Portada Homenaje a tu silencio Mis Palabras con Letras

Reseña «Homenaje a tu silencio»

Autora: Paloma Caro 

Páginas: 493

Curiosidades

Comienzo la reseña de la novela «Homenaje a tu silencio», haciendo referencia a la entrevista que tuve la oportunidad de hacer a su autora, Paloma Caro.  Entre las doce preguntas, como suele ser habitual, le pedí que me recomendase uno de sus libros y esta fue su respuesta:

«Después de la última, leería la primera: «Mejor no me escribas más». La protagonista es una joven con sentido común que instala un puesto en el mercado de la plaza principal de Orán (Argelia) para dar consejos a cambio de unas monedas o de un pago en especias. Termina convirtiéndose en detective. Hay misterio y diversión»

Por tanto, debía empezar por el principio de su recomendación: tenía que leer su última novela.  Después, espero leer la primera.

Os cuento algo. El título no revela todo su significado desde el principio. Poco a poco va adquiriendo nuevos matices hasta convertirse en una de esas expresiones que entiendes de verdad cuando llegas a la última página.

El libro nos transmite que antes muchas cosas se callaban y hoy prácticamente todo se comparte. Quizá por eso esta historia gira alrededor de silencios, secretos y verdades que han esperado demasiado tiempo para salir a la luz.

Paloma Caro tiene una estrecha relación familiar con el norte de África y eso se nota en la forma en que describe escenarios, ambientes y recuerdos. Hay detalles que solo pueden contarse así cuando forman parte de la propia memoria. Los escenarios del libro no son casuales. Tetuán y Madrid están descritos a través del olfato

La autora ha contado que suele asociar los lugares con sus olores (comida, especias, ropa limpia), el olor de Marruecos le produce una felicidad instantánea. Después de leer el libro se entiende perfectamente lo que ha querido decir. Hay escenas que parecen construidas a partir de sensaciones, recuerdos y pequeños detalles cotidianos que consiguen transportar al lector.

También ha comentado en varias ocasiones que parte de la inspiración de la novela nace de historias escuchadas en su propia familia. No se trata de una autobiografía, por supuesto, pero sí de una obra donde realidad y ficción parecen darse la mano en más de una ocasión.

Caro ha confesado que recurrió a la ficción para rellenar los huecos y pasajes reales de su árbol genealógico que nunca llegó a conocer del todo. El libro se acerca, en cierto modo, a la autoficción, porque se inspira directamente en historias familiares de las mujeres de su entorno. Entrelaza la ficción con recuerdos personales e incógnitas familiares reales que ella misma desconoce.

Gran parte de la atmósfera surge de las charlas susurradas en privado que ella escuchaba durante su infancia. La historia se nutre, por tanto, de forma directa de las vivencias reales de las mujeres cercanas.  Por eso, el libro compara la libertad de la juventud madrileña de Julia en los años 80 y 90 frente a la represión social del Tetuán de los años 50 y 60 que vivió Emma.

Una de las ideas que dio origen a la novela me pareció especialmente bonita: intentar comprender a las generaciones que nos precedieron. A menudo juzgamos decisiones tomadas hace décadas con la mirada del presente, olvidando las circunstancias que rodeaban a quienes tuvieron que vivirlas.

El verdadero homenaje no es al silencio en sí, sino a quienes tuvieron que convivir con él. A esas mujeres que tomaron decisiones difíciles en circunstancias que hoy resultan difíciles de imaginar.

La novela nace, sobre todo, de la necesidad de comprender a las mujeres de generaciones anteriores, especialmente madres y abuelas, más que de juzgarlas. De hecho, ha definido el libro como «un homenaje de comprensión» hacia ellas.

En definitiva, se centra en las razones que llevaron a guardar esos secretos. Principalmente, en aquello que muchas mujeres no pudieron contar, no porque no quisieran, sino porque vivieron en una época en la que hablar tenía consecuencias.

Cuando le preguntan con qué idea se quedaría de la novela, Paloma Caro responde citando una frase del propio libro:

«Después de haber llorado por su penuria, por sus renuncias, por mi incomprensión y por su ausencia, lloré de nuevo, pero esta vez fue de emoción y de agradecimiento»

La estructura y el mensaje de la obra se guían por la máxima de André Malraux: «Si de verdad llegásemos a poder comprender, ya no podríamos juzgar»

Sinopsis

Julia y Emma son hija y madre. Sus juventudes fueron muy diferentes. La primera vivió los años ochenta y noventa de la libertad en Madrid; la segunda, los años cincuenta y sesenta en Tetuán, capital del protectorado de Marruecos: la época de los militares, del “qué dirán” y del matrimonio obligado como solución económica. La primera estudió y trabajó en su ciudad de nacimiento, la segunda fue emigrante, luego se casó y abandonó su profesión de maniquí de alta costura que pudo desempeñar poco tiempo. Julia fue descarada, Emma fue silenciosa. Parece difícil que se comprendieran.

Treinta años después de la muerte de Emma, en una conversación con su tía materna, le es revelado de forma fortuita un secreto familiar que hará temblar el suelo bajo los pies de Julia. La anciana tía sin ser consciente provoca una hecatombe en su vida. ¿Qué pasa si nada era cierto?

Julia reinterpretará la vida de su madre y la suya misma. Y lo hará procurando no juzgar desde las ventajas de su tiempo, desde su cómoda posición, sino deseando entender la época que ella vivió para comprender sus actos y su carácter. Y así, por fin, quererla como siempre se mereció.

La historia de una madre y una hija, y los secretos que no se dijeron.  Paloma Caro: descubre a una gran autora de novela española.

reseña Homenaje a tu Silencio Mis Palabras con Letras

Mi opinión 

Estructura

El libro «Homenaje a tu silencio» se divide en cinco grandes bloques:

  • La revelación. 2018.  De la página 11 a la 23.
  • La historia de Julia (1963-1986), De la página 27 a la 242. Se divide en 15 capítulos.
  • El origen de las preguntas. De la página 243 a la 258.
  • La historia de Emma (1957-1961). De la página 259 a la 462.  Se divide en 12 capítulos.
  • Homenaje a tu silencio.  2018. De la página 463 a la 478.

Esta división permite que la historia avance poco a poco, como si el lector también fuera reconstruyendo una memoria familiar llena de huecos, preguntas y silencios.

Las tres primeras partes están narradas en primera persona y en pasado, mientras que la cuarta introduce un cambio de perspectiva al pasar a la tercera persona. Esta decisión narrativa diferencia muy bien la historia de Julia de la de Emma y refuerza la distancia temporal y emocional entre ambas generaciones.

Por un lado, seguimos la vida de Julia en el Madrid de finales del siglo XX. Por otro, conocemos la juventud de Emma en el Tetuán del Protectorado español. Dos épocas, dos escenarios y dos formas muy distintas de enfrentarse a la vida, aunque unidas por una misma historia familiar.

Los capítulos son relativamente breves y mantienen un ritmo ágil que invita a continuar leyendo.

La novela finaliza con un epílogo, que aporta una última mirada a la historia y ayuda a cerrar el recorrido emocional de sus protagonistas.

La historia

«Homenaje a tu silencio» es, sobre todo, la historia de una relación entre madre e hija. Una relación marcada por los secretos familiares, por aquello que no se dijo a tiempo y por las consecuencias que esos silencios pueden tener durante años.  Y, sin embargo, encontramos memoria, comprensión y segundas oportunidades.

La historia no se queda solo en el conflicto familiar. A través de sus páginas, Paloma Caro nos habla de la necesidad de comprender antes de juzgar, de esas conversaciones que nunca llegan a producirse y de todo aquello que queda atrapado en el silencio de una generación de mujeres que vivió bajo unas normas muy distintas a las actuales.

La novela nos lleva desde el Madrid de finales del siglo XX hasta el Tetuán del Protectorado español, dos escenarios que permiten mostrar formas muy diferentes de entender la libertad, el amor, la maternidad, la familia y el papel de la mujer en la sociedad.

Como os digo, entre sus páginas encontramos relaciones entre madres e hijas, secretos familiares, identidad, memoria, emigración, renuncias, segundas oportunidades y la importancia de mirar el pasado con empatía. También tiene mucho peso la búsqueda de los propios orígenes y la necesidad de entender quiénes son realmente las personas que más influyen en nuestra vida.

