Autor: Juan Ramón Lucas
Páginas: 456
Curiosidades
Comienzo la reseña de la novela «Melina», haciendo referencia a la entrevista que tuve la oportunidad de hacer a su autor, Juan Ramón Lucas. Entre las doce preguntas, como suele ser habitual, le pedí que me recomendase uno de sus libros y esta fue su respuesta:
«Si me das a elegir solo una, “Melina”. Es de la que más satisfecho estoy. Creo que está bien escrita, tiene pulso, y en su último tercio un ritmo frenético que hará que no quieras dejarla. Además, habla de la condición de mujer en situaciones difíciles y las contradicciones de hombres que se jugaban la vida por el cambio, pero en casa no lo contemplaban. Creo que, sin que hubiera sido mi pretensión, me ha salido un retrato bastante global de una generación de mujeres que son nuestras madres y nuestras abuelas. Te sentirás identificada con Melina. «.
Después de esta argumentada recomendación, sin duda, tenía que leer su última novela.
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Sobre su protagonista, el escritor ha afirmado que:
«Melina no es una sola mujer, son muchas mujeres»
Ella pertenece a una época en la que las mujeres, bien porque los hombres estaban en la cárcel o muertos, o bien porque ejercían profesiones independientes -como las estraperlistas o las guisanderas- tuvieron que luchar por su libertad.
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Es importante también resaltar que el personaje de Melina está inspirado en la madre de Juan Ramón Lucas. Y Pepín en su abuelo.
En buena medida, la niñez de la protagonista, Melina, está basada en las anotaciones manuscritas que tomó su madre sobre sus recuerdos de infancia y que, posteriormente, su padre agrupó y mecanografió con la idea de escribir una novela. Por eso, hay hechos que son reales, que fueron vividos por los ojos de aquella niña.
«Mi madre nunca olvidará cuando vio aquellos guerrilleros muertos delante del cementerio»
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Sobre esta base de hechos reales, la historia es de ficción, aunque la madre del autor está presente en toda la obra, incluso en esa ficción. Sin duda, es un hermoso homenaje a ella. Sus padres le regalaron la materia para esculpir esta narración.
«A mi madre, Lucrecia Fernández Lebrato, cuya infancia puebla estas páginas. Ha sido y es inspiradora para mí y para todos los que la conocemos y amamos»
Porque muchas veces se asomó a esas anotaciones con curiosidad y emoción. Era consciente de que había sustancia para un libro, pero él se sentía incapaz de escribirlo. Primero, porque no había terminado nunca una novela y no se atrevía a hacerlo. Pero, sobre todo, por el miedo a resucitar fantasmas y enfrentarse a demonios personales y familiares. Hasta que se puso a ello.
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Lucas ha explicado que ha tratado de reflejar el espíritu combativo que tenían las mujeres de aquella época, en la que que el feminismo no era nada hegemónico. Y, por ese motivo, sufrieron.
Eran hijas, esposas o hermanas de unos hombres comprometidos con el progreso, la revolución, convencidos de sus ideas y de la necesidad de avanzar. Sin embargo, dentro de sus hogares, en su ámbito familiar, les costaba todavía asumir algunos cambios.
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Poco antes de la publicación de esta novela, el Principado de Asturias nombró Hijo Adoptivo a Juan Ramón Lucas. Él no puede estar más orgulloso por esa distinción y feliz por su coincidencia con el nacimiento de Melina. Le prometió al Presidente, Adrián Barbón, en Oviedo que su tercera novela sería asturiana.
Jamás imaginó que lo fuera tanto y que llegara en un momento tan especial.
Sinopsis
Melina, hija de la Asturias minera y revolucionaria de 1934, nace cuando no debe y donde no se la espera: en la víspera de una guerra civil y en un seno familiar atormentado por la maldición y el desafecto del padre. Los estragos de la guerra y la implacable represión que se abate sobre su familia forjan el carácter determinado de Melina, quien, inasequible al desaliento, se sobrepone a todos los obstáculos. En busca de su independencia que la geografía y la época no pueden brindarle, Melina emprende un viaje a través de épocas y mares y emigra a América.
Allí será testigo de sucesos dramáticos que la marcarán para siempre y que propiciarán su regreso a una España atrapada en las garras de la represión política. Con una determinación que no conoce limitaciones, se las arreglará para progresar y alcanzar el éxito en circunstancias hostiles.
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Basada en una historia real, Juan Ramón Lucas vuelve a poner al servicio de la literatura su gran capacidad fabuladora y su extraordinario rigor a la hora de documentar sus novelas. La historia de Melina es la de muchas mujeres que, silenciosas y constantes, marcaron sendas en el camino a la igualdad que nunca llegaron a disfrutar.
Mi opinión
Estructura
El libro «Melina» se divide en distintas partes.
Comienza con «La Cuna». Le siguen los capítulos del I al XV.
Después, «La siembra». Le siguen los capítulos del XVI al XXXVII.
Continúa con «El regreso». Le siguen los capítulos del XXXVIII al LII.
Prosigue con «El destino». Le siguen los capítulos del LIII al LXIV.
Y «El principio». Le siguen los capítulos LXV al LXXVII.
Y finaliza con «Agradecimientos».
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El libro está escrito, en su mayor parte, en tercera persona y en pasado.
No obstante, hay algunos capítulos escritos en primera persona y presente, como «La cuna», «La siembra», «El regreso», «El destino» y «El principio». También cuando somos partícipes de los recuerdos de Melina.
La historia
«Melina» es la historia de una mujer que nace cuando no debe y sufre para vivir un tiempo que no es suyo. Una mujer que es capaz de cumplir sueños y beber sorbos de felicidad al precio de superar una barrera tras otra, mientras entrena la fe en sí misma. Es la aventura de una mujer que busca a alguien a quien ama y no quiere perder la vida que construyen cuando están juntos.
Pero es también una narración con muchos más temas.
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En el libro vemos también como algunas familias mandan a los hijos varones a América, para aligerar la carga en sus casas, no tener que alimentar más bocas de las necesarias y para que traigan dinero de allá. Mientras, la hijas deben quedarse para salvaguardar la vejez de quienes las han puesto sin preguntar en este mundo.
Muchos de aquellos muchachos, muy jóvenes, al despedirse lloraban desconsolados, casi a gritos, con los ojos abiertos, el rostro tensionado por el terror y el abandono, mientras les hablaban de hombría o dignidad.
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Asistimos a cómo ven los hombres, que creen en la revolución, a las mujeres:
«Y no le gustó. Porque la lucha revolucionaria no era para las mujeres, lo suyo estaba en retaguardia, en el apoyo. En la organización, las más despiertas; nunca en la calle, que eso era cosa de hombres» (página 26)
No quieren que descuiden su casa, les irrita la idea de que se metan en revoluciones, no están dispuestos a permitirlo.
