Reseña El viñedo de la luna Mis Palabras con Letras

Reseña «El viñedo de la luna»

Autora: Carla Montero  

Páginas: 584

Curiosidades

Voy a iniciar la reseña de la novela «El viñedo de la luna»  comentando que tuve la ocasión de entrevistar a su autora, Carla Montero.  Entre las doce preguntas, como suele ser habitual, le pedí que me recomendase uno de sus libros y esta fue su respuesta:

«Yo te recomendaría todas, claro. Pero ya que estoy de promoción de «El viñedo de la luna», mi última novela, publicada hace apenas un mes, voy a decidirme por ella. Más allá de lo que dice la sinopsis del libro, «El viñedo de la luna» es una lectura ágil y amena, con unos personajes con los que se empatiza rápidamente y se llega a compartir con ellos sus miedos, sus dudas, sus alegrías… Además, aborda un tema tan interesante como poco conocido: el de las relaciones que, durante la Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi de Francia, se establecieron entre el mundo del vino francés y el invasor alemán. Se trata este de un momento histórico lleno de anécdotas, intrigas, ambición, traiciones, amor… Todos los ingredientes para construir una buena historia».

Fue tan convincente en su respuesta, que sí, me persuadió.  Tenía que leer su última novela.

La autora madrileña ha dicho:

“Las mujeres solemos escribir novelas menos bélicas y más de personajes, al final, la Segunda Guerra Mundial es el contexto. Cuando escribe un hombre se suele enfocar más en los momentos bélicos, en las batallas; yo me quedo con los personajes. Las generalizaciones no me gustan, por eso, insisto, mis novelas no son de guerra, son novelas de personajes en un ambiente bélico”

La escritora, cuando tiene que elegir una protagonista, espera que sea especial, no una persona anodina.  Tiene que ser alguien sobre la que interese contar su historia, mujeres heroínas, heroínas auténticas. Eso sí, no hace falta que sea fantástica y que no tenga ningún defecto.  Eso tampoco sería interesante, tienen que ser reales.  Y le gusta señalar que, en un momento de nuestra vida, todos somos héroes, puesto que las circunstancias nos obligan a ello.  Estoy de acuerdo, somos héroes anónimos.

Por tanto, sus protagonistas son heroínas anónimas.  Mujeres que, muchas veces, se ven forzadas por la situación.  Y más teniendo en cuenta que, por ejemplo en esta novela, viven en contextos bélicos o contextos complicados.  Y, al final, en estas circunstancias tan complicadas y excepcionales, hay dos opciones.  La primera es esconder la cabeza debajo del ala y esperar a que pase lo antes posible, sin querer saber nada.  La segunda es tirar para adelante y sacar fuerza de donde sea posible.  Y ese segundo tipo de personaje es el que a ella le interesa crear y a mí, como lectora, descubrir.

Otro aspecto importante en el libro es que viajamos hasta Borgoña.  Carla Montero estuvo allí e hizo catas.  Desde luego, no pretendía escribir un tratado de enología, ya que su obra es una novela, no un ensayo o un estudio.  Pero, conocer la zona era fundamental para dar esas pinceladas a la ambientación, pinceladas que, para adentrarnos en el relato, son imprescindibles.  Y se nota que visitó el lugar.  Por eso, en el libro hay cosas, datos e información muy curiosos y se aprende bastante.  Y resultan interesantes hasta para aquellos lectores que no sean especialmente aficionados al vino.

Me quedo con que Borgoña es una zona muy especial y vinculada al vino.  Se hace vino de una forma muy diferente, dentro de unos básicos para todos, y la tierra de donde sale la uva es muy importante. Ellos tienen una cultura muy distinta de aproximación al vino, de la consideración de dividir las parcelas y catalogar los vinos. Sorprende, porque es muy diferente a lo que se hace aquí, en nuestro país.

La novela se ambienta en un episodio concreto de la Segunda Guerra Mundial: la invasión nazi de Borgoña.  Y la autora se ha centrado en ese momento por lo singular y desconocido de las relaciones que se establecen entre el mundo del vino en Francia y el ocupante alemán. Hay que tener en cuenta que el vino, para los franceses, era entonces y sigue siendo hoy, un tesoro nacional y, para los alemanes, se trataba de una joya, un símbolo de estatus, de poder y de lujo, además de un recurso económico importantísimo.

Por este motivo, se convierte en objeto de expolio dentro del proceso de apropiación económica y cultural del Tercer Reich en los territorios ocupados.  Es bastante conocido el expolio del arte que se produjo, sin embargo, no sucede lo mismo con el del vino.

Sinopsis

Una familia asediada por la ocupación nazi.

Una exiliada española tras el tesoro vinícola más preciado del mundo.

Un triángulo amoroso marcado por el deber, la fidelidad y la pasión.

Tras su precipitado matrimonio con Octave de Fonneuve, Aldara, refugiada de la Guerra Civil, llega al Domaine de Clair de Lune, una imponente bodega de Borgoña. Cuando estalla la guerra en Francia, su marido cae prisionero y la deja sola frente a los recelos de su suegro, el acoso de su cuñado y la ocupación alemana. Con todo en contra, su amor y su lealtad hacia Octave la llevarán a tomar las riendas de un negocio amenazado por la rapiña nazi.

Sin embargo, su determinación será puesta a prueba cuando aparezcan dos hombres: un teniente alemán, que se aloja en la mansión, y un piloto aliado caído, al que esconde de la Gestapo. Implicada en la Resistencia francesa, atrapada por las intrigas y los secretos de su familia política y perseguida por los fantasmas de su pasado, Aldara se ve obligada a sobrevivir a uno de los momentos más difíciles y apasionantes de la historia.

Después de éxitos como «La tabla esmeralda» o «El jardín de las mujeres Verelli»  vuelve Carla Montero con su novela más épica: una saga familiar de sacrificio, amor y traición ambientada en el mundo bodeguero de la Francia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial.

Mi opinión 

Estructura

El libro «El viñedo de la luna» se divide en distintas partes. Comienza con un Prólogo: Octubre de 1943.

Y continúa con los capítulos.

  • Septiembre de 1939
  • Octubre de 1939
  • Junio de 1940
  • Julio de 1940
  • Agosto de 1940
  • Septiembre de 1940
  • Noviembre de 1940
  • Diciembre de 1940
  • Enero de 1941
  • Febrero de 1941
  • Marzo de 1941
  • Abril de 1941
  • Mayo de 1941
  • Junio de 1941
  • Agosto de 1941
  • Septiembre de 1941
  • Octubre de 1941
  • Diciembre de 1941
  • Enero de 1942
  • Marzo de 1942
  • Abril de 1942
  • Mayo de 1942
  • Julio de 1942
  • Agosto de 1942
  • Octubre de 1942
  • Noviembre de 1942
  • Febrero de 1943
  • Marzo de 1943
  • Abril de 1943
  • Mayo de 1943
  • Junio de 1943
  • Agosto de 1943
  • Septiembre de 1943
  • Octubre de 1943
  • Diciembre de 1943
  • Enero de 1944
  • Febrero de 1944
  • Marzo de 1944
  • Mayo de 1944
  • Julio de 1944
  • Agosto de 1944
  • Septiembre de 1944
  • Octubre de 1944
  • Mayo de 1945
  • Diciembre de 1945
  • Julio de 1946
  • Noviembre de 1946

Después, hay un Epílogo: Julio de 1955.  Y finaliza con «Agradecimientos».

El libro está escrito en tercera persona y en pasado.

La historia

«El viñedo de la luna»  es la historia de Aldara, una refugiada de la Guerra Civil, recién casada, que llega al Domaine de Clair de Lune, una imponente bodega de Borgoña. Cuando estalla la guerra en Francia, su marido cae prisionero y la deja sola frente a los recelos de su suegro, el acoso de su cuñado y la ocupación alemana. Ella es una mujer desconocida y de un entorno que no es el de la familia de su cónyuge.

A la protagonista, la vida que ha tenido, le hace ser fuerte, valiente y obstinada, su forma de ser resulta muy atractiva para todos los que la rodean.

Por tanto, nos adentramos en una saga familiar, con secretos y relaciones difíciles, dentro de un ambiente bodeguero en la Borgoña francesa, ocupada en ese momento por los nazis.  En definitiva, el escenario es la II Guerra Mundial y el expolio de las bodegas de Francia durante la ocupación de referencia.

Y, por supuesto, aprendemos mucho de vino.

Por ejemplo, el dato de que, en el año 1871, la filoxera llega al país y hay que arrancar las viejas vides francesas y sustituirlas por otras americanas para combatir aquella horrible plaga, que está acabando con los viñedos.

O los lugares de Francia con los mejores viñedos: Burdeos, Borgoña, Champagne, el valle del Loira, Armañac.

También sobre los vinos de los tres emperadores, la selección de los vinos más excelentes que se pudo hacer en 1867 para servirlos a lo largo de la conocida como Cena de los Tres Emperadores: un madeira de 1846, un jerez de 1821, un borgoña Chambertin de 1846, un champán Roederer y cuatro Burdeos: un Château Margaux, un Grand Vin de Château Latour 1847 y un Château d’Yquem, todos de 1847, y un Château Lafite de 1848.  Un tesoro de valor incalculable. No son sólo buenos vinos con una bonita historia.  Son un símbolo de su patria y de su estatus.  Son la esencia de los Montauban, de Francia incluso. Un pedazo de la historia y de su historia.