Es un libro que invita a mirar a quienes nos precedieron con menos juicio y más comprensión. Porque resulta muy fácil analizar el pasado con los ojos del presente, pero mucho más difícil intentar comprender cómo vivieron quienes tuvieron que tomar determinadas decisiones en otro tiempo y bajo otras circunstancias.

Encontramos además un interesante retrato de la vida en el norte de África durante el Protectorado español. Este escenario  aporta mucha personalidad a la historia y termina convirtiéndose en algo más que un simple telón de fondo.

La novela habla de emigrantes, de mezcla de culturas y de idiomas.  Se menciona el dariya de Marruecos y también algunas palabras francesas vinculadas a los pieds noirs argelinos.  Todo ello ayuda a construir un ambiente muy vivo, lleno de matices y de contrastes.

También aparece el colonialismo y la forma en que cambia la mirada sobre las colonias con el paso del tiempo. Aquello que en un momento se consideraba símbolo de poder y riqueza acaba viéndose después con vergüenza o incomodidad.

«Explica que fueron los indígenas los que bautizaron así a los colonos franceses por tener los pies sucios de labrar la tierra o de andar encima del carbón de los barcos a vapor y no lavárselos varias veces al día para rezar como ellos, que son musulmanes» (página 84)

A partir de esos temas, la obra va incorporando otros aspectos relacionados con la vida cotidiana, la familia y la sociedad de cada época.

Uno de ellos es la moda de los años cincuenta. Aparecen las faldas claras de vuelo, las alpargatas con cintas alrededor de las pantorrillas y también la vida de una maniquí de alta costura antes de casarse. La autora nos explica cómo, en los desfiles de aquella época, las modelos no sonreían y parecían todas enfadadas.

En cuanto al ideal femenino de aquellos años, la novela recuerda que se llevaban las mujeres de estilo exuberante, de carnes generosas y formas marcadas. Son detalles que ayudan a situarnos en una época concreta y a entender cómo se miraba y se juzgaba a las mujeres.  Algo que continúa haciéndose, aunque con distintos cánones

También se reflejan pequeños cambios sociales que hoy pueden parecernos cotidianos, pero que entonces suponían toda una novedad, como la llegada del aparato de televisión:

«Cómo sería que hasta me hicieron una foto delante de él el día que lo desembalaron y lo colocaron sobre mueble alto de rejilla»  (página 28) 

El libro menciona la no existencia del divorcio y las dificultades que esa realidad provocaba en muchas parejas.

«Años más tarde descubriría que no era así, ya que en aquella época no existía el divorcio y tenían la desgracia de no poder formalizar su situación por seguir casados cada uno con su anterior pareja, aunque ya no convivieran con ellas hacía años»  (página 36)

Este detalle permite comprender mejor el peso de unas normas sociales y legales que condicionan por completo la vida sentimental y familiar. Más adelante, también se hace referencia a la posterior ley del divorcio, lo que permite ver el contraste entre dos momentos muy distintos de la sociedad española. También que en 1958 hubo un cambio en la ley, el cese de la convivencia se llama «divorcio», no siéndolo en absoluto.  La modificación es para actualizar y sustituir aquella palabra por «separación personal». El matrimonio debe ser para siempre.  

Otro tema presente es la convivencia familiar, no siempre sencilla. La mala relación con la familia política, las tensiones entre cuñadas y la competencia por ocupar determinados lugares dentro de la casa muestran hasta qué punto el ambiente familiar puede volverse incómodo y opresivo.

«Supongo que ya había pensado que mi tía le había usurpado el papel de ama de su casa, pero entonces pensó que lo hacía con un papel más importante: el de madre» (página 55)

Hasta una niña es capaz de notar esa tirantez, ese ambiente enrarecido y esa educación cada vez más fría entre unas mujeres obligadas a convivir bajo el mismo techo.

La obra también aborda temas más duros, como el mal carácter de un padre marcado por el alcohol, sus enfados, su ira, sus gritos y desprecios. A través de estas situaciones y de otras aparecen distintas formas de maltrato y sus consecuencias dentro de la familia o en una relación entre novios.

También está presente el dolor inmenso y desgarrador de una madre por la pérdida de un hijo, uno de esos sufrimientos que atraviesan la historia y dejan una huella difícil de borrar.

Otro momento significativo es el abandono de la niñez con la llegada de la menstruación, vivida no sólo como un cambio físico, sino también como una forma brusca de entrada en el mundo adulto:

«Me dio unos paños de felpa blancos y se dedicó a presumir de que ya era una mujer ante la madre, hermanas y abuela de mi amiga, y lo que me pareció realmente extraño fue que también lo hizo ante mi padre y los hombres de esa misma familia» (página 120)

La escena refleja muy bien cómo determinados cambios eran expuestos y comentados desde una mirada que hoy puede resultar incómoda, pero que ayuda a entender la mentalidad de otra época.

La historia también se detiene en los peligros del bingo. La autora describe un inmenso garito que huele a colillas viejas, a whisky malo y a moqueta sucia, de esas que ya no se pueden limpiar. A través de este ambiente vemos cómo la adicción puede llevar a cometer irregularidades, perder un trabajo y afectar a toda una familia.

Se hace referencia, además, a la aparición de la píldora, que se popularizó a pesar de que la divulgación de información sobre ella fue delito en España hasta 1978. En 1977 se vendieron dos millones de cajas en nuestro país.

La presencia de este detalle sirve para mostrar una época de transformación, en la que la libertad femenina empezaba a abrirse paso, aunque todavía rodeada de prejuicios, silencios y contradicciones.

La novela aborda también los embarazos no deseados y las dificultades de una madre soltera, las guarderías que aceptan a hijos de madres solteras o las pocas revisiones que se hacen en aquel momento las mujeres que esperan un hijo.

«De hecho, solamente lo hacían tres o cuatro veces las mujeres cuyos maridos pagaban igualas a los médicos o las que realmente se encontraban mal» (página 417)

Y la complicación del amor cuando intervienen las diferencias de clase social.

Son temas que amplían el retrato de una sociedad en la que las decisiones personales estaban muchas veces condicionadas por el entorno, la familia, la moral y las apariencias.

También aparecen las diferencias entre el amor juvenil y el amor maduro, así como los achaques de los ancianos, detalles que aportan un enfoque más amplio sobre las distintas etapas de la vida.

En conjunto, «Homenaje a tu silencio» es un libro que habla de las heridas familiares, de los secretos que pesan durante años y de la necesidad de mirar hacia atrás para comprender mejor el presente. Una historia donde lo íntimo y lo histórico se entrelazan, y donde cada silencio acaba teniendo un significado.

Los personajes

Dalia es la hermana de Emma y tía de Julia, con quien comparte el día y el mes de nacimiento, aunque con veinte años de diferencia.  Anciana, tiene una grave afección de corazón. Recuerda a su hermana en el acento, en ese mezclar idiomas de emigrantes. De joven es atrevida. Su primer trabajo es de aprendiza de costurera en una fábrica textil. Tiene pelo corto, los ojos claros, carrillos rosados y sonrisa tierna. Es observadora y despierta, pero, sobre todo, buena. Sus gestos son exagerados y la expresión de sus ojos azules es risueña. Es alegre, resuelta y atrevida ante cualquier situación.

Marie es la abuela de Julia, la madre de Emma y Dalia. Enseña a sus hijos reglas de urbanidad.  Una francesa guapa a la que su familia da la espalda cuando se casa. Se enamora del menos indicado, un novio apuesto, pero vulgar y sin sensibilidad, al que ama por las diferencias. Es inteligente.

Emma es la madre de Julia. Es guapa y elegante, llama la atención donde va. Es bondadosa y discreta. Hay algo único en ella, ese encanto y esa fascinación que no proceden solo del aspecto, sino de un je ne sais quoi inexplicable, que no se puede aprender o adquirir a ningún precio. Se nace con él.  Su primer trabajo es a los catorce años en una peluquería de Tetuán. Siempre es considerada la chica más guapa. Su estilo no es exuberante, es escueto, elegante y alargado.  Alta y de poco peso, las curvas se le agudizan o suavizan sin hipérboles. Esta delicadeza de líneas la dota de una levedad que es confirmada definitivamente cuando uno se mira en sus inolvidables ojos verdes.

