plasmada en inolvidables capítulos, le había devuelto la fe y le había mostrado el camino adecuado, incluso hasta su preciado oficio. Cuando se giró hacia su escritorio, la pila había volado detrás de un corazón inexperto que trataba de recuperar su pulso.

Sin cumplir un septenario, ese órgano palpitante entró con decisión en el moderno edificio, encaminándose sin titubeos hacia ese mágico punto de intercambio de títulos y sugerencias reconfortantes. Enseguida se percató de aquel montón de nuevas narraciones que había escogido para él, con una ficha encima para rellenar, un mero trámite para acceder a aventuras inéditas, a vertiginosos párrafos y a finales inesperados.  Un pasaporte imprescindible para viajar, tal y como ella había anticipado, de la mano de otras supervivencias y de otros recuerdos, a una forma diferente de afrontar su propia existencia.  Aunque el chico permaneció alrededor de su zona de trabajo más de lo acostumbrado, ella no apareció y su ausencia le pellizcó dentro, echando de menos el candor de su voz no contestada y el ánimo de su desinteresada charla.  En realidad, no estaba lejos, ya que contemplaba su reacción desde el escondite de aquella primera ocasión, sonriendo.  Cuando pudo salir, puso por fin nombre a ese carácter dolorosamente forjado, a esa inocencia innecesariamente lastimada.

Y ese nombre desapareció durante un mes escaso, el lapso entre unos datos rellenados con mala letra y el cambio evidente en su actitud, marcada ahora por la ilusión del que ha descubierto un tesoro y no quiere desperdiciarlo. Se presentó contento y resuelto, con una alegría desconocida antes en su rostro aún infantil.  Ella se fijó inmediatamente en su compañía y reconoció en el acto al indigente que dormía en el cajero cercano, el mismo al que invitaba a un café caliente y dos churros por las mañanas.  Juntos e incautos se acercaron hasta colocarse frente a ella, fue entonces cuando el chiquillo de enormes proporciones y recién adquirido espíritu inconformista, se atrevió a decirle:

– Le he contado el secreto, ahora tendrás que utilizar tu truco con él.

 

 

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Si no quieres perderte nada, puedes suscribirte y recibir las novedades en tu correo electrónico.

Pon tu dirección