«Y rendirlas supondría entregarnos al invasor, reconocer que nos ha vencido.  Supondría claudicar a su dominio y diluirnos en él» (página 130) 

A través de varios pasajes del texto, nos percatamos de que la historia afecta a la naturaleza:

«Por eso, será mala la cosecha del año en el que empieza una guerra y buena la del que termina» (página 16)
«Todo el mundo anticipaba una mala cosecha.  Debido a la falta de mano de obra y a los combates sobre el terreno de la Côte d’Or, no se habían podido trabajar bien los viñedos y la producción había sido escasa.  Tampoco el clima había servido de gran ayuda, con una serie de días secos y calurosos al comienzo de primavera y demasiado frescos y lluviosos cuando la uva estaba madurando, lo que había resultado en un fruto bajo en azúcares y pobre en levaduras» (página 83)

Y sobre la importancia de la luna:

«La luna decide cuándo se poda, cuándo se injerta, cuándo se vendimia… Ella rige los trabajos en el viñedo y en la bodega» (página 34) 

Nos aproximamos a numerosos términos relacionados con el vino: climats, como se refieren los borgoñeses a sus parcelas viñas, es un terreno con una serie de atributos naturales; grand cru, vinos únicos, excelentes; tipos de uva, pinot noir y chardonnay; vin jaune -un vino dulce-; el oídio y el mildiu de las vides; cuvée; el terroir, esa parcela en donde se da una uva de características únicas; las Appellations d’Origine Contrôlée, las denominaciones de origen controladas; pinard, el vino de peor calidad; la concentración de anhídrico sulfuroso tras las primera fermentación; trasegar; componentes tartáricos; chaptalización, clarificado; sarmientos, pámpanos; aligoté, una variedad de uva autóctona que se usa para vinos blancos, da muy buenos resultados si se trata bien y su cultivo es menos exigente; la ouillette, una curiosa regadera con un pico muy largo; hollejos; pepitas; cristales de tartrato; lías; vapores de etanol; crémant…

Incluso recibimos una lección sobre la clasificación de los climats de Borgoña, la primera en 1861.  Y cómo se aprobaron las denominaciones de origen en 1937.

Reparamos en la época adecuada para vendimiar:

«Lo cierto era que hacía demasiado frío para la época del año, a final del verano.  Por eso no se había podido vendimiar todavía, le había explicado Octave, porque con las bajas temperaturas y las lluvias del estío la uva no había concentrado suficiente azúcar» (páginas 30 y 31)

Incluso saboreamos un buen vino, un Santenay Clos du Roi de 1928:

«Olía y sabía a frutos rojos, claro, porque todo los vinos tintos huelen y saben a frutos rojos, pero sobre todo destacaba el cassis o la grosella negra, y también el regaliz y la pimienta, aunque un final fresco, floral» (página 169)

Además, tenemos la oportunidad de acercarnos a la viticultura borgoñesa, que es compleja y está llena de particularidades en comparación con otras denominaciones.  Hay que ir poco a poco, rompiendo ideas preconcebidas sobre todo lo que es el cultivo de la uva y la producción de vino.  En Borgoña, todo es diferente.

Allí se utilizan casi exclusivamente dos tipos de uva, la pinot noir para los vinos tintos y la chardonnay para los blancos. Y es el climat el que consigue esa enorme diversidad de vinos que ofrece la región.

Al mismo tiempo que Aldara, junto a ella, nos enteramos de cómo se elabora el vino, desde que las uvas entran en la bodega hasta que su elixir sale dentro de una botella.  Aparentemente es un proceso sencillo, con pocos pasos.  No obstante, en cada uno de aquellos pasos intervienen cientos de matices, se aplican siglos de sabiduría y tradición.  Elaborar vino, sobre todo vino de gran calidad, tiene mucho de alquimia.

Con ella aprendemos a saborear la acidez, el metal y la madera, la fruta siempre presente; a percibir esa sensación rugosa en el paladar o, por el contrario, suave y mantecosa; a reconocer aromas y colores; a distinguir los vinos jóvenes de los viejos.

Y paseamos con ella por el viñedo:

«Sintió la tierra crujir bajo los pies, acarició los pámpanos de un verde intenso, sostuvo los racimos de uvas entre las manos, prietos y henchidos, casi listos para la vendimia, y palpó los retorcidos sarmientos de la vid» (página 43)

Como ella, recibimos lecciones, empezando por entrenar el olfato, penetrar en el cuerpo y el alma del vino; seleccionar los racimos listos para vendimiar y cortarlos con una tijeras de podar; a celebrar el final de la vendimia con una gran fiesta, la Paulée: a decorar las carretas con flores y hacer coronas para las mujeres, que luego adornarán las puertas de las bodegas durante todo el año.

Nos enteramos de que el vino en Francia es una cuestión de Estado: el elixir del pueblo, el combustible del soldado; que el tiempo de vendimia siempre ha sido un tiempo de fiesta.

Descubrimos los efectos de la guerra en el mundo del vino: falta de materias primas, de pesticidas, no hay casi cobre ni azufre para fumigar y abonar, el combustible es escaso, también el azúcar, el corcho para tapones, el vidrio para botellas, las cápsulas metálicas; han quedado los peores animales en los establos para trabajar el campo y falta mano de obra, porque muchos hombres continúan prisioneros en Alemania. Esa escasez se nota también en la alimentación y en el uso de cartillas y cupones, en las menguantes reservas de harina de trigo.

Asistimos a cómo se intensifica el trabajo en el Domaine de Clair de Lune en mayo.  Es el tiempo de comprobar los resultados de la poda de invierno y hacer las correcciones necesarias, de controlar la humedad y las malas hierbas del suelo y de prevenir la aparición de plagas de hongos e insectos.

Y como, en junio, las vides ya están verdes y frondosas y lucen sus pámpanos cargados de hojas; de entre ellas, asoman los pequeños racimos.  Tras la floración, se ha producido el cuajado y empiezan a crecer uvitas como guisantes.  Es también el momento de hacer un cálculo estimado de la producción.

En agosto, a poco más de un mes de la vendimia, las vides resplandecen.  Es tiempo de envero, los racimos, gruesos y con el fruto bien apretado, empiezan a tomar su característico color púrpura oscuro, casi negro.

En otro orden de cosas, nos adentramos en cómo eran los campos de refugiados de Francia, en los que estuvieron los españoles escapando de la Guerra Civil:

«En Gribeauval tenían dormitorios con camas y mantas, una cocina en la que las mujeres españolas preparaban como podían los platos que recordaban a la tierra, una escuela para los niños, un médico y una enfermera que los visitaban cada poco.  Podían ganar algo de dinero haciendo trabajos aquí y allá y gastarlo cuando salían a pasear por la ciudad en un café con un pastel o en unas medias de seda» (página 33)

Y un campo de oficiales en Alemania, a través de las cartas de Octave.  Mediante esa correspondencia, vivimos su paso por un campo de prisioneros, cómo su estancia allí hace mella en su salud y en su entereza y lo más descorazonador es la falta de horizonte con el fin de ese calvario.  Su ánimo cada vez es más apagado.

Normalmente no pasan más de tres semanas entre carta y carta, cartas que tienen que pasar la censura.

Y, vemos como, con el fin de las hostilidades, la comunidad de viticultores, productores y comerciantes de vino, apoyan la actitud servil del mariscal Pétain.  Nadie quiere un conflicto largo con un altísimo precio en vidas humanas como el anterior, creen que ese acuerdo será ventajoso para el país.  En realidad, no hay nada de glorioso ni ventajoso en ceder la soberanía a otro país, ni en someterse a sus principios, a sus normas, a sus exigencias y tirar por la borda sus principios.  Pero es más sencillo estar al lado de los vencedores.

«Dadas las circunstancias, Pétain había buscado la mejor salida para Francia y los franceses, se notaba que lo había hecho pensado en ellos, en su bienestar y el de sus familias.  Eso decían» (página 65) 

Los alemanes quieren comprar vino y tienen marcos. De inmediato, el vino se convierte en uno de los productos prioritarios del plan de adquisiciones de Alemania.  El vino es un símbolo de prestigio, sofisticación y poder.  Desde Berlín llegan auténticos expertos en vino, cuya misión es organizar compras masivas de la preciada bebida, que se derivarán a Alemania para su reventa al extranjero o para consumo interno.

«La denominación oficial de estos delegados fue Beauftragter für den Weinimport Frankreich.  Un nombre demasiado complicado para los franceses, quienes no tardaron en rebautizarlos, con bastante sorna, como Weinführers, los führers del vino» (página 89)

Asimismo, nos enteramos de que muchos mensajes se acumulan en el Kommandantur de franceses delatándose y acusándose entre ellos.

«Pero dejó un mensaje claro: andad con cuidado, que quien más daño os puede hacer está entre vosotros.  Y no le falta razón» (página 157) 

Sin embargo, por otro lado, en algunos lugares, como en Mont-lès-Seurre, hay gente que ayuda a cruzar clandestinamente el río Doubs a la orilla en zona libre.

Son las dos caras de la guerra, siempre presentes en cualquier conflicto.