Siempre obedece, es de carácter fácil y amable. No contesta ni mal ni bien, habla poco. Con quince años se disfraza de señora importante. Quiere ser una condesa con palacio. Es encantadora y callada.

Después trabaja de maniquí de alta costura antes de casarse. Es comedida y callada, a pesar de su aspecto de duquesa, nunca sabe de protocolos. Cocina los platos de origen francés de su madre, con influencia magrebí.

Julia es la hija de Emma y sobrina de Dalia. Recuerda a su madre, en los movimientos, en algunos gestos.  También tiene una elegancia innata, aunque diferente. Es charlatana, se entretiene con los adultos. Lleva el nomadismo y la emigración en la sangre. Tiene un carácter vividor, impaciente, espontáneo, y unos modales descontrolados.

Salvador es el padre de Julia. Tiene una boca de labios finos, con los dientes descolocados, una nariz ganchuda y unas importantes orejas. Su cuerpo es largo y escueto. Se humedece los rizos negros con colonia para tratar de domarlos.  Siempre es más flaco y más alto que cualquiera, con el pelo negro espumado por la edad y ondulado como las olas de su ciudad natal, Vilagarcía de Arousa. Su hablar es dulce y meloso. Se quita de los labios las virutas del tabaco rubio sin filtro con los dedos, después cada calada.

Es de buen carácter, relajado en las formas y de buen comer.

Claudia es la hermana pequeña de Julia.  Son muy distintas, ella es morena y con el pelo rizado. Cuando nace, la mayor tiene nueve años. De niña, es morena, preciosa y de aspecto agitanado. Lleva siempre la boca sucia.  Los churretes son permanentes y llora con desconsuelo cuando le frotan la cara para limpiarla. Sigue a su hermana a cualquier parte.  Le gusta el agua, tanto bebida, como para bañarse en ella.  Es inapetente y perezosa para masticar.

Santiago Peñalver es el padrino de Julia.  Tiene una sastrería situada en un edificio de una calle importante.  Es un sastre, conocido por su destreza en un tipo de patronaje masculino que logra estilizar a los hombres.  Trabaja también esporádicamente ayudando a confeccionar abrigos y trajes de chaqueta femeninos para algún modisto conocido de alta costura.  Es un hombre hermético, que sonríe raramente, y esquinado como los detectives de las películas y cuya vida es una incógnita.

Elisa es la madrina de Julia. Es la encargada del taller y jefa de las modistas.  Es una chica educada, que va a desayunar a la cafetería de ventanales rectangulares.  Se encuentra en una situación poco común, ya que su marido la ha abandonado con un hijo de ocho años para irse con otra.  Ha dejado el domicilio conyugal sin dar explicaciones y sin que se sepa su paradero, por lo que, no se hace cargo de ningún gasto.  Es una casada sin marido que no ha podido firmar ningún papel en ningún tribunal eclesiástico ni civil.

Los Freeman son los vecinos del piso arriba.  Una familia altísima, corpulenta y sonriente.

Las tías paternas de Julia. Una es joven, atractiva y viuda, aunque ha dejado de serlo. Lleva siempre una pulsera de monedas de oro tintineantes.  La otra es feúcha, altiva y desconfiada, arisca y distante.

La Chinita es la primera amiga del colegio de Julia.  Es una niña delgada, pecosa y con ojos achinados.  Las dos madres también se hacen íntimas.

Antonio es hermano de Emma y tío de Julia, que lo conoce siendo niña. De joven, se erige en el segundo cabeza de familia, un tipo tozudo, vehemente y corpulento al que le dan trabajos esporádicos en un taller mecánico cuando hay faena de más.  Nunca se ha movido de Tetuán, tiene mal carácter. Está gordo y calvo, fofo y apocado. Es el siervo y preferido de su padre, lo imita siempre en lo malo.

Juana es la hermana mayor de Emma.  Vive en Ceuta y tiene ojos oscuros como espantados, grandes.  Siempre es capaz de encontrar alguna razón para desconfiar de lo que le cuentan. Es suspicaz por naturaleza, una persona rara, que se casa con el primero que se lo pide.

Jean es el hermano de maman, viene de Orán para huir de la guerra de la Independencia, aunque vuelve a Argelia cuando le viene en gana. Se instala en casa definitivamente sin pedir permiso a nadie.  No habla bien español y está muy viejo. Es muy raro de carácter, ni sonríe, ni se enfada, es inalterable, un sieso.

Diego es hermano de Emma.  Es cariñoso con las mujeres de la casa y alegre. De natural elegante, ojos tiernos y capacidad de emocionarse ante cualquier manifestación de belleza.  De natural simpatía y buen aspecto, trabaja de comisionista en un chamizo del Ensanche y se le da muy bien la venta de billetes de tren y de barco. No quiere vivir en Tetuán, porque dice que no tiene nada que ver con ese lugar anticuado y con su gente.  Vive en Niza, Francia. Se ha vuelto raro también.  Tiene buen aspecto y habla bien francés.

El padre de Emma tiene muy mal carácter. Sus hijos varones son más altos y corpulentos que él, pero su carácter, el uniforme y la apostura le imprimen una autoridad en la que familia que no se discute. Ya mayor es un viejo de ojos inquisidores que te traspasan, un soldado de porte castrense que remarca con gestos bruscos de sus dedos ásperos de soga de esparto. Tiene el hígado destrozado del vino peleón bebido en las cantinas de los cuarteles y en las casas de puertas rojas.

Gordita es otra amiga del colegio de Julia.

«Paul Newman» es un primer noviete de Julia.  Altísimo y fuerte, con ojos claros. Vive cerca y trabaja de albañil.

Sor Inmaculada es la profesora de Historia del Arte y Literatura.  Lleva unas gafas marrones gigantescas y una eterna sonrisa.

«Ingeniero» es otro novio de Julia.  Un joven muy bajito que se mueve sin cesar y salta sin descanso. Corre maratones y posee unas piernas musculosas que no parecen corresponderle ni pertenecerle: de cintura para arriba es tan delgado que resulta enclenque.  Es conservador y previsor, originario de una pequeña ciudad castellana. Su generosidad, por lo demás, escasa, siempre debe ser agradecida.

«Infiltrado» es otro novioPolicía, con una vida llena de secretos.  Es delicado de facciones y de ojos claros, gana buen sueldo y promete subir en el escalafón. Comienzan a vivir días de vino y rosas, de alcohol, pasión y lujo. Es celoso.

«Hidalgo» es el sirviente enamorado con pinta de hippy de una amiga de Julia. Su sentido del humor es ácido y sus frases, a menudo, con doble sentido. Es elocuente y distinto a los demás.  No quiere caer en las temibles redes del capitalismo y huye del trabajo convencional que, según él, te enreda en una madeja de la que no puedes salir. Es la oveja negra de una familia acomodada y culta, y heredero de una parte del patrimonio de su abuela, que le va a permitir sobrevivir toda su vida sin trabajar.

«Manzanita» es un bebé.

«Francés» es un profesional, sofisticado, liberal y acomodado, que ha vivido muchos años en Francia. Es tierno y protector.

«Marido» es un compañero de profesión de Julia.  Es inteligente, un hombre bueno y cabal, que combina una palabra cariñosa con un taco.

Aysha es la fatma, una adolescente que trabaja en una casa a cambio de comida y algunas monedas.

Darío Álvarez de los Infantes es un joven militar que acostumbra a vestir de paisano y rara vez de uniforme. No es alto ni especialmente guapo, es de familia ilustre y acomodada, sin llegar a ser millonario. Con treinta años, domina un par de idiomas y es licenciado en una carrera de letras. Cumple las milicias universitarias de sargento y llegará a alférez antes de terminar el servicio militar. Tiene un Bentley negro y es un descarado que tontea con muchas para no quedarse con ninguna. Habla con voz profunda y acento extraño, mezcla de idiomas de países y regiones.