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Sufrimos también la Guerra Civil española:
«La destrucción venía desde el aire, con los bombardeos -de prueba, decían- de los aviones alemanes que arrasaban San Juan y los valles mineros, o podía venir desde tierra, con el fuego de los combatientes o las violaciones de las que de vez en cuando llegaban noticias» (página 84)
Y con sus consecuencias: el hambre, la devastación del fuego, los saqueos, la escasez y las estrecheces que llegan siempre con el conflicto. Como dice el texto, la bruma de la miseria, el palpitar de una pobreza que avanza marcial e implacable.
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También llega la resistencia con los sublevados, las emboscadas, las deserciones y las venganzas.
Nos acercamos a los emboscados, unos hombres que están en el monte para que no los maten. Por eso se esconden. Los quieren matar porque los que han ganado la guerra no quieren vivo a nadie que no piense como ellos o haga lo que ellos. Hay que llevarles provisiones.
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Además, aparecen también los abusos a las mujeres:
«La llevó al monte, la tuvo a su merced toda la noche en una cabaña y después intentó matarla para que no hablara» (página 113)
Eso es un reflejo de lo que los hombres hacen y deshacen, matan y deciden cómo y qué está bien y qué no. Entre ellos, llegan a justificarlo por las soledades y los peligros, por la aspereza del cobijo de los montes, de las noches de ausencias. Hombres solos, huyendo o guerreando, escondidos o emboscados, sometidos a una intemperie de sol y piel, de miedo y silencios tan difícil de resistir como urgente para sobrevivir.
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«Los niños de la guerra no tienen infancia aunque jueguen y rían» (página 104)
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Y se refleja que, aunque existen bandos, dos personas pueden entenderse cuando se encuentran en el aprecio por el valor de las personas y los principios, por la obra bien hecha, por la conversación y por aprender.
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Vemos como los niños y las niñas no están juntos en la escuela. Las niñas pueden ir, pero sin olvidar sus obligaciones y rutinas en la casa, hay que ayudar porque las tareas son múltiples: limpiar, ordenar, comprar, cocinar y cortar leña, entre otras. Pueden jugar menos porque tienen que aplicarse en los trabajos de mujeres.
Corremos con los niños por la calle, que juegan libres de control y de peligros, disfrutamos con ellos de unos caramelos, un regaliz o una manzana, pequeños tesoros.
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Y escuchamos las sirenas de la mina, que sobresaltan los días de trabajo. Es un sonido agudo y metálico que corta el silencio del monte. Y nos encontramos con los mineros, que se tiznan de picar o cargar en la mina. Olemos los olores metálicos y ásperos de la mina. Aspiramos el aire cargado de hollín, un aire que nunca se limpia del todo.
«Ni la lluvia cuando barría la cuenca del Caudal era capaz de borrar la huella perenne del carbón en las paredes, en los bancos, en los alféizares de las ventas» (página 122)
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En otro orden de cosas, se hace referencia al estraperlo. Se detalla la labor de una tratanta. No lo lleva todo encima, ha tejido una trama de contactos que le sirve para almacenar su mercancía en lugares seguros. Según vende, así acude a por los suministros a la media docena de despensas que tiene apañados. Es capaz de encontrar cualquier cosa siempre que el cliente esté dispuesto a pagar. Silencios también, naturalmente.
Incluso se nos cuenta el origen del término estraperlo, que es sinónimo de chanchullo, que se refiere al mercado negro de la comida racionada.
Y se hace alusión a cómo podían adquirirse más alimentos en otras zonas: legumbres, salazones, algunas conservas, harina, verduras frescas y algo de carne.
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Sufrimos en la celda del cuartel de la Guardia Civil. Los golpes, el llanto, el miedo, las amenazas y la tortura. Llevan allí a los detenidos, pero nunca confirman a sus familias que están dentro.
El régimen mata y encarcela a quienes no piensan igual.
«Contra lo que usted piensa, la represión no es demasiado selectiva en materia de clase social» (página 200)
Los que han ganado la guerra hacen y deshacen a su antojo, impunes. Hay represalias.
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Se detalla la tarea de las guisanderas, que conocen de las plantas y sus prodigios para curar. Saben de hierbas y cocinan para los demás. Conocen el lenguaje de las plantas, atesoran conocimientos antiguos y dominan el arte secreto de combinar sabores. Conocen la tierra y lo que de ella se puede aprovechar.
«Tampoco tenían hombre tras el que protegerse. Siempre actuaban solas, y eso abundaba en la fascinación y el misterio» (página 181)
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Vemos como otras niñas de la escuela dejan un poquito de lado a Melina, cercanía sin afecto. Ella no sabe si es porque es poca cosa y delgada, o porque es pobre, o porque su padre es rojo y socialista.
Melina es curiosa, quiere aprender y habla mucho con la maestra, a las demás no les parece bien que quiera hacerle la rosca.
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Se hace referencia a la emigración a América.
En las despedidas del puerto hay mucha gente triste, llorando. Chicos que viajan solos, mostrando una tristeza que duele.
Y, en este sentido, se menciona como hay gente que intenta aprovecharse de esos emigrantes. La miseria parece atraer a los insectos pegajosos de la explotación. Todos pican, todos chupan la sangre. Eso provoca desconfianza y la débil rebeldía de quien se cansa de ser víctima.
Asimismo, asistimos a como los españoles en el exilio se reúnen muy a menudo, porque estar juntos, contarse cosas y ayudarse les hace sentir menos añoranza. Son como una gran familia.
«El regreso como anhelo. Debe ser duro vivir todos los días añorando tu tierra, tu gente» (página 367)
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Otro tema queda reflejado en el siguiente párrafo:
«Le pareció que aquellos dos hombres concentraban allí, y en ese momento, un aquí y ahora de Españas en guerra nunca acabada. Ya no se disparaban, pero el odio no había desaparecido y la autoridad aún temía a sus víctimas» (página 236)
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Además, se habla del analfabetismo. Algunos padres no quieren que sus hijos aprendan a leer, piensan que no les va a servir. Orgullo o ignorancia o ambos.
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Y de los locales de alterne, donde un encargado selecciona y educa a las mujeres que sirven en el quilombo.
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Asimismo, la defensa de las primeras diputadas en Cortes de la historia de España de derecho de la mujer no solo a ser elegida, sino a votar.
Los personajes
Amelia Fernández Agüeros, Melina, tiene la tez oscura, el pelo de un azabache que brilla como el carbón recién lavado y unos ojos negros que aprende a sombrear. Militante de lo perfecto, no termina de gustarse aunque se reconoce hermosa. De niña, es bulliciosa y sonora alegría, ríe mucho, es feliz. Siempre se ríe y siempre pregunta. Su cara es redonda, ojos negros grandes, grandísimos y luminosos, con el brillo del carbón en el lavadero. Es alegre, decidida y luminosa.
Disfruta de andar por la calle, de saludar, de hablar con la gente. Es guapa sin deslumbrar, lo bastante despierta para tener ambiciones, provista de la prudente discreción de los jóvenes sabios.