Hay referencias también a enfermedades, como la apoplejía:

«La mitad derecha de éste estaba totalmente paralizada; la otra, rígida y agarrotada.  Hablaba con tanta dificultad que no se le entendía.  Sólo podría tratar líquidos y purés.  Tenía lagunas de memoria y entendimiento.  Y se pasaba la mayor parte del día dormitando.  Sin embargo, era consciente de su estado y de todo a su alrededor» (página 231)

Incluso descubrimos alguna moda del momento.

«Enseguida obtuvo la aprobación del resto, pero el interés de sus amigas no tardó en desviarse en cuanto una de ellas sacó el tema de la moda de teñirse las piernas y pintarse una raya por detrás para imitar el efecto de las cada vez más escasas medias de seda» (página 252)

Nos enteramos de cómo empezó a gestarse la Resistencia y lo que tuvieron que ver los españoles en ese inicio.  Y cómo, en el verano del 41, se organizan los primeros grupos de lucha armada con el material que los ingleses empiezan a lanzar en paracaídas o con lo que se incauta a los depósitos alemanes.  Con explosivos, detonadores, armas y municiones, los sabotajes se vuelven más espectaculares.

Se hacen descarrilar trenes, se vuelan líneas de alta tensión, se atacan patrullas de alemanes y puestos de vigilancia antiaérea.  Las mujeres también se incorporan a la lucha, llevan órdenes, octavillas, dinero, documentación falsa, municiones, recorren largas distancias, empuñan armas cuando las hay o ayudan a quien necesite escapar de las garras de los nazis y la policía francesa.

También se habla de las «líneas de evasión» o «de escape».  Redes clandestinas de personas que ayudan a huir hacia Inglaterra a aviadores caídos, a prisioneros que se han escapado de los campos alemanes, a judíos, a todo el que huya de los nazis.  Las coordinan y les dan apoyo desde Londres, pero en su mayoría las integran locales.  Cuando alguien cae, toda la red se resiente.

Los alemanes tienen colaboradores, infiltrados e informadores en todas partes, no se pueden fiar de nadie.  Lo bueno es que, tan pronto como unos caen, otros se organizan.

Otro tema del que se habla con detalle es la vida de los pilotos aliados.  Ellos hacen un tour, el número máximo de operaciones, o misiones, que se pueden volar antes de tomar un descanso.  Son treinta en total, siempre que se haya alcanzado el objetivo.  En ningún caso se puede superar las doscientas horas de vuelo.  Después se dedican unos meses a seguir formándose, a formar a nuevos aspirantes, a vuelos de prueba.  Si no es así, se produce la fatiga de combate.

En un momento de la guerra, las misiones de bombardeo consisten en vuelos nocturnos, de entre siete y diez horas de duración, a veinte mil pies de altitud.  La tripulación se enfrenta a las inclemencias del tiempo, a posibles fallos técnicos, al fuego de las baterías antiaéreas alemanas y a los ataques de los cazas.

«Cada tripulante de un bombardero tenía más de un sesenta por ciento de posibilidades de no sobrevivir a su primer tour de operaciones.  Tal cifra se elevaba hasta más del ochenta por ciento en el caso de ir a segundo tour» (página 378) 

La tripulación es como una familia, sus hermanos.  Cuando vuelan juntos, se sienten en el avión como los órganos vitales de un solo cuerpo.  Son más que un equipo, son una unidad.

Y, tal y como le ocurre a Aldara, nos familiarizamos con el Lancaster, las misiones, un tour de operaciones, una cookie, un bombardeo nocturno…  Sabemos lo que cuesta llegar allí y los altísimos riesgos de cada salida.  Podemos sentir la excitación y el miedo en la boca del estómago.

Deben tener cuidado con exceso de confianza.  Las misiones más peligrosas son las cinco primeras, por inexperiencia, y las cinco últimas, por agotamiento.  Un ochenta por ciento de los miembros de una tripulación no completa su segundo tour.

Asimismo, descubrimos cómo viven los maquis, a la intemperie, alimentándose como pueden, luchando sin armas y sin entrenamiento, expuestos a las redadas de los alemanes y la policía francesa.

Los personajes

Pierre Brocan es el orgulloso maître de chai -el jefe- de la bodega, que acumula muchos años de experiencia y no comete errores con asuntos serios.  Su rostro es redondo y arrugado, sonríe con afabilidad.  Entre los pliegues de la piel, asoman unos ojos chispeantes, ligeramente achinados por la sonrisa.  Cuando se quita la boina, su cabeza está cubierta por un espeso cabello blanco.  Con él, Aldara empieza a apreciar el vino. Le enseña cómo se elabora el preciado caldo.

Auguste de Fonneuve es el marqués de Montauban.  No es alto y tiene escaso cabello en la coronilla. Participa en la primera gran guerra y no puede olvidar los horrores, la penuria de las trincheras, lo salvaje del combate, los rostros de los compañeros, abatidos, los del enemigo. Es un hombre enérgico, de aspecto imponente y de talante animoso, elegante, de cabello canoso y ralo pegado al cráneo.  Sus labios apretados parecen desaparecer bajo un fino bigote negro.  Sus ojos claros son grandes, de mirada penetrante.

En conjunto, su expresión no resulta en absoluto afable.  Viste con formalidad y la cadena de un reloj brilla sobre la tela gris de su atuendo.  Su voz resuena grave y profunda como la de un ogro. No es un hombre de andarse por las ramas.  Le puede el temperamento, pero es muy inteligente, tiene sobrada experiencia. Es un hombre de principios, obstinado y patriota francés hasta la médula. No es un hombre dado a mostrar abiertamente sus emociones.

Octave de Fonneuve es el hijo de Auguste.  Siempre le han amedrantado los arranques de genio de su padre.  No es un adonis, ha sido un niño enfermizo y débil y un adolescente desgarbado que es objeto del acoso y las burlas de sus compañeros de escuela.  Incluso, cuando es estudiante universitario, sufre las bromas más pesadas a cuenta de su apariencia.  Es demasiado alto y demasiado delgado, demasiado pálido y demasiado rubio.  Su rostro es fino y alargado, destacando unas orejas, una nariz y unos incisivos demasiado grandes.

Su voz atiplada y sus maneras delicadas no contribuyen a mejorar el conjunto.  Pero es un hombre inteligente, compasivo, afectuoso, noble; una gran persona, en definitiva.  Aunque inseguro y acomplejado.

Aldara Saurí es la esposa de Octave, con ojos de un color azul porcelana, piel bronceada y cabello oscuro, es guapa.  Su figura es alta y delgada, en la que ella siempre echa de menos más busto y más caderas.  Una cicatriz le recorre la mejilla izquierda desde cerca de la comisura de los labios hasta la oreja. Es española y llega a Francia huyendo de la Guerra Civil. Tiene clase y es bella, elegante y educada, muy culta, habla perfectamente francés.  Es una refugiada.

Su marido la inspira una inmensa ternura, siente la necesidad de protegerle como a un niño, pero, a la vez, se siente segura y protegida a su lado. Es inquieta y curiosa, apenas necesita una chispa para apasionarse, tiene talento, pone empeño y aprende rápido, no tiene reparos en remangarse y siempre hace preguntas aquí y allá. Por los sinsabores de la vida, es recelosa por naturaleza. También es obstinada, impulsiva y respondona.

Lucienne es la esposa de Auguste, una mujer muy solemne, guapa y elegante, perfecta para lucir en sociedad.  Pero extremadamente caprichosa y con tendencia a la melancolía y el ensimismamiento, exigente, puntillosa, desapegada y desdeñosa. Es rígida, crítica hasta lo hiriente, fría. Siente devoción por su hijo menor.  Lo mima y lo protege en exceso, le consiente todos los caprichos, le ríe todas las gracias y le adula continuamente. Es problemático desde niño.

Marguerite Antoinette de Fonneuve es la hermana de Auguste, hermosa y una cabeza loca. Posee talento, un buen paladar y un buen olfato. Es la alegría de la casa, dulce, ingeniosa, cantarina. Pero tiene muy poca sensatez.

Pascal es el inquietante criado de Auguste, como su sombra o su perro guardián, una sombra inquietante.  Nacido en Saint-Denis, un distrito obrero en la periferia de París, es un hombre muy grande y fuerte. Su rostro es oscuro, moldeado a pliegues y de rasgos deformes.  Resulta siniestro por silencioso e inexpresivo, con su rostro grande en el que se juntan nariz y una boca torcidas y pequeñas y un par de ojos sin cejas ni pestañas, redondos y negros como diminutos botones sobre una piel tirante en la que se aprecian cicatrices de quemaduras.

Es sordomudo, pierde el oído y el habla en la guerra, se quema con gas mostaza.  Pero es buena persona, extremadamente leal.

Las damas del lugar, seis señoras y tres señoritas muy emperifolladas, de nombres rimbombantes y apellidos muy compuestos, con sus sonrisas falsas y sus lenguas bien afiladas.

Entre ellas, Madeleine Perroux, la líder indiscutible del grupo. Ella acapara toda la conversación.  Se trata de una mujer dotada de elegancia y refinamiento, alta y delgada, su rostro es afilado, enjuto y surcado de arrugas, su gesto altivo, su cabello gris recogido en un adusto moño le confiere el aspecto de una agria institutriz. Es una mujer de armas tomar, le gusta rodearse de una corte de aduladoras y ser la gallina que más cacarea del gallinero.  Mete sus narices en todo, es miembro de todas las asociaciones locales.