Es un hombre muy distinguido, con el pelo abundante castaño rojizo, la mandíbula cuadrada y el labio inferior grueso.

Ahmed es un niño marroquí desgreñado y descalzo, pero habla con educación y apostura.

Juan es un pescador canario, originario de un minúsculo pueblo de pescadores de Tenerife llamado Tajao. Es discreto y silencioso.

Otro amigo es un oficial sevillano de aspecto aristocrático.

Julia es la hermana pequeña de Darío.  No es guapa, pero viste elegantemente y tiene ese aspecto que solamente consiguen tener los que confían a ojos cerrados en que su futuro va a ser grato y seguro.  Lee literatura con mayúsculas y toca el piano de verdad.

Pilar es una maniquí, morena y guapa, una mujer inteligente, fuerte y reivindicativa, que corta de raíz los comentarios y los rumores de otras chicas.

Los lugares

La trama se desarrolla, principalmente en Tetuán y en Madrid. Dos espacios muy distintos, pero fundamentales para entender la historia, los recuerdos familiares y las distintas formas de vivir de sus personajes.

Con Tetuán, nuestro primer contacto en la novela es través de una fotografía:

«Detrás de ellas, unos cuantos hombres ceñudos con chilaba conversaban sentados en un café para arreglar el mundo, y justo delante un par de mujeres con sus takchitas se apresuraban con una cesta de verduras para alimentarlo» (página 15)

Desde ese primer momento, Tetuán aparece como un lugar lleno de vida, de movimiento, de olores y de colores. Se habla de cardamomo, azafrán, comino, cilantro, cúrcuma, canela, pimienta o clavo, de mezclas infinitas de especias que convierten un guiso en miles.  También de tajines especiados y del regateo, obligatorio.

Y visitamos el Ensanche; la nueva Melah, el barrio judío construido un siglo antes-; la Medina, con sus tiendas de maravillosas sedas de colores, el olor a especias, el jabón negro, la jena con manzanilla de la perfumería de la calle Attarin, el cuero de miles de colores, el jazmín y el sándalo; Río Martín; Cabo Negro; la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria; la plaza Feddan; el Círculo Recreativo; plaza de España; calle Luneta; el Museo Arqueológico; Hotel Dersa; calle Cisneros; aeródromo de Sania Ramel; el merendero del arroyo de Zarka; la playa, un privilegio; la celebración del Día del Agua; la fábrica de Larache.

Dentro de Tetuán tiene especial importancia la casa familiar, con la cortina de ristras de cristales de colores en la entrada. Es siempre caótica, el patio está repleto de plantas desordenadas que crecen en grandes latas de conserva hasta que no caben.  Disponen también de una terraza a la que se sube de escorzo y encorvado, por el pequeño tamaño de las escaleras. Está situada en el barrio de la Sueca Baja, en la calle Caalhaja.

Tiene las paredes desconchadas y un suelo de losetas rotas o agrietadas, imposibles de limpiar, que dejan ver debajo el cemento desmenuzado y la tierra oscura.

El libro también nos muestra a los niños que corren descalzos por la calle riendo y jugando, con las caras sucias y el pelo enredado; que sonriendo con picardía, roban un higo en un puesto de aquí y un dátil de otro de allá, soportando las consiguiente reprimendas de los propietarios. En ese ambiente, todos los abuelos vigilan y educan.

Junto con los personajes, compramos un monedero rojo en el bolsillo, un caftán de algodón blanco precioso y unas babuchas rojas de Sherezade.  Comemos briwats de almendra, cuernos de gacela y nidos de pistacho, o baghrir, las crepes de los mil agujeros, con mermelada.

La otra gran protagonista es MadridAllí pasamos por el Casino; el Retiro, el cine Imperial de la Gran Vía; el gran almacén de mercería Pontejos; el Hotel Palace; calle María de Molina; la base aérea de Torrejón; el Florida Park;  calle Alcalá; el cine Imperial; Palacio Real; restaurante Lhardy; el Lorena; bar Los Caracoles; calle Federico Rubio; el reloj de la Puerta del Sol; la Ciudad Universitaria; Clínica de la Concepción; la iglesia de los Jerónimos, la calle Sevilla; estación de Atocha; calle Arenal, 24; la plaza de la Ópera; pensión Burgos; iglesia de los Jerónimos; la Gran Vía; calle Alcalá; sastrería de Santiago Peñalver; la Sierra; el Hospital de la Beneficencia y la puerta de Torrijos; el Viso; calle Hermosilla; la calle de la Cruz, bar El Portugués; el Sol y Sombra; Pasapoga; calle Raimundo Fernández Villaverde; la Taberna Antonio Sánchez; San Ginés.

Se nos cuenta como, en los años sesenta, si no miras, te sisan en las tiendas un poco de cada producto.

Pasamos por Ceuta.  En el puerto, la mayoría de la gente camina deprisa con destino y horario establecidos, como si fuesen a alguna parte, mientras otros deambulan en busca de incautos para engañifas y camelos.

Aparece el barrio de San José o Hadú, lo llaman así por ser el nombre de una mujer que ha vivido en un serrallo de esa zona y al que toda Ceuta acude a comprar huevos.

Otro lugar importante es la internacional Tánger.

Y, en otro momento posterior, la novela nos lleva por la azul Chaouen; Marrakech, la roja; la ciudad de Ouarzazate; la Puerta del Desierto, con su alcazaba y sus casas bereberes de adobe; y el desierto del Sáhara, Merzouga, cerca de la frontera con Argelia.

También aparece el maravilloso color del mar mestizo, mezcla de Mediterráneo y Atlántico. Y, de nuevo, la ciudad de Tánger, que habita en África mirando a Europa.  Los gritos de los niños por sus calles, el regateo de la fruta y del pescado, las risas de los viejos desdentados que no se tapan la boca con la mano, la playa de Malabata.

La obra también nos lleva hasta Las Terrenas en Samaná, la zona más francesa de la República Dominicana, un vergel lleno de orquídeas, a las que acuden los colibrís, de plantas carnosas de colores vivos y de palmeras altas. El restaurante La Terrasse, El Mosquito.

En conjunto, los lugares de «Homenaje a tu silencio» no funcionan solo como escenarios. Son parte de la memoria de los personajes, ayudan a construir una historia atravesada por la emigración, los recuerdos, las raíces familiares y esa mezcla de culturas que impregna todas las páginas.

Se mencionan París, Madrid, Torrejón; Ceuta; Algeciras; Orán; Huelva; Roda de Bará en Tarragona; Las Terrenas en Samaná, la zona más francesa de la República Dominicana; Montpellier; Sevilla; la zona de Sefrú, cerca de Fez; Tenerife; Suiza; Biarritz; Roma; Avilés; Linares.

Referencias 

Hechos históricos:

  • La declaración de la independencia de Marruecos; independencia argelina; la muerte de Franco en 1975; la ley del divorcio; guerra civil española; fin del Protectorado de Francia en 1956: exilio de Ben Yusef a Madagascar; Tratado de Fez.

Personajes históricos:

  • El emperador Augusto; Nerón; Fabiola de Bélgica; Fernández Ordóñez; Eva Perón; Jackie Kennedy; sultán Ben Yusef; Julia Augusta; la dinastía Ming.

Entidades, organismos, ejércitos o instituciones:

  • La Escuela de Comercio -después la de Ciencias Económicas-; el Instituto Nacional de la Vivienda; Hacienda pública; Casa de Socorro; Consulta de Puerperio; la Banca; Fuerzas Aéreas españolas; Intendencia; el Gobierno de Madrid; Alto Comisariado Español; Gobierno Militar; Banco Hispano; Registro Civil.

Cine:

  • Laura, de Preminger; El tercer hombre, de Reed y Welles; Gilda; películas de Disney; La bella durmiente; José Luis López Vázquez; Grace Kelly; Paul Newman; Sofía Loren; Adiós, cigüeña, adiós; El exorcista; las Tortugas Ninja; el NO-DO; Cary Grant; Ava Gardner; Philip Marlowe; Hitchcock.

Caramelos:

  • Sugus.

Radio: 

  • La Señorita Francis.