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Pepín Fernández es el padre de Melina y es carpintero, trabaja la madera y solo entra a la mina a entibar. Para su mujer es apuesto y le gusta su serena compostura, aunque sus largos silencios e inesperadas desapariciones la llenan de velas ansiosas y le traen dolorosas soledades.
Claro de pelo, como ella, de vivaces ojos grises y expresión a menudo risueña, interpreta los planos y mide de cabeza como un aparejador. Es callado y mira mucho, parece que dotado de la facultad de hacerlo dentro de las almas. Es socialista, cree en la revolución y nunca traiciona sus ideas.
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Rosario Agüeros Navia, Chayo, es la madre de Melina. Tiene que dejar la escuela para levantar con sus manos y las de sus hermanos, su casa. Es delgada y menuda, pero con una voluntad de hierro. No entiende de política.
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Don Sebas es el médico del pueblo. Recorre el valle a caballo con su maletín de instrumental y remedios urgentes a la grupa. En ocasiones cobra y, las más, no. Es de Salamanca y guapo. Vive solo con sus perros y caballo.
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El hijo de Julián es un anarquista.
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Aníbal es picador y comunista.
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Nolo Carrizón es el amigo más cercano de Pepín, socialista como él. Con ojos azul aguaclara, es rubio y recio, altivo, con el recuerdo perenne de una cicatriz de bala que le deja un lance mal calculado. Es leal y con él el carpintero se siente seguro.
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Lita es la hermana de Rosario, más joven, viva y apasionada. Es rápida, viva, ingeniosa, nunca elude las provocaciones ni deja en el aire las respuestas. Es chistosa y amiga de bromas, y tiene la costumbre de motejar a todo el mundo. Le brillan sus ojos azules sobre aquel rostro delgado y pecoso que es pura elocuencia.
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Nieves es la madre de Pepín. Y José el padre.
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Aurorina es la madre de Chayo, Lita y sus hermanos varones.
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Fernando es el padre de Chayo, Lita y sus hermanos varones. Es carnicero. Se libra de ir a Cuba porque el día que espera el embarque se para la guerra.
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Ludivino es el hermano de Chayo y Lita. Crece trotando la calle junto a Pepín. Se marcha desde el puerto de Gijón a los dieciséis años, como sus hermanos, a Montevideo, donde está el hermano de su padre. Hace fortuna en América. Abandona Montevideo tras un desencuentro con sus hermanos y se va a Paraguay. En Asunción le va bien, monta hoteles y algún café. Según Pepín, son cafés de alterne.
Los otros hermanos son: Aurelio, Eladio, Sebastián y Joaquín, el más pequeño.
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Etelvina es la novia de Nolo, es algo mayor que Chayo.
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Esteban Granda es uno de los que siempre rodean al diputado Llaneza.
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Somohano es otro sindicalista.
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Carmen es una amiga de la infancia, de muchos años, de Chayo, de juegos y de escuela.
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Amelia, Manolín y Aurora son los primeros hijos de Pepín y Chayo. Otro Manolín viene después. No os cuento más sobre ellos, mejor los conocéis leyendo la novela.
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Doña Lucrecia es la maestra con inclinaciones feministas, de las que tiene noticia todo el pueblo. Es una mujer hermosa y tozuda. No está en política, pero ilumina desde las clases un camino en el que hombres y mujeres son iguales. Es afable y siempre tiene conversación, es una buena maestra. Es firme como una roca en sus ideas de igualdad. Atildada, pelo brillante, escasa de estatura, pero capaz de ocupar la clase entera.
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Amable es el marido de Lita.
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Fabián es otro revolucionario.
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Gerardo Fernández es uno de los que arma la protesta en Sama. Olvido es su mujer.
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Evelio es otro compañero, bastante corpulento.
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El doctor Eliseo Martín es médico en un hospital de Oviedo. Es un hombre alto, de aspecto elegante, transmite confianza. Católico, emparentado con los condes de Mieres, y educado en la sobria distinción de la aristocracia económica asturiana.
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Lecio es un miliciano que confisca a las señoritas de la Casa Nueva de Oñón el caballo y la serré.
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Cándido Santa Eulalia es un sargento de la Guardia Civil, un buen tipo, militar e institucional, educado en el respeto y en la disciplina.
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Tinín es uno al que vigilan porque no se fían. Su mujer cose donde las señoritas.
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Doña Flor tiene una tienda. Lleva unas lentes redondas y pequeñas.
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Doña Pilar es la otra maestra. Se pinta los ojos y los labios mientras está en clase, y cuando terminan de copiar la lección les pone un dictado para poder seguir pintándose.
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Vicenta es la pescadera, que portea en baldes o en cajas con hielo el pescado desde San Esteban.
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Mugali es un moro grande y triste que vive en la nave, al que todos llaman Mustafá. Es grande, su piel casi negra y huele raro. De andar perdido, aspecto de miseria y ojos que miran siempre a los lejos, como queriendo escapar de un rostro delgado y triste.
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Don Melquíades
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Consuelo Argüelles es la hija de la costurera de Ujo, que promete favores a soldados a cambio de comida y estraperlo.
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Elvirín es la tratanta de las Regueras. Tiene el pelo rojo y aires toscos de minero. Es de Las Regueras, más allá de Oviedo, y se mueve con el tren entre Cudillero y Candamo, atropando lo que hay para venderlo luego en la capital y carretera abajo casi hasta el Huerna y Pajares.
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Charito es la hija de Olvidín.
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Eugenio De Silva es un sargento de la Guardia Civil, un feroz falangista que sustituye a Cándido al frente del puesto. Es enjuto, no muy alto, permanentemente tenso y con un brillo reptiliano en la mirada.
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Tonión es el hijo de Arsenio, el picador de La Felguera. Grandón y deslavazado.
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Don Arturo presta los libros a diez céntimos en su biblioteca de Mieres.
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Adela es una guisandera. Es menuda y ancha, tiene el pelo pajizo siempre cubierto con un pañuelo y no deja de sudar jamás. Vive en Ujo, Caudal arriba.
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Don Heliodoro es un cura bajito y risueño que se ocupa de las niñas en la catequesis. Organiza juegos y, de vez en cuando, les da caramelos.
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Don Obdulio es un ingeniero de minas.
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Mari Luz es la hija de don Obdulio. A diferencia de las otras niñas, tiene muñecas, incluida una Mariquita Pérez de verdad.
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Herminia es una mujer delgada y vigilante que trabaja en casa de Mari Luz.
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Norina es una compañera de la escuela de Melina.
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Doña Leonor es la directora de la escuela.
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Don Abdón es el jefe de estudios.
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Ramiro es el marido de doña Lucrecia.
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Don Bustos es otro padre de la escuela, siempre regaña y pega a los niños.
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Doña Reme es una vecina.
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Olivia es otra compañera de Melina. También Emilia, que trabaja en Telefónica.