Blandine es su hija, una espigada joven de ademán desganado, que suele poner los ojos en blanco al hablar.

Véronique es otra joven.

Pacita Jordá es amiga de Madeleine Perroux, es otra refugiada de la guerra en España, es una mujer cultísima y una pintora excelente, casada con el que ha sido agregado comercial en la embajada de Bruselas.

Sabine Jourdan es otra de las damas.  Tiene una cara sonriente de rasgos un tanto masculinos.  Está casada con el administrador del Domaine de Clair de Lune, Antoine.  Tiene seis hijos, todos varones, de entre siete y dieciséis años.  No tiene nada que con las otras damas de la zona, es una mujer normal, una mujer estrafalaria que luce el cabello canoso cortado como un hombre y siempre viste pantalones y calza botas, salvo los domingos y fiestas de guardar, que se pone vestido para ir a misa.

Enérgica, divertida, sencilla, sin pelos en la lengua y tremendamente práctica, se convierte en la perfecta compañera y consejera de Aldara. Posee una imaginación tendente al dramatismo. Vive cerca del Domaine, en una casita de dos pisos construida hace más de un siglo en piedra con el teja de pizarra, Le coin de la mousse, por el musgo que cubre el cercado de piedra.

Vincent es el hijo primogénito de Sabine, es un gran tirador, posee genio y determinaciónJean es el quinto hijo de los Jourdan, siempre anda merodeando por el Domaine, se lleva bien con Pascal. Gaston es otro de los hijos.  André es el cuarto de los chicos.

Simone es la cocinera del Domaine, una mujer con mucho carácter, pero buen corazón.

Claire es la hija (ahí lo dejo).

Jacques es el mayordomo.

Friedrich Doerrer es el Weinführer para la zona de Borgoña.  Se instala con toda su camarilla en el Hotel de la Poste, el más lujoso de la ciudad.  Es un reputado comerciante de Múnich, que antes de la guerra importa los mejores vinos del Domaine de Clair de Lune, un buen profesional.

Romain es el otro hijo de Auguste, el hijo pródigo, el menor.  Asegura que ha cambiado y ha madurado.  Es moreno, con unos grandes ojos oscuros que parecen iluminarle todo el rostro de piel tostada, posee un porte alto y atlético.  De carácter extrovertido, transmite seguridad y confianza.  Una voz profunda y bien entonada contribuyen a ellos.  Se muestra divertido y alegre.

Dieter Lutz es un agente comercial especial del mariscal Hermann Göring.  Es un alemán bajito, grueso, calvo, con bigote prusiano y unos anteojos de clip.  Pese a no vestir uniforme, se comporta como si lo llevara.  Está a cargo de la colección de vinos y bebidas espirituosas del mariscal.  Se encarga de que en su bodega sólo entren las mejores botellas, las más exclusivas.

Hermann Göring es un mariscal nazi que tiene una colección de vinos y bebida espirituosas.  Quiere en su bodega los mejores vinos, sobre todo, franceses.  Puede ser un hombre muy persuasivo y generoso.

Jean Luc de Fonneuve de Montauban es el padre de Auguste.

Luis Roederer hijo hace el champán Roederer, el único que se embotella en vidrio transparente.

Adolph Segnitz sustituye a Doerrer.  Ya ha tenido tratos con los comerciantes y bodegueros de Borgoña antes de la guerra. Es un gran profesional, que conoce en profundidad el mundo del vino y que ha demostrado honradez y buen hacer en sus negocios. Suele pasearse con su abrigo Loden de color verde oscuro y su sombrero por las calles de Beaune, donde le gusta detenerse a tomar un vino y hablar con la gente, en un francés perfecto, siempre afable y sonriente.

Franz Schutter es un soldado alemán.

Hubert Eberhart es el teniente alemán que se aloja en el château.  Le gusta el orden, algo que ha aprendido en el ejército.  Se instala con un tocadiscos portátil, un bloc de dibujo, una caja de lápices y la máquina fotográfica.  Realiza estudios de ingeniero agrónomo, el último año lo cursa en Francia y se enamora de la cultura, la gastronomía y su modo de vida.  Es el ayudante personal de Adolph Segnitz en la Agencia para la Importación de Vino de Francia, una posición administrativa, lejos de combate.

Se reconoce tímido y reservado. Su cabello es castaño, casi dorado, los ojos grandes.  Su expresión es dulce y amable, cohibida.  No tiene cara de rudo soldado, ni una clara vocación militar, pero sí un elevado sentido del deber y la responsabilidad.  No le gusta hacer la guerra, pero le apasiona el mundo del vino. Adolph Segnitz es su superior.

Helene Berman es una mujer joven, de aspecto algo demacrado pero bonita.  Lleva de la mano a una niña de unos tres años, su hija Sophie.  Tiene acento extranjero, no es de la zona, lleva menos de un mes viviendo en casa de madame Marie Ferrand (una mujer de anchas espaldas), una pequeña casita con jardín frente a la fábrica de mostaza, rodeada de macizos de hortensias.  Es una mujer culta, formada, quizá con una dignidad una pizca excesiva, menuda, frágil, desvalida.

Según unos, es viuda, según otros, a su marido le han arrestado los alemanes por ser judío. Su marido es Paul, ingeniero y un muchacho encantador.  Es austriaco, como su esposa, pero tiene que huir cuando en su país se empiezan a ponerse las cosas feas para los judíos.

Anna es la doncella que a veces hace de niñera.

Hetta es la vieja ama en casa de Hubert, la vieja cocinera que le prepara de mil amores ese bocadillo de ternera asada con queso, mostaza, pepinillos y pan de centeno que tanto le gusta.

Jodl es el mejor amigo de Hubert desde el Kindergarten. Es judío.

Los Eberhart producen los riesling en sus bodegas de Rheinegau, en la bodegas familiares de Wiesbaden. Son de Rüdesheim, una pequeña localidad a orillas del Rin.

Monsieur Ducas es el representante en Beaune del PPF, el partido fascista.  Se trata de un cuarentón alto y delgado, de rostro afilado y cetrino en el que destaca un bigotito.  Luce en la solapa de la chaqueta un pin con la esvástica.

Meissner es un capitán de las SS con sonrisa complaciente en su cara de bruto.

Poiret es un agente, un gendarme.

Lapierre es un médico con rostro de Quijote, se asemeja a un viejo y severo profesor.

Christoph y Annelise son sobrinos del teniente Eberhart, hijos de su hermana, Astrid, casada con un capitán de submarinos, Max.

La madre Inés es una monja.

Heidi Schäffer es una Helferin simpática.

Étienne y Cécile Bernard son vecinos de Aldara, sus tierras lindan con alguno de sus climats, lo que están al otro lado de la carretera.  Tienen siete hijos. Sus tierras se encuentran en estado de abandono.  Son viticultores, no productores, sólo hacen vino para su propio consumo, y viven de vender su cosecha a las bodegas.  Él está enfermo, triste y decaído por la guerra.

Benoît es el hijo mayor, deja la escuela en cuanto cumple los catorce años y se coloca de mozo en la fábrica de toneles.

Alex y Alice son otros de los hijos.

El padre Bonnot es un sacerdote.

Von der Schulenburg es un teniente general, amigo del padre de Hubert, ambos combaten juntos durante la Gran Guerra.  Pertenece a la casta militar prusiana más tradicional, es un patriota alemán, monárquico y anticomunista hasta la médula, pero no un nazi.  Y siente predilección por los buenos vinos.

Adelina Costa, Lina, es una amiga de Aldara.  Una mujer de estatura media, caderas anchas, busto prominente, el cabello oscuro y ensortijado y unos ojos negros y grandes, tan expresivos que eclipsan el resto de los rasgos de su cara.  Tiene un año más que Aldara y es de Barcelona, donde su padre, un emigrante andaluz, es obrero en una fábrica de baldosas.  Su madre muere en el parto.

Es una joven dicharachera de carrillos sonrosados, de ojos grandes y redondos que aún miran como los de una niña.

Manuel es el marido de Lina, un sindicalista de la CNT.

Servand es el agricultor.

Dos nuevos huéspedes alemanes en el château, dos tenientes de las SS.  Son arrogantes, displicentes, cínicos, vulgares después de unas cuantas copas de vino y bastante maleducados.  No se molestan en hablar francés.

El SS-Obersturmführer Armin Kesller es hijo de un cantero de Baviera.  Su padre, un hombre avispado y trabajador, empieza picando piedra caliza y acaba convirtiéndose en propietario de una de las mayores empresas de construcción de Núremberg.  Educa a sus cuatro hijos varones en los mejores colegios y sólo Armin termina un par de cursos de economía en la Universidad de Colonia.  No le gusta estudiar, le gusta vivir la vida a todo tren, gastando la fortuna que gana su viejo.  Y las antigüedades.