Moda:

  • Pertegaz; Pedro Rodríguez; Asunción Bastida; Chanel; Dior; Louis Vuitton; Pedro Rodríguez, modisto valenciano; tela príncipe de Gales.

Embutido:

  • Chorizo de Cantimpalos.

Comercio:

  • El Corte Inglés; Galerías Preciados.

Literatura:

  • Las mil y una noches; Julio Verne; Stevenson; Emily Brontë; Jane Austen; novelas de Fred Vargas o de Camilleri.

Vajillas:

  • Duralex.

Tebeos:

  • Mortadelo y Filemón.

Perfumes:

  • Álvarez Gómez.

Autobús:

  • La Valenciana.

Postres:

  • Flan Chino Mandarín.

Inversión:

  • «Matildes», acciones de una ampliación de capital de Telefónica que se anunciaron en 1967.

Documentos:

  • Libro de Familia.

Vehículos:

  • Renault 8; un Bentley negro.

Jabón:

  • Heno de Pravia; Magno.

Revistas y periódicos:

  • Telva; ¡Hola!; Tiempo Nuevo; Súper Pop; Blanco y Negro; el Abc.

Cigarrillos:

  • Rex; Chester.

Las tres parcas:

  • Cloto, Láquesis y Átropos.

Manual:

  • Anatomía de Gray de 1858.

Música:

  • Eres tú de Mocedades.

Enfermedad:

  • Fiebre de Malta.

Libros:

  • Círculo de Lectores.

Biología:

  • Jonas Frisen.

Lotería:

  • Doña Manolita.

Baile:

  • Comte et Comtesse de Beaumont, Bals au Château de Corbeville.

Hoteles:

  • Ritz; George V; Palace.

Peluquería:

  • Tupé «Arriba España»; cardado Jackie Kennedy; un flequillo, une petite frange.

Pintura:

  • Valdés Leal; Murillo.

Cómics:

  • Cómics románticos y de vestidos de Florita.

Bebidas:

  • Pepsi Cola; Mirinda.

Jabón de lavar:

  • Lagarto; escamas Viker.

Chóferes de Madrid:

  • Los «mecánicos».

Leche en polvo:

  • Pelargón.

Peluquería:

  • Hemanos Blanco.

Toreros:

  • Manolete.

En resumen… «Homenaje a tu silencio»

Descubrí este libro gracias a la entrevista que tuve la oportunidad de hacerle a Paloma Caro aquí mismo en el blog. Lo primero que llamó mi atención fue la maravillosa historia de inspiración personal que hay detrás de su escritura. Saber que la autora se inspiró en los recuerdos y silencios de las mujeres de su propia familia despertó de inmediato mi curiosidad como lectora.

Poco a poco, me fui adentrando en las vidas de Julia y Emma, lentamente al principio y con mucho más interés conforme iban pasando los capítulos. Me ha parecido un extraordinario ejercicio de empatía. Me ha gustado mucho cómo la novela nos invita a mirar a nuestras madres y abuelas con unos ojos más generosos, dejando a un lado el juicio fácil desde nuestro presente para intentar comprender las rígidas costuras de la época en la que a ellas les tocó vivir.

Ese ejercicio de comprensión nos acaba llegando a todos antes o después. Y, ya os lo avanzo, duele, duele muchísimo. Suele ser en una etapa de madurez de nuestra existencia, cuando caminamos hacia un futuro más a corto plazo; a veces cuando nos faltan y el vacío nos obliga a recomponer sus recuerdos, y otras cuando empezamos a sentir que se hacen mayores y comenzamos a extrañarlos, aunque todavía nos acompañen, porque ya no es igual.

Es en ese momento cuando su verdadera esencia parece escaparse entre los achaques cotidianos y esa entrañable -y, en ocasiones, insoportable- actitud de niños que, con el tiempo, suele acompañarlos, transformando nuestro rol de hijos en el de cuidadores de sus silencios.

Probablemente por ese motivo, me ha enternecido el principio de la novela, en el que se nos muestra su relación con la tía anciana:

«El tono ingenuo de mi tía y su pudor de anciana para hablar de ciertos temas o para criticar a alguien me enternecían y me alegraban el día» (página 12)

La tía, con la edad, reconoce que la discreción se le ha esfumado a la misma velocidad que la preocupación por lo que piensen los demás.

Pronto, en las páginas iniciales, nos topamos con un secreto familiar muy importante.  Y vemos cómo describe la protagonista a su madre.

«Me resultó difícil localizarlo, ya que mi madre había sido siempre impenetrable y había insistido en que la indagación en el pasado y en el presente de los demás debía considerarse una indiscreción imperdonable» (página 17)

Con un gesto, que ambas entendían, le impedía preguntar a la gente sobre su vida, antes incluso de que ella misma se diera cuenta de sus intenciones.  Es de esa generación en la que los sucesos no existían si no se aludía a ellos, e incluso, habiéndolos mencionado, dejaban de existir si nadie los repetía nunca más.

Y es que, un secreto puede hacer que los cimientos sobre los que se ha construido una vida, se vengan abajo.

«Que todos los hechos que manejé, que sufrí y que finalmente acepté durante décadas fueran mentira, o al menos tuvieran otra interpretación» (página 21)

Eso puede dar lugar a reacciones en la propia persona y en los que la aman.  De repente tu pasado no ha sido el que creías y el futuro parece que tampoco va a ser el previsto.

A raíz de esa situación, se plantea el egoísmo de una hija, de los hijos, en general.

«Nos habíamos perdonado sin habernos comprendido previamente» (página 22)

Ese egoísmo, me lleva al tema central de la novela, esa relación entre madre e hija.  Una relación que pasa por todo tipo de etapas, de sentimientos, de contradicciones.  Nunca es fácil, pero me quedo con que siempre, o casi siempre, el amor existe y, aunque le cueste, termina por salir a flote.  Dos épocas, dos mundos, dos tipos de familias.

Son dos mujeres diferentes, ninguna es perfecta.  La autora construye personajes humanos, con defectos y virtudes, con contradicciones y aristas, como sucede realmente en la vida.

Emma esconde un importante secreto, que influye en sus decisiones, en su forma de entender la vida y, sobre todo, en la manera de educar a su hija.  ¿Por qué nos empeñamos las madres en que nuestras hijas no repitan nuestros errores?  Ella vive una importante renuncia, en concreto a su profesión de maniquí de alta costura cuando se casa.  Una dedicación que le encantaba y de la que sigue guardando gestos, posturas, comportamientos.

Por una extraña razón, los hijos solemos creer de forma egoísta que la vida de nuestros padres comienza el día en que nosotros nacemos. Probablemente se debe a la inmadurez de la juventud, casi todos pensamos en esa etapa que la existencia de nuestro padres es aburrida, nada apasionante, y que nosotros no vamos a seguir sus pasos, que vamos a dejarnos llevar, que no nos va a arrastrar lo cotidiano, lo previsible, lo establecido.  

La idea que tenemos de nuestros padres va cambiando con los años, lo mismo les sucede a nuestros hijos.

Al principio, les obedecemos sin encontrar la manera de no hacerlo, intentando ser lo que esperan que seamos sin saber realmente cómo lograrlo. Ellos tienen una lista de lo que no debemos ser y otra de lo que debemos ser. Y es ahí, en mitad de esas expectativas heredadas, donde la autora nos empuja a mirar a esos padres despojados de su armadura de guías infalibles, descubriéndolos tan reales, vulnerables y humanos como nosotros mismos. Y no es sencillo, porque nos invita a comprender y abrazar esos silencios que guardan para protegernos o, tal vez, para protegerse a sí mismos.

«Con el paso de los años, concluí que le presuponía siempre al prójimo la querencia a lo incorrecto; tanto era así que contaba con un catálogo de faltas posibles» (páginas 122 y 123)

Es curioso cómo vamos descubriendo que son de carne y hueso, que cometen errores, que no son infalibles, que no han cumplido sus sueños.  Pero también que han renunciado, que sufren, que no son más que una especie de náufragos intentando salvarse a sí mismos mientras nos salvan a nosotros. Detrás de la figura mítica del padre o de la madre, el libro nos desvela a personas rotas, con miedos latentes y heridas invisibles que el tiempo no siempre logra sanar.