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Milia es una compañera de Melina en La Fábrica. Es del Oriente asturiano, morena, pizpireta y de bellísimos ojos azules. Cose rápido y con una precisión que raya lo perfecto. Tiene un novio minero, Eulogio. Habla el deje del Oriente, que es más cántabro que astur. Es curiosa y decidida. Ayuda a su padre en la lechería que hay frente al Yaracuí. Ella y su hermana Mari Paz se turnan para ayudar al padre en la tienda.
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Ana del Río es una actriz que comparte el camarote con Melina en su viaje a América. Tiene la edad de su madre, pero sus cuarenta y tantos parecen menos gastados. Mira firme y cauta al tiempo. El cabello pulcramente recogido en un moño acentúa la melancólica delgadez de su rostro. Es hermosa, tiene ademanes de mujer distinguida y educada.
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Edelmiro Vázquez Marín, Mirín, es un niño de unos diez o doce años, pálido, unas ojeras grises cercan sus ojos oscuros. Viaje en el Magallanes con su padre, quieren aprender a leer y a escribir. Es tímido y flojo para el campo, pero sabe pensar y hay que instruirle.
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Evelio Vázquez es el padre de Mirín. Viajan desde Zamora, tras vender sus animales para pagar los dos pasajes. María es su mujer. Sebastián es el primo de su mujer, que le promete mejor vida.
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Consuelo también viaja en el barco y da clases para aprender.
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Ramón Noriega es un muchacho asturiano que viaja en el barco. Es un mozo bien plantado, guapo, de vidriosos ojos azules y con una sonrisa imposible de resistir. Viene de una aldea pequeña que hay en oriente, casi en Santander. Tiene veinticinco años, el alma sensible y de su cuerpo sale música. Es osado y atractivo. Toca la armónica.
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Pancho es el tío de Ramón, vive en Buenos Aires y tiene un almacén textil.
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Pascual Echevarría, al que llaman «el Vasco», es un empleado de Ludivino. Recibe el encargo de recoger y trasladar, segura y confortable, a Melina. Es hijo de un marino de Bermeo y una india guaraní. Goza de la confianza del jefe y una paga alta. Es alto, delgado, avanza la treintena, altivo, sin el menor rastro de servidumbre. Huele a perfume caro y a tabaco, y su pelo refulge en perfectas líneas rectas domadas con brillantina.
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Emilio Menéndez es un camionero con el que Ludivino quiere hablar.
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Doña Eulalia es la mucama que manda desde hace años en la casa de Ludivino, con aire de firmeza y exigencia, con la voz áspera.
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Anahí es una mujer que trabaja en «La Paraguaya». Es de aspecto amable, suda y huele a hierba caliente y a ropa limpia.
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Ernesto Gaitán Ferreira es un rutero ocasional, tachero en Buenos Aires, nacido en Santiago de Compostela, gallego de los de verdad.
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Diosdado es un policía de Buenos Aires.
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Fabián es camarero en el bar Iberia de Buenos Aires.
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Ambrosio Vega es un exiliado en Buenos Aires, lucha por la revolución y la República.
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Clara Campoamor es una dama distinguida y triste que escribe en el bar Iberia de Buenos Aires. Es morena, de pelo rizado, el rostro cansado y rasgos de tristeza en la expresión. Labios finos, nariz afilada, ojos algo juntos, pero inteligentes y vivaces. Ha sido, junto a su compañera, Victoria Kent, la primera diputada en Cortes de la historia de España.
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Cristina es una uruguaya que trabaja en el restaurante de Serafín Almendros en Buenos Aires y que hace turnos de limpieza. Cuece unas empanadas deliciosas.
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Gabrielito es el chaste de la Chacarita.
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Hay otros personajes, pero tendréis que conocerlos en la novela: Adrián, Juanito, Josefina, Manuel, Clara; Viri; Marcos; Jesús; Víctor Manuel; Luisa; Gerardo; Melchor; Francisco Franco (sí, sí, habéis leído bien).
Los lugares
La trama se desarrolla, principalmente, en Mieres del Camín, en Asturias, en la cuenca minera del río Caudal. La Güeria, el valle de San Juan.
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En esa localidad, hay varias casas que nos interesan especialmente. La Cuestona, la casa de la familia de Pepín, donde hay verduras de la huerta. Y El Regatu, la de la familia de Chayo, en la que hay huevos y carne, porque se matan cerdos.
Entrearroyos, en la montaña, es la cuadra que arreglan Pepín y Chayo para vivir cuando se comprometen. Dos plantas, recostada sobre una ladera del barrio. Allí despliega él su mucho y buen oficio trabajando la madera. La familia ocupa el piso superior, sobre la carpintería en la planta baja. Hay dos entradas independientes, una para el taller y, unos metros más arriba, doblada la curva de la carretera, el zaguán que da paso a la vivienda, donde se dejan los paraguas.
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Más tarde, se van a vivir a La Belonga -a la entrada de Mieres-, a un segundo piso en uno de los altos del barrio.
Y después se van a una buhardilla en Oñón, junto al arroyo.
Otros lugares en Mieres: el Redondal, Las Regueras; la nave donde están los regulares que aún siguen acuartelados en la localidad; San Juan Bautista; la Felguera; la avenida de José Antonio, que antes se llama Manuel Llaneza; la calle Doce de Octubre; el carrín de la Piedra; el Palau; el cine Esperanza; el parque Jovellanos; El Carolina; el colegio Aniceto Sela; La Zapatillera; La Fábrica; Casa Pepe; la estación del Vasco; el Pombo; el Capitol; parque Jovellanos; la calle Doce de Octubre.
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En Asturias: Gijón, Turón, Ujo; Los Pontones; Oviedo, la calle Uría, el pasaje empinado Gil de Jaz, el Hospicio Provincial; Navia; Sama; Laviana; la Sierra de Cuera en Oriente; Cudillero; Candamo; el Huerna; Pajares; las minas de Cartagena; Colombres; Llanes; la playa de La Franca.
Con Chayo, Lita y Olvidín vamos en tren a Castilla, a Carbajal de la Legua, al norte León.
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Y acompañamos a Melina en su viaje a América: con parada en Bilbao; embarcando en el Magallanes; paramos en el puerto de Las Palmas, más pequeño y sereno que el de Bilbao, grúas en movimiento, descargas, tráfico de camiones, alguna sirena y saludos desde tierra; pasamos por Brasil; hasta llegar a Buenos Aires en Argentina.
Con ella, descubrimos que, en el barco, dividen a los pasajeros en primera, segunda y tercera. En primera van los ricos y en tercera los emigrantes, estos últimos todos amontonados en cuartos pequeños o durmiendo en cubierta. Los camarotes de tercera son habitaciones llenas de gente que exudan miseria, una algarabía de rincones oscuros y voces incesantes. Se escucha perfectamente el ruido de los motores y huele a aceite rancio.
…
En Asunción (Paraguay): Palace Hotel; la Chacarita, parte oscura de la ciudad que a veces el río devora; el quilombo de Bella Vista; el caserón de Los Laureles; la calle Palma, la arteria en la que desembocan avenidas e intereses y se cocinan negocios; Mariscal López, junto a la plaza Uruguaya.