Se considera un tipo refinado, viste ropa cara, tiene gustos caros, gasta dinero a paladas y, sin embargo, allá donde va, sigue siendo el hijo del cantero.  Siente una profunda admiración por el Führer y es un nacional-socialista convencido.  Su rostro es alargado, de pómulos y mandíbula definidos y nariz chata sobre una boca de labios estrechos y dientes visibles.  Tiene la frente prominente y despejada, con dos grandes entradas en el cabello, rubio y ralo, rapado en las sienes y más largo en coronilla, donde se le pega al cráneo. Su mirada recuerda la de un reptil, con ojos diminutos y rasgados, de un gris casi translúcido y ligeramente separados.

El otro es el SS-Untersturmführer Walter Weber. Se asemeja a un pedazo de carne embutido en el uniforme.  Su rostro, fofo y gelatinoso, parece moldeado a pellizcos como si fuera de plastilina, lo que le confiere una apariencia avejentada.  No parece un tipo muy espabilado. Es un granjero de Westfalia.

Margaux es una compañera de Lina.  Una mujer de mediana edad y comadrona.

Émile es un comunista francés que trabaja en el ferrocarril del Dijon y dirige una pequeña cédula de resistencia entre los ferroviarios.

Henry Wallace es un piloto de la fuerza aérea británica, teniente de vuelo de la Real Fuerza Aérea.  Su avión se estrella. Responde al cliché del aviador vanidoso, que se vale de su atractivo y de las alas cosidas sobre la pechera del uniforme para conquistar a las chicas más bonitas. Es fácil seducirlas, a ellas les encantan los pilotos. Es un hombre guapo y con encanto personal, su cabello oscuro, los ojos claros, la barbilla partida.  Posee un rostro bien proporcionado, muy masculino y, no obstante, afable.

Ben es el tío de Henry, es el hermano de su madre.  Sus padres abrieron una librería en la calle principal de Cowbridge que ahora atienden los dos.

Jane y Edward son los hermanos de Henry.  Eddy es un tipo genial, divertido, intrépido y muy inteligente, un poco mandón, pero es una gran compañero de juegos y de aventuras.  Juntos cazan ranas, roban peras de la huerta del señor Meadowes o construyen una cometa.  Ted es su amigo.

Lizzie es la sobrina de Henry, la hija de su hermana. Lo mismo es una cría adorable que caprichosa y mimada.

La tripulación de Henry, que es el capitán, está formada por Stewart, Bradley, Jackson, los Mckellar y Davies.  Entre sus buenos recuerdos, las partidas de póquer y de dardos en la base, las tardes de permiso en la ciudad, los partidos de fútbol, los chistes, las risas y volar.

Charles Stewart, Chuck, es su amigo del alma desde que se conocen en Arizona, durante el entrenamiento.  Es un electricista irlandés, de Cork, casado y con dos hijos.  Tiene cuatro años más que Henry.  A veces se comporta un poco como un padre.  Bebe pintas de cerveza, hace trampas a los dados.  Son inseparables, en el escuadrón los apodan como Hen y Chick, la gallina y el pollito.

Jay Jackson es un sargento de la Real Fuerza Aérea de Australia.  Es un rudo vaquero de Kimberley, que siempre está masticando chicle porque el tabaco prefiere fumarlo.  Un tipo genial, alto y grande como una torre, que se lleva a las chicas de calle porque, además de atractivo, sin pretender ser gracioso, hace que te partas de risa cada vez que abre la boca.

Sean y Michael McKellar son dos primos de Glasgow, pelirrojos y pecosos, que parecían a Tweedle Dee y Tweedle Dum, un poco más delgados.

Tom Davies es un sargento, ingeniero de vuelo, un mecánico de Birmingham con el que más te vale no jugar al póquer sino quieres que te desplume.

Nigel Bradley es el operador de radio, un chaval canadiense de diecinueve años, más bien tímido, pero con ganas de agradar, y que hace muy bien su trabajo.

Miss Gladys es la portera de Davies, una señora que se pasa el día barriendo el trozo de acera frente al portal.

Hay otros personajes de los que prefiero no dar más datos, me remito al texto: Sor Virtudes; don Servando, doña Rosario Menéndez; la condesa de Valmayor; don Joaquín de Arana, conde de Valmayor; Antonio, ebanista y anarcosindicalista; Remedios; Fiora Banuchi; Angela.

Josef Grumbir es el comandante de la prisión de Dijon, no pertenece a las SS, es un coronel de la Wehrmacht.  Es un tipo razonable.  Se trata de un hombre delgado y no parece muy alto.  En su cara, de rasgos pequeños, no se perciben más que unas pocas arrugas en torno a los ojos, pese a que sobrepasa con creces la cincuentena; eso sí, apenas le queda un rastro de cabello, ralo y oscuro, alrededor de la cabeza.  Lleva una gafas redondas que le confieren la apariencia de un intelectual o, incluso, de un sacerdote.  Sus ademanes son suaves, casi delicados.  Antes de la guerra, es abogado en una pequeña localidad de Sajonia.

Bruckner es el asistente de Grumbir.

Céline es la prima de Simone. Vive en Reims.

Hippolyte Lepine es un detective privado.

Los lugares

La trama se desarrolla, principalmente, en Borgoña (Francia), en la ciudad de Beaune, la capital del vino de Borgoña.

Y allí, nos centramos en el Domaine de Clair de Lune, una de las propiedades más importantes de la Côte d’Or, la gran región productora de algunos de los mundialmente afamados vinos de Borgoña.

Dentro de esta propiedad, encontramos el château, un elegante edificio construido a finales del siglo XVIII, compuesto por un pabellón central y otros dos laterales.  Todo ello forma un conjunto de color claro que contrasta con los oscuros tejados de pizarra y que está sobriamente adornado por elementos neoclásicos como frontones sobre las ventanas, una columnata en la entrada y el escudo nobiliario sobre ella.

Al palacio, tan francés, se suman una capilla -con un sobrio altar y un retablo del siglo XV- y el Mausoleo de los Montauban bajo las entrañas del templo, los establos, el garaje, los almacenes, las bodegas y más de ochenta hectáreas de terreno.  Estos edificios, detrás de la mansión, completan el complejo.  Se trata de unas construcciones en piedra con el tejado de pizarra, grandes y funcionales.

Una explanada de gravilla precede al jardín, que consiste en un conjunto ordenado de árboles centenarios, arbustos bien recortados, parterres de flores y un estanque rodeado de estatuas.  Inmediatamente después, empieza el viñedo: una gran extensión de vides plantadas en perfectas hileras, frondosas y cargadas de racimos.

Su situación privilegiada, en lo alto de una colina, permite ver los tejados de las pequeñas localidades circundantes y, en un día claro y despejado, las puntas más altas de la cordillera de los Alpes, incluso la cima del Montblanc.

Dentro del edificio, hay un gran salón, donde todo es grande y está pensando para impresionar por la riqueza de sus materiales: los techos altos decorados con molduras y plafones que lucen las iniciales del propietario, las lámparas de cristal tallado, las alfombras de fina urdimbre, los muebles de maderas nobles, las cortinas de damasco, los cuadros dignos de museo… Techos altos, la araña de cristal, la imponente escalera, el suelo de mármol.

La cocina es un espacio acogedor y familiar, en el que el ambiente siempre está caldeado gracias al fogón de leña y huele a guiso y a masa recién cocida.

En la bodega, hay unas escaleras que conducen a las cavas subterráneas.  Nada más descender bajo tierra, hay un largo túnel abovedado del que penden unas pocas bombillas prendidas con una luz pobre y amarillenta que proyecta sombras picudas en las bóvedas.

«Era como encontrarse en otro mundo.  Un mundo en el que el tiempo y el espacio parecían encapsulados, ajenos a todo.  El aire era húmedo y espeso, cargado de olores penetrantes a alcohol, moho, tierra y madera» (página 41)

Cuenta con una sala, de las más antiguas de la bodega, con depósitos viejos, de boca estrecha, que no cuenta con ventilación adecuada.

«La Cripta» situada al fondo de la bodega tras unos toneles, es el único resto de una capilla románica del siglo XII que el duque de Borgoña, Hugo III, había mandado erigir a su regreso de Tierra Santa.  Se trata de un espacio estrecho y de techos abovedados tan bajos que una persona muy alta no hubiera podido erguirse en su interior.  No alberga tumba ni sarcófago alguno, sino botellas de vino que reposan apiladas en oquedades como nichos, cubiertas por una gruesa capa de polvo y telarañas.

La capilla tiene una puerta con una pesada hoja de madera.  Huele ligeramente a incienso, a humedad y a cera de vela.  El lugar donde están las tumbas de los Montauban tiene una cancela, habitualmente cerrada con una cadena con su candado.  Cuenta con una retorcida escalera de piedra hasta el subsuelo.  Al bajar el último escalón, hay una sala estrecha de techos bajos y abovedados y rodeada de nichos apilados entre pilares.

Al fondo, se vislumbra un altar a la luz de una única vela encendida.  Hay otros cirios alrededor y relieves en la piedra, la policromía desgastada de los muros y los nombres y las fechas grabados en las lápidas de los nichos, desde 1816 hasta 1942.  Además de los nichos, hay hornacinas con tallas de madera policromada que parecen tener siglos de antigüedad.  Unos relieves suaves y desgastados representan a cada uno de los doce apóstoles y coronan las hornacinas.  Sobre el altar se sitúa Cristo Rey.

En las páginas de la novela, también se hace referencia a otro château: el château de Veougeot. A los châteaux de la zona de Chalon-sur-Saône a Dijon. Y a la extensa zona vinícola de Provenza.