Esa evolución que todos vivimos en relación con nuestros progenitores, se describe muy bien en el libro.  Vemos esa transformación en Julia.  De niña siente fascinación por su madre, pero eso va cambiando cuando va creciendo.  A medida que los años avanzan, esa mirada idílica de la infancia se agrieta para dar paso a la cruda realidad del adulto. Es fascinante y doloroso a la vez ver cómo Julia empieza a descifrar las aristas de su madre, dándose cuenta de que madurar significa, precisamente, aprender a mirar a quienes nos dieron la vida sin juzgarlos, aceptando sus sombras y la herencia de sus silencios.

Poco a poco, Julia empieza a preguntarse el porqué de que su madre sea tan diferente a las madres de sus amigas: amas de casa relajadas y amistosas, razonablemente contentas con quienes son y lo que son, satisfechas de cuidar a los suyos y cotidianamente de buen humor.

Y nos habla de esas madres, con delantales de flores chillonas, salpicados de manchas ya imposibles de quitar, que, sonrientes, ponen un plato más sobre el hule gastado de la mesa.

«Esa mujer que al verme entrar por sorpresa no cambiaba el sitio donde se sentaban a diario para trasladarse al comedor de los domingos, ni retiraba los platos descascarillados en los bordes; esa madre que freía huevos con patatas para completar la comida mientras, relajadamente,  hacía preguntas sin intención de fiscalizar» (página 125)

Simplemente, esas madres te hacen sentir a gusto. A Julia le asfixia la rigidez de su propio hogar, ese encorsetamiento invisible pero implacable. Mientras las otras madres irradian una felicidad sencilla, ella sigue admirando a la suya con una devoción casi dolorosa, ansiando su sonrisa como el agua en mitad del desierto.

Frente a ese control férreo, Julia vibra en una sintonía diferente, guiada por la espontaneidad y la intuición. Quizá por eso encuentra el refugio perfecto en su padre: un hombre fino y de buena cuna, pero poseedor de una cercanía cálida, de gestos relajados y ademanes limpios. A Julia, que es pura exuberancia de carácter, le ahoga la distancia impuesta por las normas maternas.

Es entonces, al cumplir los catorce años, cuando aprende el arte de desobedecer. Comienza a mentir sin freno, no por malicia, sino como un instinto de supervivencia, descubriendo casi sin querer que la compasión y la bondad pueden convertirse en el arma más sutil contra el silencio de su madre.

A partir de ahí, asistimos a sus primeras relaciones, a esas inevitables mentiras piadosas y a los reproches maternos. Crece en Julia una honda hostilidad hacia la rigidez y la obsesión por la perfección de su madre, aprendiendo a esquivar esa mirada amenazadora que tantos hijos reconocemos de inmediato.

Paloma Caro retrata de forma magistral la tensión de ese ambiente a través de pasajes tan revelador como este:

«Al llegar a casa comenzó lo peor: el silencio, que, aunque pudiera parecer tranquilizador, era a la larga más dañino. Si profería insultos o quejas, terminaba digiriendo y olvidando, pero si lo rumiaba en silencio, la digestión del rencor no terminaba y las consecuencias eran imprevisibles» (página 140)

En un entorno donde el mundo exterior está cambiando a pasos agigantados, la adolescente transita por una dolorosa dualidad. Al mismo tiempo que rechaza el control, añora desesperadamente la calidez de su madre: su mirada de orgullo, sus caricias suaves y esas charlas compartidas. Es una búsqueda constante, un intento casi instintivo de acercarse a ella para rescatar del olvido esos pequeños destellos de amor.

Sin embargo, a medida que Julia crece, lo hace también la distancia que las separa; la relación se vuelve cada vez más rígida y fría. Los silencios van sustituyendo a las disputas hasta convertirse en un muro infranqueable. Y, cuando las peleas estallan, el remordimiento las invade a las dos:

«Me dolía la conciencia, quería decirle que no había sido para dañarla, quería abrazarla para disculparme por mi crueldad. Decirle que a mí todo aquello no me importaba en absoluto» (página 182)

Pero lo cierto es que, a veces, una discusión, una sola frase o una sola mirada en un día cualquiera bastan para cambiar para siempre la convivencia en un hogar. Es así como las personas, compartiendo el mismo techo, comienzan a distanciarse de forma irremediable. Ante ese abismo, la madre intenta forzar una alegría artificial, un esfuerzo desesperado por retener a los suyos a su lado que, paradójicamente, causa el efecto contrario.

La propia novela lo describe de un modo muy elocuente:

«El esfuerzo era tal que nos apenaba mucho más, aumentándonos la urgencia de la huida» (página 188)

En esa compleja relación, las treguas solo llegan cuando la adversidad golpea, ocurriendo siempre que Julia se enfrenta a una circunstancia difícil o a un problema grave. Fuera de esos momentos, la joven percibe la existencia de su madre como un transitar aburrido y sin emociones; una rutina desprovista de grandes emociones o experiencias, sin pasiones desbordantes ni odios profundos. Una vida tan monótona y tediosa que ni a la propia madre parece satisfacerla jamás.

Julia, en cambio, alimentada desde la infancia por libros de aventuras y hazañas heroicas, necesita el latido del mundo. Ansía vivir en lugares exóticos, hablar idiomas diferentes y rodearse de personas a las que amar, temer o que, al menos, le aceleren el pulso. Como bien apunta el texto:

«Necesitaba como el respirar el riesgo de lo desconocido y estaba dispuesta a pagar el precio de la incomodidad, de la sed o del hambre» (página 218)

A pesar de esa distancia insalvable en sus formas de entender el mundo, el vínculo permanece intacto. Invariablemente, ambas terminan difuminando las palabras duras y los enojos del pasado, demostrando que, bajo las capas de reproches, el amor siempre encuentra la manera de prevalecer.

En realidad, es el choque entre dos mundos. Por un lado, la opresión del Protectorado español en Tetuán, marcado por los militares, la rígida moral y el asfixiante «qué dirán». Por el otro, la explosión de libertades de la España de finales del siglo XX.

Emma se ve obligada a renunciar a su única forma de libertad: el oficio de maniquí, que representa en el texto ese anhelo de belleza y libertad que París o Madrid prometen.  En este punto, la moda actúa como un espejo del estatus y de la sumisión de la mujer de la época.

Y, cuando las cosas se complican de verdad, llega el arrepentimiento de la hija, el dolor por no haberse portado bien, por haberla disgustado y decepcionado, por no haberla cuidado ni querido como merece.  Toca asumir la parte de responsabilidad y la culpa se acumula en el espíritu, un peso del que no puedes librarte.  Descubre entonces que no queda tiempo para las disculpas y los perdones.  Al mismo tiempo, la madre se despoja de las normas y de las opiniones de los otros, aflora su sentido del humor y su verdadero carácter

Apremia la necesidad urgente de acumular sus sonrisas, su olor, el tacto de la piel fina de sus manos y la mirada de sus perdurables ojos, porque tiene la sensación de haberlos perdido durante demasiado tiempo.

«La quise como nunca la había querido, como si todo el amor que no nos habíamos demostrado se hubiera almacenado en un sótno que hubiera permanecido cerrado toda la vida y que ahora abríamos para desempolvarlo; sonriéndonos y tocándonos» (página 241) 

En la primera parte de la novela, mientras acompañamos a Julia en su infancia y adolescencia, me he encontrado con muchísimos recuerdos que también forman parte de mi propia memoria. Es curioso cómo ciertos detalles aparentemente pequeños son capaces de devolvernos una época entera.

La comida a una hora concreta para ver las noticias, las bolas de carne, esa habitación de los padres que parecía un territorio reservado para los adultos o aquellos caramelos Sugus que todos recordamos. También esa imagen de la madre fregando el suelo con estropajo y bayeta, arrodillada sobre una vieja almohadilla de gomaespuma, una escena cotidiana que hoy parece pertenecer a otro tiempo.

Y, por supuesto, esos pequeños actos de rebeldía infantil. Como el juego de maquillarse a escondidas, convencidas de que unas sombras de ojos podían transformar por completo nuestra mirada, hasta que llegaba el momento de descubrir el desastre y enfrentarse al enfado monumental de las madres.