…
En Buenos Aires: el pálido tono achocolatado del Río de la Plata, turbio de fango, sereno y orgulloso; los colores de los conventillos; el barrio de la Boca; el puerto estrecho, con un incesante ir y venir de hombres y mercancías en sus muelles; Avenida Libertador; Pasaje de las Flores, 74; Avenida de Mayo, una calle ancha, larguísima y recta, inacabable; bar Iberia, en la esquina de Mayo de la avenida de Salta, allí se juntan los comunistas derrotados en la guerra y obligados a irse allí; café El Español, mantiene el pálpito de los vencedores; avenida Independencia; Rivadiva.
También en Argentina: Entre Ríos; Monte Caseros, provincia de Corrientes; Ruta Nacional 14.
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Y regresamos a España, a Oviedo: la plaza de la Escandalera.
Viajamos puntualmente a Madrid: la gran avenida del Generalísimo, ancha y larga; Lhardy; Botín; Atocha, El Brillantes; El Pardo.
…
Se mencionan Cuba; Rusia y Moscú; Portugal; Bolivia; Francia; Brasil; Tenerife y Cherche; Hollywood; Costa Rica; Salamanca.
Referencias
Hechos históricos:
- Año 1934, República española; el conflicto de Cuba; batalla en el Mazucu; la disputa entre obreros, mineros y agricultores, con los anarquistas, comunistas y socialistas cada uno por su lado; acuerdo de marzo en Gijón, la Alianza Obrera; el movimiento revolucionario, la revuelta minera, la revolución socialista que debía parar el ascenso de las derechas; declaración de independencia en Barcelona; el control de Oviedo; desembarco de los moros en Gijón para acabar con el levantamiento; la aviación arrasa el centro de Oviedo; desbaratada operación del Turquesa; en febrero de 1936 el Frente Popular ganó las elecciones; la rebelión del ejército en Marruecos; la Guerra Civil; el franquismo; La Gandula, una ley de la República para limpiar de mendigos y vagos las calles; guerra civil en Paraguay; la guerra del Chaco; golpe de Estado en Paraguay; gobierno de Perón en Argentina; El Régimen; golpe militar de Argentina; la Ley de Responsabilidades Políticas; la huelga del silencio de los mineros; victoria del Partido Socialista en 1982.
Personajes históricos:
- Manuel Llaneza, el primer minero que consiguió un acta de diputado; Primo de Rivera; Indalecio Prieto; Gil Robles; Iván Ivanov; Azaña; el teniente Castillo; Calvo Sotelo; el coronel Aranda, gobernador militar de Oviedo; Franco; Lerroux; el general Morínigo; Perón; Stroessner; Chaves; Romero Pereira; Clara Campoamor; Concepción Arenal: Victoria Kent; Videla; Manuel Álvarez, alcalde de Oviedo.
Entidades, organismos, ejércitos o instituciones:
- El sindicato minero SOMA de la UGT; el Gobierno republicano; la Guardia Civil; la Casa de Socorro; la CEDA; la Universidad; Gobierno Civil; cuartel de Santa Clara; la Sección Femenina, Auxilio Social; Partido Colorado; Telefónica; las Escuelas de San Pedro; la Inquisición; el Mercado Común; el Partido Socialista.
Religión:
- Virgen de Covadonga; los Reyes Magos; los mártires Cosme y Damián: la Santa Madre Iglesia; el Evangelio; san Juan, el patrón de Mieres; san Martín.
Armas:
- Fusiles Mauser de la fábrica de Trubia.
Barcos:
- El Turquesa; el Magallanes, de la compañía Trasatlántica.
Enfermedades:
- La difteria.
Literatura:
- El Quijote; novelas de Pueyo; el flautista de Hamelin; Fray Luis de León; Emilia Pardo Bazán.
Muñecas:
- Mariquita Pérez.
Música:
- Gardel y «Volver»; «El emigrante» y Juanito Valderrama; la Hohner; José Asunción Flores, compositor paraguayo, que tocó la primera guarania en un caluroso enero en el Palace Hotel; tango «Caminito»; Víctor Manuel; Eurovisión.
Vehículos:
- Un Tucker Torpedo.
Bebidas:
- «Mate», en Paraguay se llama «tereré», se puede tomar con o sin azúcar; Martini.
Empresas:
- Telefónica.
Prensa:
- La Razón; La Prensa.
Cocina:
- Estrella Michelin; Arzak; menú macrobiótico.
Artistas:
- Sinatra; Tony Curtis; Fernando Rey.
Noticiario:
- Nodo.
En resumen… «Melina»
Como os he contado más arriba, tuve la ocasión de hacerle una entrevista a Juan Ramón Lucas. Mientras intercambiamos algún mensaje para prepararla, le hablé de mi libro: «Relatadas». Poco después, me contó que lo había pedido. Ya entonces, compartió conmigo que su novela iba de mujeres que aspiran a caminar solas y encontrar su sitio. Por eso, me indicó que había sintonía entre los dos libros. No imagináis qué ilusión me hizo que lo hubiese encargado.
Y sentí mucha alegría cuando me comunicó que ya lo tenía. Incluso me mandó una foto. Más tarde, lo estaba leyendo (¡qué nervios, qué pensaría de mi forma de escribir) y me transmitió que le gustaba mucho, de verdad. Pasaron unos días y le pregunté por la lectura. Lo estaba leyendo a sorbitos.
«Te felicito. Me gusta cómo describes y cómo dibujas las emociones»
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No pudo decirme algo más bonito, sinceramente. Pero vuelvo a su libro, a lo importante, que me voy por las ramas. Efectivamente, al leer «Melina» he descubierto esa sintonía de la que me había hablado Juan Ramón. Toda la razón, hay coincidencias, hay detalles similares, temas que se reflejan en ambos. Y, sobre todo, hay mujeres, mujeres protagonistas en una época complicada para ellas.
En mis doce relatos, hay mujeres extraordinarias como protagonistas. Y en su obra, hay muchas mujeres, con distintos papeles, pero también fuera de lo habitual, de las reglas establecidas. Y, ya sabéis, me encantan las mujeres con un papel relevante, aunque sean anónimas. O, especialmente, cuando lo son.
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Y es que, precisamente, en esta novela se habla de mujeres que se abren camino en un mundo de hombres. Nos encontramos con mujeres independientes y tenaces, que no se rinden, que actúan y que avanzan desafiando hábitos. Por eso, consiguen cambiar, poco a poco, actitudes. Me interesa, sobre todo, que la mayoría son desconocidas y no tienen una conciencia clara de lo que están haciendo, de sus pequeñas conquistas. Su único empeño es defender sus derechos y sobrevivir en ambientes hostiles.