Visitamos Beaune, una pequeña y bonita ciudad, que aúna su pasado medieval, patente en las estrechas callejuelas jalonadas de casas con entramados de madera, con su presente más señorial y elegante, de plazas abiertas, calles amplias y edificios de color crema con tejados de pizarra gris.  Todo ellos presidido por la joya de la localidad, el edificio más emblemático de la localidad: los Hospicios o el Hôtel de Dieu, una magnífica construcción gótica del siglo XV con un singular y apuntado tejado cubierto de tejas vitrificadas de colores dispuestas creando diseños geométricos, que alberga un orfanato y un hospital benéfico.

El Hôtel de Dieu es seguramente uno de los hospitales más antiguos del mundo.  Y lo parece, pues tanto su arquitectura gótica como sus salas, ricamente decoradas con marquetería, frescos, tapicerías de color rojo y obras de arte, en nada recuerdan a las instalaciones blancas y asépticas de los hospitales al uso.

Paseamos por la place de Carnot, una plaza rodeada de bonitos edificios, fachadas clásicas de color crema coronadas con empinados tejados oscuros y altas chimeneas.  La gente ocupa las terrazas de los bares y cafés, como el Café de Lyon. Y visitamos el restaurante Du Marché.

Se mencionan Tierra Santa; Burdeos; Champagne; el valle del Loira; Lyon, capital mundial de la seda durante algún tiempo-; Salamanca; Madrid; Valencia; Barcelona; Clermont-Ferrand; Labastide; Bad Kreuznach (Alemania); Dijon; Bruselas: París; Vichy; Múnich; Sudáfrica; Brasil, California; Argelia; Australia; Suiza; Cherburgo; San Petersburgo; Saint-Malo, una localidad de la costa oeste francesa; Wiesbaden; Boston; Roma; Corberon: la isla de Córcega y Ajaccio; Ypres; Chemin des Dames; el mar del Norte; la Selva Negra; Berlín.

Y Polonia y Cracovia; el pueblo de Volnay; los Alpes; Tarragona; Seychalles; la presa en Cantal; Soursac; Perrigny; Túnez; Brandemburgo; Baviera; Colonia; Westfalia; Ucrania; Austria, Checoslovaquia y los Sudetes; Polonia y Europa Occidental; Bélgica; Holanda; Corbigny; Nevers; Londres; Canadá y New Brunswick; Gales, Cardiff y Cowbridge; Montpellier; Nevers; Portugal; Provenza; Irlanda del Norte y Brighton, Lansing, Hove, Littlehampton; Irlanda y Cork; Kimberley; Glasgow.

Colonia; Turín; Lorient; Milán; Bremen; Stuttgart; Auxerre; Les Courlis; Bretaña y Rennes; Chalon-sur-Sâone; Marsella Toulouse; Dijon; Madrid y la calle Atocha, la sierra de Guadarrama, la calle Génova, la cárcel modelo de Argüelles, la plaza de las Salesas, el mercado de Olavide, la Cuesta de Moyano, calle Marqués de Riscal, el barrio de Lavapiés, la Casa de las Fieras, la plaza Mayor, la chocolatería San Ginés; la zona de Levante; Perpiñán; Calais: Comblanchien; Langres; Reims; Orville; la Côte d’Or; Crugey; Haute-Sâone; Vesoul; la cordillera de los Vosgos; el monte Avison; Londres; México; Mónaco; Saint-Florent.

El Epílogo transcurre en Berna: hotel Bellevue, el jardín botánico, el casco antiguo, el Aar.

Y se mencionan Oporto, Holanda, Bélgica, Himalaya, Berlín, Wiesbaden, la Unión Soviética; Estados Unidos, California, el valle de Napa; el cantón suizo de Vaud; París y la Rive Gauche; la isla de Oleron; Austria.

Referencias 

Hechos históricos:

  • La I Guerra Mundial; la Guerra Civil española; ataque de Hitler a Polonia; comienzo de la II Guerra Mundial y la movilización de los hombres hacia el frente; las batallas del verano de 1914; la vendimia helada de 1939; ofensiva repentina y total de los alemanes en el frente occidental en mayo de 1940; rendición de Luxemburgo, los Países Bajos y Bélgica; desfile de las tropas de la Wehrmacht por París el 14 de junio; el ejército alemán bombardea la Côte d’Or; el 22 de junio de 1940, Francia y Alemania firman el armisticio, en el bosque de Compiège, que pone fin a las hostilidades entre ambos países.
  • La capitulación de la Gran Guerra; el gobierno títere presidido por el mariscal Pétain con nueva capital en Vichy; la Convención de Ginebra; el crac del veintinueve; la crisis de los años treinta; la Exposición Universal de París; la Revolución rusa; leyes del Estatuto de los Judíos; la invasión de la Unión Soviética; humillante derrota de la Wehrmacht contra el Ejército Rojo en Stalingrado; desembarco masivo de tropas angloamericanas en el norte de África y avance hasta el interior de Túnez; Hitler exige la ocupación total de Francia.
  • Las tropas del Séptimo Ejército cruzan la línea de demarcación y van camino de Vichy, el Primer Ejército se desplaza desde la costa atlántica hacia el Mediterráneo, paralelo a la frontera con España; los italianos toman Córcega y la Riviera; ejecuciones masivas en Babi Yar, a las afueras de Kiev; la guerra franco-prusiana de 1870; Dunkerque; el gobierno de la República en España; ataque de cientos de bombarderos ingleses y americanos en Frankfurt con toneladas de bombas explosivas e incendiarias; el Desembarco en las playas de Normandía el 6 de junio de 1944.
  • Feroces represalias de los alemanes contra los sabotajes y ataques diarios de la Resistencia; después del desembarco, los alemanes toman Oradour-sur-Glane, una pequeña localidad cerca de Limoges; masacres en localidades de la región de Nièvre; el rápido avance los ejércitos aliados, tanto por el norte desde Normandía como por el sur tras un reciente desembarco de tropas americanas y francesas en la Costa Azul; los aliados van liberando Francia de la ocupación; los maquis incrementan el acoso a los colaboradores; liberación de Beaune el 8 de septiembre de 1944; el día de la Victoria.

Personajes históricos:

  • El duque de Borgoña Hugo III; Hitler; Franco; el mariscal Pétain; Juana de Arco; el mariscal Hermann Göring, a quien encomiendan la política económica de los territorios ocupados por el Tercer Reich; Napoleón: Napoleón III; el emperador Guillermo I de Alemania; el zar Alejandro II de Rusia; el canciller Otto von Bismarck; el zar Alejandro III; Sadi Carnot, un presidente de la República que muere asesinado por un anarquista; Mata Hari; el ministro Von Ribbentrop; el Generalgouvernement en Cracovia; Stalin; el general Rasch; el Cid; el premio Nobel Gustav Hertz; Adolf Segnitz; Friedrich Doerrer.

Entidades, organismos, ejércitos o instituciones:

  • Universidad de Salamanca; la policía militar alemana, la Feldgendarmerie; la Wehrmacht; la Kreiskommandantur; la Agencia para la Importación de Vino de Francia; Partido Popular Francés; la Prefectura de Dijon; la Gendarmería; la Gestapo; la KdS de Dijon; la 256ª División; el Beauftragter für den Weininimport; el Cuartel General de las SS en Berlín; Cruz Roja y el Comité Internacional; las Helferinnen, la auxiliares del ejército alemán, a quienes los franceses apodan souris grises, por el color de su uniforme; la Jefatura de Prisioneros de Guerra del Estado Mayor.
  • La Abwehr; la Comisión Interprofesional del Vino de Borgoña; Comité National des Appellations d’Origine des Vines: la CNT; las Compañías de Trabajadores Extranjeros; la Militärbefehlshaber; Universidad de Colonia; las Juventudes Hitlerianas; la SD-Schule de Bernau; el Sicherheitsdienst, el servicio de inteligencia de las SS; el Einsatzgruppe C de los Einstzgruppen, Cuerpos Especiales enviados a la Unión Soviética; el PCE; Universidad de Oxford; la RAF; Institut National des Appellations d’Origine; la oficina de reclutamiento del ejército de St. John’s School, en The Friary; los Royal Engineers.
  • El Escuadrón 51 del Mando Costero; Mando de Bombardeo; el Escuadrón 9; Escuadrón 50 con base en Skellingthorpe, Lincolnshire; Real Fuerza Aérea de Australia; el departamento de la Oficina de Guerra; el M19; la Brigada de la Gendarmería de Corbigny; el STO; la SiPo; Oficina de Seguridad del Reich; la Inclusa de Madrid; el Rastro de Madrid; la Guardia Civil; la Junta de Damas; colegio de la Paz; la Casa Socorro; Sindicato de Comerciantes; la Feldkommandantur; la 198ª División de Infantería; Ministerio de Prisioneros.

Muralla:

  • La línea Maginot.

Prisiones y campos:

  • Prisión Gribeauval en Clermont-Ferrand; el Oflag, un campo para oficiales; campo del Loiret; campo de refugiados de Argelès-sur-Mer; centro de recepción en Le Boulou; centro de alojamiento para refugiados de Clermont-Ferrand, en el antiguo cuartel de Gribeauval; campo de refugiados: Seychalles; la prisión de la rue d’Auxonne; prisión de Fresnes en París; Ravensbrück; Auschwitz.