» A continuación, nos aplicamos las sombras azul y verde exclusivamente, por considerarlas necesarias para que nuestras pupilas pasaran mágicamente a tener esos colores y no otros» (página 61)

También aparecen esos objetos que formaron parte de nuestra infancia: los monederos repujados que se abrían formando un pequeño cubo sin tapa y después volvían a plegarse hasta convertirse en un cuadrado plano, el juego de papel de «me quiere, no me quiere»… Pequeños recuerdos que parecen insignificantes, pero que tienen la capacidad de transportarnos de inmediato a una etapa concreta.

Y están esas miradas de las madres de antes, capaces de decirlo todo sin pronunciar una palabra:

«Me echó una mirada de las que presagian tormenta, que conocía perfectamente, y prefería no insistir y olvidar el asunto» (página 117)

También esos viajes interminables por carretera, con familias enteras recorriendo kilómetros en coches que actualmente nos parecen imposibles:

«Mi padre conducía más de quinientos kilómetros de la mañana a la noche por aquellas carreteras imposibles llenas de camiones y con la chapa del Renault 8 a una temperatura suficiente como para freír un huevo sobre ella» (página 118)

Pero estos recuerdos no son solo nostalgia. A través de ellos, Paloma Caro retrata también, como ya os he contado, una forma de entender la vida y el papel de hombres y mujeres en un momento concreto. Los asuntos domésticos son considerados «cosas de mujeres», mientras ellos ocupan otro espacio dentro de la familia. Después de comer, la sobremesa para ellos suele ser una película de vaqueros y una siesta, mientras ellas permanecen en la cocina, compartiendo conversaciones sobre la familia y la vida cotidiana.

Se refleja también cómo muchas mujeres crecen dentro de unos límites marcados por la sociedad. No necesitan que nadie les explique exactamente qué se espera de ellas porque lo aprenden desde pequeñas. Hasta 1975, además, el marido mantiene la administración de los bienes gananciales, una muestra más de la situación legal y social de las mujeres de entonces.

Incluso los consejos que recibe Julia reflejan esa educación: cuidar los modales, saber cuándo hablar y cuándo permanecer en silencio, ser agradable y hacendosa en la casa. Frases que ahora nos sorprenden, pero que sabemos que son así.

Porque una de las grandes virtudes de la novela es precisamente esa: no solo cuenta la historia de una familia, sino que rescata las maneras de vivir, de pensar y de relacionarse en dos dos escenarios y momentos distintos.  La primera, de la que he hablado hasta este punto, todavía permanece en la memoria de muchas personas.

Cuando somos jóvenes ansiamos libertad, queremos dejar atrás las exigencias, las broncas, los llantos y el angustioso silencio. Queremos alejarnos de aquello que nos duele, sin comprender todavía que muchas de esas cosas que no se dicen también forman parte de nuestra historia. Como describe la autora, damos por sentado que, como hijos, detentamos el derecho a la protesta, la crítica y la reinvindicación.

Con los años aprendemos que hay silencios que no desaparecen, que permanecen escondidos en las familias, condicionando relaciones y marcando el modo en el que nos queremos. Y entonces descubro esta frase, cargada de significado:

«Cuánto pesa siempre lo que fingimos que no existe y también las palabras que no se dicen» (página 223)

La segunda parte del libro nos lleva a otro tiempo y a otro lugar. A partir de este momento nos sumergimos en la primera etapa de la vida de Emma, en la historia de su familia.

En esa casa no hay abundancia, pero tampoco penuria absoluta, aunque viven la consecuencias de «la hambruna del Rif». Ella y sus hermanos no juegan en la calle, sino que lo hacen en casa, Emma crea su propia muñeca.  A los catorce años deja el colegio después de haber cursado bachillerato elemental. Le encanta leer las revistas francesas tiradas en los ropavejeros, se aprende todos los detalles.  Quiere aprender a comer educadamente, qué decir o qué vestido usar para un compromiso, ser maniquí.

Su madre entiende y enriquece sus ensoñaciones con historias de elegancia y ambición.  A la joven le horrorizan los admiradores zafios que la invitan a salir empujados por su padre.  Con veintiún años sigue soltera y trabajando en la peluquería.  Ella sueña con combinar ropa para crear conjuntos excepcionales, diseñar prendas o ser maniquí en una ciudad cosmopolita.  También con casarse y tener hijos de un hombre atractivo, elegante y culto.

Entre esas paredes, no se habla de los hechos desagradables ocurridos en la casa, ni siquiera para negarlos, ni cuando suceden ni después. Ellas, las mujeres de la familia, las de aquella casa necesitan hacer tangible el dolor y la ignominia poniendo un sonido detrás de otro para convertirlos en palabras que poder usar como remedio, pero no lo hacen nunca porque está prohibido.

«Tan prohibido que su padre nunca había necesitado prohibirlo» (página 95)

En ese hogar han pasado cosas, de las que no se solucionan hablándose. No se habla si no es necesario, lo pueden utilizar en tu contra.  Tampoco existen las preguntas, significan interés por lo que le pasa al otro, ni las respuestas, que se dan incompletas y se hace evidente la desconfianza y el recelo.

Al padre unos cuantos vinos lo convierten en un ser malhumorado, en un paranoico que achaca a todos los de alrededor maniobras en su contra y, algunas veces, en un ser despiadado. Es capaz de enumerar con escarnio los defectos de los demás, pero no los evidentes, sino aquellos que más detesta esa persona de sí misma, las carencias y los complejos que más pueden dañarla.

«La violencia estaba siempre latente, aunque él se jactara de no haber pegado nunca a nadie de la familia; sin embargo, la simple amenaza de mostrar el puño o de acercar su cara a la de otra persona hasta llegar a oler su aliento, acompañada del desprecio en la mirada, llegaba a ser terrorífico precisamente por ser el preludio de algo imprevisible» (páginas 275 y 276)

Fuera de casa le faltan el coraje y la valentía en las contiendas. El resentimiento lo paga en el hogar, no asume su cobardía ni su ineptitud, ni siquiera sus propios vicios. Nunca reconoce sus errores y, lo peor, es que siente inquina por quienes son estudiosos o valientes, y los odia mucho más si, para colmo, son ricos. Consigue librarse de las consecuencias de sus escaqueos y de sus hurtos.

Duele cómo la madre ni siquiera se siente humillada, acostumbrada como está a sus desaires. Insiste en encontrar las virtudes del marido, aunque él ha usado su libertad para disfrutar sin trabas de su carácter disoluto, que se hace evidente en el exceso a la hora de fumar, beber e ir con mujeres. Ella proviene de la burguesía francesa culta, educada y adinerada. Se caracteriza por su refinamiento y exquisitez; él, acomplejado, se dedica a apagar su espíritu con rabia.

Es apocada solo cuando él está presente y siente aflicción por un matrimonio cuyo amor ha llorado y enterrado. Quizás por eso da el siguiente consejo a sus hijas en relación con el amor:

«Es mejor estar con un hombre al que no améis tanto, seréis más felices. Merecéis respeto y una buena vida, pero sabe que, cuando se vayan con otras, no os dolerá tanto si no estáis enamoradas» (página 331)

El padre piensa que su hija se va a quedar para vestir santos por rara e inalcanzable, y le echa constantemente en cara su altivez. Ella suele pasear entre los puestos cogiendo los artículos deseados, a veces inaccesibles para ella. Pero nos enamoramos con Emma, a través del galanteo propio de la madurez de la persona que se convierte en su maestro, en su mentor. Empiezan los regalos y la admiración por lo que él cuenta, por sus viajes, por los teatros a los que acude o las visitas que hace. Describe bodas de postín en lugares y con personas de tres apellidos compuestos.

Y asistimos a cómo comienzan las habladurías, las miradas de soslayo, las conversaciones en susurros, las especulaciones, las noticias frescas de dudosa veracidad que alegran los días y mantienen en vilo. Ella sabe que es mejor no compartir ninguna información con nadie.