Por eso, me interesa plasmar aquí este fragmento:
«Los hombres hacían las revoluciones y las guerras. Las mujeres las sufrían» (página 74)
Y, en esos momentos convulsos, las mujeres solas se conjuran sin palabras y, como os digo, sin conciencia de ello, para perder lo menos posible y sobrevivir a la guerra y a sus propios miedos. La vida, en un mundo que se viene abajo a sangre y fuego, tiene que estar en sus manos.
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Es curiosa la actitud de ellos, incluso de los revolucionarios, socialistas, comunistas, a los que se les presuponen ideas más avanzadas. La contradicción es que esos hombres que luchan por unas ideas de igualdad, después no aplican ni practican en su casa.
Por ejemplo, el padre de Melina, Pepín, que lucha tenazmente y de forma clandestina por los derechos y libertades, poniéndose en riesgo. Es un revolucionario que se implica con el levantamiento de los mineros en Asturias. Sin embargo, prefiere mantener a sus mujeres al margen, a pesar de que admira a las que participan y se fija en ellas. Como otros, valora el compromiso y la militancia de las mujeres, iguales que ellos en derechos, pero en casa actúan de otro forma.
Como veis, las revoluciones, la pelea por modificar las cosas, los progresos o las batallas se consideraban, hasta hace no demasiado tiempo, cosa de hombres. Y esto era así en toda la sociedad, incluso entre personas consideradas progresistas.
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El caso es que esos hombres pierden su revolución, la guerra y sufren la represión. Y, en esas duras circunstancias, las mujeres son el apoyo en casa y las encargadas de sostener a la familia cuando los varones mueren o caen presos. Ellas también sufren esa represión y, además, muchas de ellas, sufren en su hogar el maltrato y la desigualdad, el machismo, la imposibilidad de tomar decisiones y el rechazo a que estudien, porque deben encargarse de múltiples tareas, la primera y más urgente, sobrevivir y alimentarse, buscándose la vida.
En las páginas de este libro, se retratan perfectamente las inquietudes de una generación de mujeres, muchas anónimas y silenciosas, que sufren y que tienen que sacar adelante a sus familias en un entorno de miseria y hambruna. Y que, aún así, se revuelven contra esa sumisión que tratan de imponerles.
«Yo barría, hacía la comida y los recados. De emancipación, nada» (página 368)
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La guerra, con sus ausencias, silencios y miedos. Las ausencias de los que combaten. Los silencios y miedos de las mujeres al albur del azar que gobierna las guerras, donde ninguna suerte de destino o providencia procura a nadie caminos seguros.
Y ahí, están ellas. Esas mujeres que tienen que lidiar con la miseria y la pobreza que traen la guerra, que tienen que administrar la penuria con la sólida disciplina que requiere sobrevivir en las tormentas. Y con un espíritu envidiable.
«Cada día que pasa, estamos más cerca de que termine esta guerra» (página 86)
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Hay un aspecto que sobrecoge desde la primera página, te encoge el corazón. Es estremecedor cómo el padre rechaza a su hija, desde el día que nace. Cuando es una niña, percibe la lejanía de su padre, pero falta aún tiempo para que duela. Cuando es pequeña, baja a la carpintería y lo observa mientras trabaja. Le sonríe admirada y él le devuelve una mirada sin alma, vacía, con indiferencia.
De hecho, la guerra y esa cruel indiferencia desde que llega al mundo, hacen perder a nuestra protagonista algo de su alegría de siempre, aunque sigue siendo una cría risueña y avispada. No deja nada sin preguntar. Pero esa herida de ausencia le acompaña siempre, como un dolor constante que a veces cobra otras formas. La sólida carga de la ausencia paterna se hace más pesada aún con los desencuentros entre sus padres que inflan sus miedos.
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Ella desea que la abrace y lo busca sin palabras, le gustaría refugiarse entre sus brazos. Cuando está en América, le aprieta esa misma sensación de lejanía y desamparo, como la sólida desatención de su padre, como esas noches de desafecto que, ni siquiera la solícita disposición de su madre, alivia por completo.
Sin embargo, esa relación va evolucionando. Cuando va creciendo, en él hay un eco lejano de algo parecido a la admiración. Se da cuenta de que es una muchacha lista y capaz. Es verdad que no sabe quererla, pero está aprendiendo a verla como alguien respetable.
No obstante, algo hay positivo, ese desapego del progenitor es el verdadero motivo que la empuja a forjar su propia identidad y a labrar su autoestima.
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Y es en Buenos Aires, cuando empieza a descubrir que su padre es una persona admirada por otros revolucionarios, alguien que encarna lo mejor y más comprometido del republicanismo militante. Es el hombre que lo da todo por su fe socialista y a quien, salvo la vida y su familia, todo lo demás le es también arrebatado por el régimen franquista.
El hombre que le niega desde el día de su alumbramiento es un héroe para el mundo. Al menos para esa España del fracaso y del exilio. Ella se siente orgullosa, porque nunca ve a su padre como lo que probablemente es, un luchador entregado y dispuesto al sacrificio, quizá porque lo sacrificado es su familia. Para Melina ese papel lo encarnan las mujeres.
«Los hombres de su vida o no estaban o se empeñaban en imponer el camino a seguir» (página 350)
En Argentina se da cuenta que tiene muchas conversaciones pendientes con su padre. Y Pepín Fernández, un hombre al que le derrota la vida, le derriba la miseria, el no poder dar de comer a su familia, que piensa que ya no es nadie ni vale para nada, amargado por la sucesión de fracasos en que se ha convertido su vida, siente por primera vez en mucho tiempo que tiene algo por lo que sentirse orgulloso.
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Hay varias mujeres muy importantes en la vida de Melina.
La primera es su tía Lita que, ya desde pequeña, le pide que recuerde siempre que se tiene que hacer valer. Que por ser mujer, aldeana, sin estudios y pobre no es menos que cualquiera. Ni ella, ni Chayo pueden estudiar, pero ven, entienden y escuchan. Y no son tontas. Le transmite a su sobrina que, aunque sus hombres hablan de igualdad y tienen mujeres en el partido y en la guerra, quieren que las suyas se queden en casa.
«Todos los hombres que conoces hacen y deciden por nosotras, pero ni son más listos ni tienen mejor sesera» (página 94)
Sabe que hay mujeres que están diciendo y haciendo cosas para no ser solo las que trabajan en casa y tienen hijos. Quiere que Melina estudia, que lo consiga como sea, porque ella no pudo hacerlo.
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Es Lita quien juega con la cría, quien la lleva a pasear, quien le cuenta historias y la hace reír. Ríen las dos con ganas, a veces, por tonterías. Le enseña algunas letras antes de ir a la escuela e insiste para que la lleven.
Gracias a su tía, Melina va aprendiendo a hacerse valer, a pelear por su sitio, a ser mejor persona y mejor mujer, a querer y a darse a los demás, pero queriéndose a sí misma primero.