Bodegas: 

  • La bodega de Labastide.

Hoteles:

  • El Ritz.

Almacenes y Galerías:

  • Uniprix; Galerías Lafayete.

Platos:

  • El boeuf bourguignon.

Religión:

  • Navidad; la Biblia, Proverbios 14, 29; medallita de la Virgen; Virgen de Lourdes; Virgen Milagrosa; los Reyes Magos; la Virgen del Pilar; las fiestas de San Lorenzo; figuritas para el Belén en el mercadillo de la plaza Mayor; la Santísima Trinidad; la Corte Celestial; los doce apóstoles, llaves de San Pedro, san Felipe, Santiago el Menor, san Andrés; Juan, Lucas y Marcos, evangelistas.

Perfume:

  • Un frasco de Chanel Nº 5.

Juegos:

  • Backgammon; el go.

Música:

  • Jazz; Duke Ellington; la cacioncita infantil del botón, el ratón y el señor Martín; Swing alemán, igual que el americano, pero alemán, música para bailar; el Nocturno número 2 de Chopin; It’s a long way to Tipperary.

Literatura:

  • Las novelas de aventuras de Julio Verne; La dama de las camelias; Barba Azul; El conde de Montecristo; La debacle.

Restaurantes:

  • El Café Anglais en París; La Coupole.

Chef:

  • El chef Adolphe Dugléré, jefe de cocina de los Rothschild.

Bebidas:

  • El champán Roederer; Satenay Clos du Roi de 1928, un vino untuoso. y aterciopelado, con cuerpo; una botella de Montrachet; crémant, el espumoso de la zona;  vodka ruso; botellas de Dom Pérignon; coñac Rémy Martin de doce años.

Cristal:

  • Cristal Baccarat.

Himno:

  • La Marsellesa.

Moda:

  • La maison de Jeanne Lanvin; abrigo Loden.

Reconocimiento y condecoraciones:

  • La Cruz de Hierro; la Cruz de Vuelo Distinguido.

Radio y medios:

  • Radio Londres; Radio Berlín; la BBC.

Vehículos:

  • Un automóvil BMW.

Estilo:

  • Art decó; sillón estilo Luis XVI.

Agricultura biodinámica:

  • Las teorías de Rudolf Steiner.

Reloj:

  • Omega.

Aviones:

  • Vickers Wellington, un avión bimotor de largo alcance; el Avro Lancaster, un bombardero pesado, lo último en tecnología aeronáutica, cuatro motores Rolls Royce, más veloz, más potente, con más capacidad de carga, suave y maniobrable, grande pero elegante; ED 478, ED 563; Junkers 88, mucho más ligero y maniobrable que el Lancaster; los Thunderbolt, cazas americanos.

Dibujos:

  • Popeye y J. Wellington Wimpy, ese personaje gordinflón de Popeye que siempre está zampando hamburguesas.

Bases:

  • Base de Skellingthorpe.

Caramelos:

  • Horlick’s de leche malteada.

Cine:

  • Mae West.

Armas:

  • Un subfusil MP.

Otras variedades de uva:

  • Saint laurent; gewürztraminer.

En resumen… «El viñedo de la luna»

Tras la entrevista que le hice a Carla Montero, tenía claro que quería leer este libro.  Los ingredientes llamaban mi atención: Segunda Guerra Mundial, vino, Borgoña, una mujer joven y fuerte, una saga familiar, secretos, traiciones, amor…  Así que, cuando terminé mi lectura anterior, le tocó el turno a esta novela.  Y, nada más empezar, me encontré con un comienzo muy potente.  A partir de ahí, la historia me atrapó.  Y eso que la lectura se alargó y también la reseña se ha hecho esperar.

Ha sido una primavera muy ajetreada en mi vida: la publicación de mi libro «Relatadas», diversos exámenes -alguno en el ámbito laboral de bastante importancia-, clases, viajes de trabajo…  No es necesario que os cuente más, pero sí que os confiese que estaba deseando volver a retomar todo aquello que me gusta de verdad: la lectura en condiciones, mis paseos, las largas reseñas y mi página, un proyecto al que siempre me gusta regresar.

Como os he contado en apartados anteriores, en esta obra hay muchos temas.  Y, sobre todo, dos protagonistas: Aldara y el vino.  Juntos a ellos, la guerra, que todo lo cambia.  En este sentido, antes de adentrarme en otros aspectos, quiero subrayar un mensaje importante que no me canso de repetir.  Más allá de los conflictos, de las ideologías, de las naciones, de los que gobiernan, de los intereses diversos, están las personas.

Por eso, me interesa plasmar aquí este fragmento:

«No sabía qué pensar del teniente alemán.  En general, no le gustaban los alemanes; sin embargo, había algunos que eran honorables.  En el campo de batalla, había visto lo mejor y lo peor de ellos, como de los franceses, al fin y al cabo.  Ahora bien, lo que desde luego no le gustaba era tenerlos en su país, su pueblo y su casa.  Aquel teniente daba la impresión de ser uno de esos alemanes honorables, pero no de dejaba de ser un invasor, un intruso en la familia» (página 210)

No hay bandos, ni ideologías en los que no haya buenos, malos, interesados, valientes, cobardes, leales, corruptos…

Dicho esto, vamos con el primero de los protagonistas, el vino, en una región muy especial, Borgoña.  Con la ocupación alemana, decenas de altos cargos y organismos oficiales quieren brindar en sus fiestas con el mejor vino de esa región.  Muchos tienen allí a sus delegados haciendo sus propios tratos al margen.  El mercado del vino se vuelve ya no complejo, sino, sobre todo, perverso.  Alemania saquea el vino francés.

La guerra y las malas cosechas de los últimos años desploman la producción, eso hace que no sólo no se cubran las cuotas alemanas, sino que tampoco haya vino para los franceses.  Primero sucede con el vino de mesa que, si tradicionalmente ha sido barato en Francia, se convierte ahora en una bebida cara y escasa, que sólo se puede obtener mediante cupones de racionamiento.

Los vinos con denominación de origen o, simplemente, vinos de calidad, caen en una especulación salvaje favorecida por el mercado negro y la competencia feroz entre individuos, grupos y organismos oficiales alemanes por hacerse con uno de los tesoros de Francia: sus grandes vinos. Y lo peor es que tal saqueo se lleva a cabo disfrazado de acuerdos comerciales a expensas de las arcas francesas. Como os decía antes, un negocio perverso.

Asistimos a cómo los franceses venden todo su vino a los alemanes, muchos se hacen muy ricos a cuenta de eso, se hacen auténticas fortunas, hay bodegueros que se hacen inmensamente ricos vendiendo el vino a los alemanes.   Sin embargo, existe una explicación también.  Han sufrido unos años de una brutal crisis a causa de la la Primera Guerra Mundial.  Gran parte de sus viñedos han sido bombardeados y arrasados, debido a la cercanía con el frente.  Después, se producen cosechas muy malas por el clima y se reducen las exportaciones a Estados Unidos, por el crack del 29.  Por estas causas las bodegas están llenas y, justo entonces, llegan los alemanes dispuestos a comprarlo todo.

Junto a esos que venden, otros piensan que es una buena idea regalarle unas cuantas hectáreas de viñedos al mariscal Pétain, Clos du Maréchal quieren llamarlo.  Consideran que Pétain es un patriota, porque ha librado a Francia de ser absorbida por los nazis, evitando lo sucedido en Polonia, por ejemplo.

Algunos se asocian para realizar ventas de vino al margen de los canales legales.  A través de almacenes, proveen a la red de hoteles y casinos militares y a restaurantes de lujo por toda Francia.  Se convierten en una especie de agentes cazatesoros que localizan por toda Francia las mejores botellas para ofrecérselas a las élites francesas y alemanas a precios desorbitados: burdeos y borgoñas a trescientos francos la botella, champán a más de cuatrocientos…

Esos agentes andan en tratos con delincuentes exconvictos: estafadores, chantajistas, asesinos en el peor de los casos.  Y la Gestapo y demás organizaciones de las SS, la Abwehr también, los utilizan para sus fines precisamente por su falta de escrúpulos.  Gracias a esos contactos consiguen el permiso de circulación y el de armas.

Dicho esto, la segunda protagonista de la novela es Aldara. La conocemos cuando llega al Domaine, recién casada, enamorada, joven, inexperta y algo asustada. Aunque enseguida descubrimos que tiene genio, que tiene carácter, que es una mujer a la que la vida ha forjado con dureza y que oculta secretos que tendremos que ir desvelando a través de las páginas de la novela.

Ella es una refugiada de la Guerra Civil, una muchacha que esconde un pasado.  Al principio desconocemos cuál es, aunque ciertos detalles nos hacen intuir que tiene miedo de que ese pasado vea la luz, ni siquiera lo ha compartido con su esposo, a pesar de que está enamorada.

Es muy interesante cómo vamos conociendo a Aldara desde distintas perspectivas.   Por ejemplo, la de su suegro que, tras vencer la reticencias iniciales, le va cogiendo cariño, con esa forma algo distante que tiene él de amar a las personas. Poco a poco, entre lecciones y veladas, la relación entre ambos se va suavizando.  Incluso su suegro comienza a tutearla, un pequeño detalle del lenguaje que supone un gran gesto, que le concede entrada a la familia.