«Ninguna iba a ser capaz de guardar el secreto. Ganaría la excitación por la primicia a la bondad, y el morbo a la comprensión y el cariño» (página 326)

Y la madre le recuerda que debe tener cuidado con los hombres, con todos, porque cuando una muchacha se enamora, pierde la cabeza. Le dice que debe intentar atarlo, aunque con cuidado.

Para Emma él significa el amor, la alegría, la poesía, el deseo, la belleza, la elegancia, la gran ciudad, un futuro. Así como la huida de la precariedad, de la sordidez de su casa, del temor y de las palabras horribles.

«Tanto en casa como fuera, todos pretendían mantenerla pegada a un suelo del que ella quería despegar y elevarse» (página 352)

La madre se equivoca al casarse con el padre, porque tienen caracteres opuestos y una relación difícil. Repite que, enamorada, se sufre más.

Me encanta cómo se cuenta que las madres siempre saben, intuyen o adivinan:

«Supo que lo había adiviando, que lo sabía y que no iba a tener que decírselo, únicamente necesitaba confirmación, y también supo que la respuesta a la pregunta que ella le iba a hacer solo serviría para comenzar la conversación» (página 382)

Cambiando un poco de tema, si tenéis la oportunidad de leer el libro, prestad mucha atención a la atmósfera que se respira: al peso de los aromas. La ambientación no es un simple decorado histórico.

Paseamos realmente por Tetuán y Madrid, las sentimos vivas, las disfrutamos. La autora consigue que el lector perciba el olor a especias, a comida, a las calles de La Latina o a los talleres de costura, convirtiendo la geografía de la obra en un personaje más.

«Olí las infinitas especias, las curtidurías, el esparto, el perfume de jazmín y el agua de rosas, la lana de las alfombras, la madera de sándalo, los higos…» (página 102)

Me produce mucha ternura cómo ve la muerte una adolescente. Hay algo profundamente humano en esa mirada: la capacidad de sentir compasión por quienes están llegando al final de la vida y, al mismo tiempo, la distancia inevitable de quien todavía siente que le queda todo por descubrir.

Esa mezcla de incomprensión, miedo y cierta ingenuidad está muy bien reflejada:

«Tan joven, aprendí que la cercanía del fin iba robando la esperanza, para que sin ella la partida irremediable fuera más aceptable, y también que el dolor servía para no ofrecer resistencia a la muerte, dejándote ir para dejar de sufrir» (página 157)

Una persona de esa edad puede mirar a los ancianos con ternura, imaginar sus pérdidas y sus renuncias, pero también sentirse aliviada al comprobar que todavía está lejos de ese momento. Es una reflexión que muestra cómo Julia empieza a entender, poco a poco, el paso del tiempo y la fragilidad de quienes la rodean.

Antes de terminar, tengo que subrayar algo que suscribo y que no puede decirse mejor. Es el poder de la cortesía, ese comportamiento relacionado con la etiqueta que, en ocasiones, ni siquiera llega a ser amabilidad y en el que no siempre existe la amistad, el cariño o la confianza que la otra persona espera.

La autora reflexiona sobre ese modo de relacionarse en la que las buenas maneras pueden convertirse en una especie de máscara, en una distancia elegante pero fría:

«Ese proceder que ciertas personas saben usar para esconder en lo más profundo de su ser su desprecio por ti» (página 63)

Creedme, eso pasa, lo estoy viviendo. Os aseguro que estoy muy lejos de lo que muchos llaman cortesía y que, en realidad, no es más que hipocresía.

Termino con lo interesante que es conocer la vida de una maniquí de alta costura.  Para serlo es necesario ser distinguida, alta y delgada, y aunque no necesariamente guapa, si hay que ser especial, misteriosa, y discreta.

«Se trataba de no tener una personalidad marcada que pudiera eclipsar al vestido» (página 431) 

En España, a diferencia de otros países, para un modisto de finales de los años cincuenta, una maniquí de pasarela, y más si es de la casa, es mejor cuanto menos se la recuerda. Su trabajo diario consiste en esperar en el taller para las pruebas infinitas de las toiles de la siguiente temporada.  Esos modelos de cada vestido, traje o abrigo realizado en telas de algodón que sirven de ensayo para corregir costuras antes de cortarlos y terminarlos.

Podría hablaros de muchos más momentos, de muchas más escenas y de muchas más situaciones que aparecen y se describen, pero prefiero que seáis vosotros quienes descubráis esos silencios, esas palabras y esas emociones que aparecen cuando menos lo esperas. Porque, al final, una de las cosas más bonitas de leer es precisamente esa: llegar a una página sin saber que una frase, un recuerdo o una decisión de un personaje va a quedarse contigo.

Además, hay algo que creo que merece conservarse intacto: la sorpresa de conocer a Emma y a Julia poco a poco, de respetar sus acciones, de mirar atrás con ellas e interiorizar que detrás de cada persona siempre hay una historia que no conocemos completamente.

Es imposible no empatizar con Emma y con Julia. Se hacen querer precisamente por eso: por sus defectos y sus contradicciones, por sus carencias y por sus heridas. Va a ser difícil olvidarlas.

Por todo lo anterior, os invito a leer «Homenaje a tu silencio». Después, como siempre, cuando la hayáis leído, ¡dejad vuestros comentarios!

¡Gracias, Paloma, por esta maravillosa novela! Me quedo con la idea de que tenemos que aprovechar a nuestras madres mientras las tenemos, conversar con ellas, exprimir el tiempo, compartir ratos sin prisa, aunque sea en silencio, para no arrepentirnos después, cuando ya sea tarde.

Me ha venido muy bien este mensaje en las últimas semanas, te lo aseguro.

Mis fragmentos preferidos 

«El corazón a veces es el enemigo de nosotras, las mujeres» (página 100)

«Me dijo que educara bien a mi hijo, que trabajara mucho para ser independiente, que no abandonara a los hombres que me cuidaban para irme con los que me atraían y ofendían, y que, si me volvía a lanzar a una aventura, lo hiciera con red. Me conocía bien» (página 241)

«Y justo cuando hubiera querido que fuera eterna, murió» (página 242)

«La recordé sonriendo y llorando, en alternancia, como se recuerda la vida cuando ya ha pasado mucho tiempo» (página 243)

«De las personas que había conocido, las hubo, pocas, que se quedaron conmigo para siempre.  Otras, en cambio, desaparecieron poco a poco desocupando gradualmente el espacio que habían ocupado sin que notara el hueco dejado, seguramente porque el espacio nunca debió de estar realmente lleno» (página 246)

«Por lo tanto, como todas las personas razonables cuando cumplen años y se les acaban las certezas, comencé a reflexionar sobre mi existencia.  No me sirvió de mucho pero me condujo inexorablemente a la de mi madre» (página 253)

«Solo que no podía permitirse la dignidad que únicamente poseen los que tienen el estómago lleno y un techo sobre la cabeza» (página 397)

«Su madre repetía siempre que solamente se conoce a las personas en la adversidad» (página 397)

Los fragmentos que me hicieron reflexionar

«Nunca jamás estuvo de su lado porque nunca consideró la existencia de dos lados» (página 56)

«Años más tarde entendí que la vida, como las compras, tenía un recorrido similar: ilusión al principio y desencanto al final, y había que hacerse a la idea y buscar alicientes a buen precio» (página 147)

«En aquel valioso momento las miradas no eran suficientes, solamente el calor de la piel sellaba los acuerdos a los que íbamos llegando» (página 241)

«Muertos los dos me convertí en la primera generación de mi familia.  Ya no tenía a nadie que me dijera lo que estaba mal o me echara en cara haber cometido errores.  Lo eché mucho de menos» (página 244)

«En aquel momento lo que sí me inquietó fue que empezaba a aburrirme el trabajo.  Lo cotidiano nunca fue de mi gusto, nunca me conformó saber, con poco margen de error, lo que iba a ocurrir al día siguiente» (página 245)

«Encontré muchas fotos, algunas desconocidas.  Al mirarlas una a una tantos años después, sonreí y, simultáneamente, me dolió su ausencia» (página 252)

Palabras aprendidas

  • Aduar: Campamento de beduinos, formado por tiendas y chozas. Conjunto de tiendas y viviendas pobres que se levantan en zonas marginales y forman un poblado.

 

 

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