«La tía Lita poseía esa sabiduría con retardo de la inteligencia sin cultivar» (página 97)
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Asimismo, se fija constantemente en las mujeres que transmiten seguridad, las que son más fuertes, menos sumisas, como Elvirín, la tratanta, una recia pelirroja envidiablemente arrolladora; o Vicenta, la pescadera, que viene en tren desde la costa y canta su mercancía para vender y cambiar; o Doña Flora que regenta una tienda.
No necesitan un hombre en su vida, saben estar muy bien a lo suyo y con sus cosas. Hacen negocios sin ellos y se organizan sin el permiso de un hombre.
Melina, siendo todavía pequeña, hace un recuento de los hombres en su vida y, salvando a sus abuelos, ni uno solo de los otros ha traído nada bueno. Van con el dinero a casa, pero también con la guerra y con la violencia, con el dolor y la ira. Y con el miedo.
«Del primer hombre que debió ocuparse de ella no había obtenido más atención que el abandono» (página 149)
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Y otra mujer crucial en su destino es doña Lucrecia, la maestra. Le aconseja que estudie porque es lista y despierta, que no se deje vencer por los muchos obstáculos que le van a poner.
«A las mujeres siempre nos tocó trabajar más y sufrir más porque tuvimos la voluntad sometida a los hombres, y además de darles de comer y llevar la familia» (página 149)
La profesora le anima a no dejar de ser alegre, a no dejar de preguntar, le pide que siga siendo curiosa de todas las formas posibles. Es distinta, más buena, atiende y se preocupa más que el resto de las profesoras. Le insiste en que crea en ella, en lo que vea, en lo que haga y no en todo lo que le digan por ahí.
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También le anima a afrontar su viaje a América con valor, como se enfrentan los que progresan y cambian el mundo a la incertidumbre de sus propias acciones. Le indica que los miedos son los peores compañeros siempre, porque ciegan, cargan con pesos imaginarios, privan de toda claridad.
El temor a lo que pueda pasar hace sufrir por ello, anticipar el dolor no es prepararse para enfrentarlo, sino dar la batalla por perdida.
Siembra ideas que Melina nunca olvida y hace de ella una mujer libre que aspira a serlo cada vez más.
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Y otra de esas mujeres es Ana del Rio, por su firme determinación. Le recuerda que ha decidido ser fuerte, no someterse, vivir por ella. Afirma que eso asusta, claro que sí, pero ese temor le va a acompañar siempre, a cualquier edad.
«No someterse es un extravagante y carísimo ejercicio» (página 291)
A esas mujeres anónimas se unen otras, como Clara Campoamor, Concepción Arenal o Victoria kent. Mujeres valientes que han cambiado la historia desde el privilegio de hacerlo con las leyes, aunque luego el tiempo retrocede y sus logros deben esperar años más propicios.
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Por otra parte, es bonito cómo Melina se va acercando a la cocina. Primero de niña, junto a su madre:
«A Melina Fernández se le fueron quedando grabadas las medidas y los tiempos en algún lugar de la memoria»
Experimenta una hipnótica curiosidad sobre lo que tenga que ver con olores y sabores. Las guisanderas le parecen diosas al servicio de una liturgia misteriosa y seductora. Ellas aplican la medicina natural de los arbustos y las plantas, y cocinan para las ocasiones especiales. Quiere ser tan fuerte como ellas. Solas, duras, resistentes. Mujeres sin hombres, seres de fuerza y poder. Ellas.
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Melina vigila, observa, atiende y toma las medidas, hasta guisa. Ella se siente feliz a cargo de la cocina y escuchando las historias de su madre. En los libros y el fogón, se diluyen los dolores. Inventa comidas.
Y aprende con Adela, la guisandera, un ejemplo más de una mujer fuerte que inspira a nuestra protagonista. Bajo una tejavana pegada a su casa se almacenan trastos de cocina en una especie de alacena gigante. Se ordenan por tamaños y formas, hay desde un perol grande hasta cazos, ollas y sartenes en perfecta formación. Alrededor de la puerta hay plantas de yerbabuena y de menta, y macetas alargadas con manzanilla, romero, o hierba de San Juan.
Sabe de plantas y sabe sacarles lo mejor para que sirvan de alivio o de cura.
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Con esta profesional, acumula durante semanas conocimientos y trucos que alumbran nuevos olores y sabores. Es para ella una escuela para la cocina y para la vida. Con el tiempo conoce las flores que rodean la casa, el poder terapéutico de la salvia y la melisa, o cómo la milamores ayuda al sueño. Ha encontrado su camino. Sigue aprendiendo y anotando, descubriendo.
Y es otra mujer, Milia, quien le enseña a sacar la nata de la leche hervida y a darle al arroz con leche un punto preciso e inexplicable de dulce de canela y amargo de limón.
No obstante, con el tiempo, Melina quiere ser alguien más que la hija del carpintero que cose y cocina muy bien, que lee y escribe primorosamente. Quiere salir de allí.
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Teme a lo desconocido, pero más aún a la certeza de que su destino en Mieres es la frustración y el sometimiento.
«La voluntad de los hombres, hasta de los más buenos y sabios, era la barrera contra la que se despedazaban sus sueños. Por ser mujer» (página 249)
Se da cuenta que sus compañeras de la escuela están amargadas casi todas, con ganas de escapar, sometidas a la tiranía sobre la tiranía, multiplicada su ansiedad por lo que el país sufre, por el hambre pasada, por el dolor de los hombres en la cárcel y por no poder vivir sin su permiso.
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Intuye que el futuro ilusorio puede también ser engañoso. Más incluso que esa certeza de destino escrito. Le lleva tiempo decidirse, pero escoge saltar. Y, en la despedida, mira un buen rato a su tía Lita. La admira y le da pena que no ha podido estudiar, que ese talento se haya quedado sin aprovechar más que en casa, limitando su ingenio a lo doméstico o a la incomprensión.
Y decide no sufrir por los abandonos y las ausencias. Se despide y siente la soledad, ese vacío que le queda con los crueles abrazos del adiós. Y su padre.
«Le dejó una herida en la memoria y la voluntad renovada de nunca esperar lo que no estuviera en su mano» (página 255)
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En América sigue aprendiendo más de cocina, atesora recetas y palabras: chinchulines, bife, empanadas, locro -guiso de vegetales al que se añade carne de cerdo o de ternera-. Empieza a desenvolverse sola y convierte la cocina en un oficio, cree más en sí misma y los miedos ya no la atenazan.
Logra no tener miedo a una soledad de la que es capaz de disfrutar, no ansía afectos que no tendrá. Vive lo que tiene, queriendo ser cada vez más de lo que es. Aprende a hacer lo que hay que hacer, a vivir sin pedir permiso y procurando no arrepentirse.
«Disfrutar cuando las cosas salen bien y aprender cuando salen mal» (página 402)
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Durante toda la novela, me enternece la constante alegría de Melina. Cómo se siente vulnerable con la idea de que los hombres no solo dicen lo que hay que hacer, sino que obligan a hacerlo a la fuerza. Es muy lista.
Pronto empieza a entender que en ocasiones los adultos dicen una cosa cuando quieren decir otra y es en su rostro donde se ve la verdad. Ella quiere aprender, ser de todas partes, viajar, instruirse, descubrir, estudiar, porque aplicarse es labrarse el porvenir.
Y me ha impresionado cómo empieza a enseñar a un niño para que aprenda a leer y a escribir.
Me ha enamorado, como a Ana, su ingenua inteligencia, su desparpajo, su generosidad, sus ganas.
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Me ha encantado que, a la madre de Melina, Chayo, le guste leer. Dice que cada libro es una historia que hace vivir. Cuando lee, llora, a veces ríe, casi siempre se emociona. Lee a su hija en voz alta y parece estar dentro de cada historia.
La primera vez que Melina ve una biblioteca es el primer paraíso en el que desea quedarse, ese lugar imprevisto se le antoja hermoso, anhela descubrir los tesoros que esas estanterías esconden.
«Los libros, como las personas, solo tienen sentido cuando se viven» (página 165)
La madre no solo lee, interpreta. Lo hace con la apasionada intensidad de quien experimenta de verdad la emoción del relato. Ella es uno y todos los personajes al tiempo.
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Sin embargo, junto a esa parte tan entrañable, también he podido sentir el sufrimiento de Chayo, su angustia, la incertidumbre que delata la expresión contraída de su rostro. El miedo de una mujer dura y valiente a una miseria que acecha sin terminar de conquistar la casa. Y no la conquista por la forma en que ella administra la amenaza y busca socorro en caridades cercanas, y una inagotable capacidad para trabajar donde puede. Espera a su marido, pero sin aguardarle nunca para actuar.
«Quizás en aquella época mamó la dignidad y el orgullo de quienes no se dejan someter ni por lo inevitable» (página 185)
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En cada capítulo, en cada párrafo de esta narración hay un claro homenaje a todas que las mujeres que llevaban años desbrozando un camino de libertad, sufriendo incomprensión y negativas, injusticias y condenas, a las mujeres que se atrevían a avanzar solas y a tomar de la mano a otras mujeres convencidas de la incuestionable verdad de sus principios. El mundo estaba lejos de ser justo para ellas, pero gracias a ellas, el resto sabía por dónde había que avanzar.
Les ponían etiquetas, las catalogaban, las despreciaban. Y, aunque sabían que era muy probable que, en toda su vida, no viesen el mundo por el que habían luchado y en el que creían, no por eso, dejaron de hacerlo.
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Melina son todas las mujeres que creyeron que podían y lo intentaron. Las que ejercieron la independencia y se hicieron valer en tiempos difíciles. Las que abrieron el camino que hoy estamos transitando.
Como ha dicho Juan Ramón Lucas, habla de independencia, de dolor, del valor de la educación, de la fuerza inspiradora de las mujeres valientes que abrieron camino sin saber que lo estaban haciendo. Melina es un recorrido por su visión de esa realidad de mujeres que avanzaron contra su tiempo en un ambiente represivo y a menudo asfixiante. Y tiene mucho de simbólico y está llena de metáforas.
«Pensó en el mate como algo simbólico, como una metáfora de lo que empezaba a vivir. De la vida, de todas las vidas. Algo que se sabía amargo y había que tomar a sorbos. Algo escondido en un recipiente que no dejaba ver su interior y que era mejor disfrutar abriéndose a todas sus posibilidades. Podía quemarte, claro. Para evitarlo había que aplicar la paciencia y aprender de los demás» (página 328)
No puedo dejar de hacer referencia a otra. La metáfora del tren como comienzo y como destino. Mientras haya trenes habrá principio y fin.
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En definitiva, he disfrutado acompañando a Melina. Su infancia no es fácil, esperando a un padre que no llega, viendo a su alrededor muerte y desgracias, sangre y fuego en el aire y en los sueños, sufriendo en casa el zarpazo afilado de la pobreza y la represión de un régimen infame.
Pero no busca refugio en nada que no sea ella misma. Y en el ejemplo de mujeres que tienen que sobrevivir y aplicar un coraje para el que la tradición de hombres sostiene que no están preparadas.
Me quedo también en su forma de contar cómo la trató la guerra:
«Las guerras nos sacan lo peor y lo mejor. A mí me pasó por encima, pero me enseñó a ver cómo somos de verdad» (página 263)
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Es imposible no querer a Melina, esa niña que viene a destiempo, pero lo llena todo sin proponérselo. Esa niña a la que su madre abraza con esa intensidad indescriptible con la que la atrae hacia sí, comprometiendo su cuidado de por vida el día en que su padre pide una cuerda.
Por todo lo anterior, os invito a leer «Melina». Después, como siempre, cuando la hayáis leído, ¡dejad vuestros comentarios!
¡Gracias, Juan Ramón, por esta maravillosa novela. Me quedo con que la gratitud es la rutina de los generosos. Y que la vida es eso. Pasar en silencio, pero abriendo surco. Para sembrar. Y si es posible, disfrutar de lo recogido. Si es posible, naturalmente.
Mis fragmentos preferidos
«Porque la alegría es la barrera más eficaz contra la desolación» (página 87)
«Permanece en su memoria lejano pero preciso. Como los recuerdos de la infancia cuando se convocan» (página 99)
«Los recuerdos siempre desdibujan la realidad porque los guardamos a retazos, como fragmentos de un mosaico desordenado» (página 184)
«La memoria nunca borra las traiciones. Las entierra, todo lo más» (página 214)
«No soy yo quien te va a instruir, eres tú quien me convierte en alguien capaz de hacerlo» (página 229)
«Y selló la promesa con un beso de los que quedan para siempre en la imprevisible memoria de la piel» (página 251)
«Porque las cosechas, como las derrotas o los amores, no están nunca del todo en nuestras manos» (página 288)
«Un rumbo claro te arma mejor para superar las tormentas» (página 322)
Los fragmentos que me hicieron reflexionar
«De la guerra recuerda Melina silencios y ausencias» (página 75)
«El fracaso, como la muerte, es paciente y nunca avisa» (página 249)
«A veces la verdad puede quebrar asperezas como embota filos» (página 282)
«A veces, cuando los dolores son inevitables y las tragedias rebasan nuestra capacidad de acción, nos dejamos llevar sin preguntas, sin añadir a la tragedia el esfuerzo de entender» (página 392)
«Revisar tu vida desde la mirada franca de alguien que te ama puede ser un camino para iluminarla» (página 418)
«A veces las mentiras levantan edificios que son reales» (página 423)
Palabras aprendidas
- Azuela: Herramienta de carpintero que sirve para desbastar, compuesta de una plancha de hierro acerada y cortante, de diez a doce centímetros de anchura, y un mango corto de madera que forma recodo.
- Jato: Becerro o ternero.
- Tejavana: Tejado sin otro techo debajo. Edificio techado a teja vana.
- Cáfila: Conjunto o multitud de gentes, animales o cosas, especialmente las que están en movimiento y van unas tras otras.


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