«El marqués estaba dispuesto a darle una oportunidad, por su hijo, pero también porque había visto en ella cierta disposición, cierta actitud que a veces le recordaba a sí mismo.  Y porque aquella muchacha le intrigaba» (página 47) 

También a través de los ojos de su desagradable cuñado, Romain:

«No servían las amenazas.  Ella no se amilanaba.  Él no quería cumplirlas.  No se imaginaba aquel maldito caserón sin ella.  Y, sin embargo, su presencia le desquiciaba» (página 239) 

Su relación pasa por distintas fases.  Discutir le permite ponerse a su altura y es mejor que sentirse sometida.  La relación pasa del enfrentamiento constante a una extraña paz tensa en la que él se muestra complaciente, meloso y dócil, aunque sigue haciendo lo que le viene en gana. Romain despliega un acoso sutil al que ella no sabe enfrentarse.  Sólo de pensarlo se estremece de repulsión. Él ejerce un ademán posesivo con su cuñada, unas veces sutil y otras no tanto, que despliega a base de gestos que van más allá de la familiaridad.  Ella se muestra tensa a incómoda.

Ella va aprendiendo a defender su posición poco a poco y a no amilanarse.  A marcar su terreno como los animales y a no permitir que Romain traspase los límites, a pesar de que desconoce sus intenciones y teme su reacción.  Con ella, la sonrisa de él es desafiante y su mirada turbia, pretende sembrar la duda y el temor, ejerciendo un dominio psicológico insoportable.

También Madame Perroux tiene su opinión sobre ella y se pregunta qué ha visto Octave en aquella mujer.  Para ella es descarada, vulgar, claramente, de una clase inferior.  Por no mencionar esa desagradable cicatriz en plena cara que tanto la afea.  Según su criterio, el muchacho, que siempre ha sido un poco tonto, se ha dejado cazar por la peor gallina del corral.

Y la gente del pueblo, que cuchichea y la califica sin reparos: forastera, ignorante, engreída, subversiva, atea, comunista…

O la percepción de su marido, que no le reprocha nada, para el que lo importante es que se muestre como es y decida continuar con él su camino.  Cree en ella y tiene toda su confianza:

«Él no puede entender que no me importa tu pasado, que yo sólo me preocupo por tu presente y tu futuro.  Él no puede entender que es así como te amo, amo la persona que eres hoy, la luz de mi existencia cuando hay tanta oscuridad a mi alrededor, el faro que me conducirá a casa no importa cuánto dure la tormenta; y amo la persona que serás mañana, después de haber permanecido a mi lado construyendo una vida juntos» (página 261) 

Aldara es una mujer que posee el instinto de supervivencia y de lucha propios de los que nacen desheredados, de los que no tienen nada que perder.  Es una mujer que demuestra, a lo largo de su vida, que no se rinde ni ante las situaciones más desesperadas.  Sola, sin compañía de un hombre, ha criado a su hija y ha sacado adelante su negocio a pesar de todas las dificultades.  Sin duda, es una mujer excepcional, fuerte, valiente, inteligente y decidida, pero también dulce, amable y de buen corazón.

Sin embargo, es ella misma quien se reprocha ciertas cosas porque no es perfecta, hace cosas malas y comete errores.

Y es que es curioso que, en un momento del libro, lleva cuatro años casada con un hombre con el que apenas ha convivido cuatro semanas.  Se interroga sobre sus sentimientosNo ha estado a su lado en sus peores momentos, ni él en los suyos.  Son casi unos completos desconocidos.  Les han pasado muchas cosas y no las han compartido. Ella se ha apoyado en otras personas y eso le hace sentirse culpable, le genera dudas.

Y, como he comentado más arriba, con ella aprendemos mucho, porque está dispuesta a aprender, a leer, a documentarse y a escuchar.  Con ella nos acercamos a la biodinámica y nos damos cuenta que lo primordial es devolverle a la naturaleza el poder sobre sí misma, respetar su equilibrio con un sistema único de tierra fauna y flora, en el que el agricultor o el ganadero son sólo una parte de ese todo.

Cuanto más papel se le dé a la naturaleza, menos necesaria será la intervención del hombre con químicos y materiales ajenos al ecosistema.  También que es necesario cuidar cada una de las fases de producción, procurando obtener el mejor vino con la materia prima y los recursos disponibles y la intuición y el buen hacer de los que tanto tiempo llevan dedicados a ello.  Y, lo más importante, teniendo claro que la humanidad es una de las bases de cualquier negocio.

La idea es considerar la tierra como un organismo vivo que, junto con los animales y las plantas que la habitan, forma un ecosistema capaz de sostenerse por sí mismo.  De modo que el ser humano sólo tiene que garantizar que se mantiene el equilibrio en todo ello y prescindir de todo cuanto sea ajeno a ese ecosistema.  Por eso, es mejor sustituir los pesticidas y los abonos químicos e industriales por preparados de origen natural obtenido en el entorno.

Los químicos, a largo plazo, deterioran el suelo y la planta.  Y más el producto final, el vino.  Por ejemplo, el dióxido de azufre, necesario para estabilizar el vino, para evitar su oxidación y que se acabe convirtiendo en vinagres.  Pero si ya se produce de forma natural durante la fermentación, la pregunta es si hay que añadirlo.  Lo del cobre para combatir las plagas tiene peor solución, es difícil encontrar un sustituto.

«No hay revolución sin una pizca de locura» (página 301) 

También disfrutamos acompañándola mientras recorre una a una cada parcela, cada viñedo y cada hilera de viñas para comprobar el estado de madurez de las uvas, desde la acidez del mosto hasta el aspecto, el sabor y la textura de las pepitas y el hollejo.  Mientras participa en las catas con el fin de aprender, de educar el paladar y el instinto.  Y mientras se acerca hasta una de las parcelas de uva chardonnay cercana a Mersault.

O cuando se adentra entre las hileras de exuberantes vides, cuaderno en mano para consultar sus notas y tomar otras nuevas, catando las bayas para practicar cuanto ha ido aprendiendo.

Me ha gustado cuando Aldara reacciona y se da cuenta de cuán ajena se mantiene a la terrible realidad de ahí fuera.  Ella se pasa el día quejándose, clamando para que esa pesadilla termine, que acabe la maldita guerra, que se larguen los alemanes y que le devuelvan a su marido. Sin embargo, quejarse sin más no vale de nada.

«Nunca lo había pensado así, pero ahora tomaba conciencia de que todo lo que hacía era esperar a que otros le resolvieran la situación.  Le daba vergüenza admitirlo» (página 342) 

Me ha llamado también la atención cómo va evolucionando la relación con su marido, desde esas primeras cartas en las que está deseando contarle todo, en las que le falta espacio para compartir con él lo que le sucede.  Hasta esas otras en las que ya no sabe qué escribirle, más allá de las consabidas frases de ánimo y cariño que suenan gastadas de tantos años de usarlas.

«Aquellas veintiséis líneas que al principio se le hacían dolorosamente escasas, ahora, parecían demasiadas para rellenar con palabras vacías» (página 493)

Nuestra protagonista tiene luces y sombras.  Y no tiene a nadie a quien revelar sus más oscuros pensamientos.  Buscando encajar en su nuevo papel, se ha construido una fachada tras la que se desmorona entre dudas, temores y remordimientos.  Se siente sola o, lo que es peor, mal acompañada.  Tiene dudas y, a veces, calla sin oponer resistencia. Incluso, de tanto luchar por los demás, se queda sin fuerzas para luchar por ella.  Aunque sea para huir de la triste realidad, lo cierto es que sabe mentir, con convencimiento y aplomo.

«Ahí estaba el truco: en desechar la realidad y sustituirla por el engaño hasta que la una se confundía con el otro» (página 480)

Sin embargo, no es una mentirosa compulsiva.  Mentir para ella es el último recurso, porque no le gusta perderse en el abismo de sus propias mentiras. Y, sobre todo, no le gusta hacer daño a nadie con ellas.

«Con el tiempo, se había dado cuenta de que, la mayoría de las veces, la mentira es un escudo que desvía el disparo hacia el corazón de otro» (página 480)

Os contaré algo más, según he leído, el personaje de Aldara está, en parte, basado en la experiencia de la viuda Clicquot, que da nombre a un champán bastante popular y cuya historia no es tan conocida.  Es una mujer que, a principios del siglo XIX, con sólo 27 años, toma las riendas de la bodega familiar de su difunto marido, consigue sacarla de la ruina económica en la que se encontraba e introduce además innovaciones en la producción de champán que llegan hasta nuestros días.

En una época en la que las mujeres estaban excluidas de los negocios, se atrevió a asumir la dirección de la empresa fundada por su suegro en 1772, un papel que desempeñó con pasión y determinación. Su creatividad y su búsqueda de innovaciones dieron lugar a varias primicias en Champagne: el primer champagne de añada conocido, la invención de la mesa de estrujado y el primer champagne rosado mezclado conocido.

En la novela, encontramos muchos tipos de amor, a través de Aldara y su relación con su marido, con el soldado alemán que vive en su casa y con el aviador inglés.  El primero es un amor sosegado, probablemente basado en la gratitud, aunque comienza siendo apasionado.

El tercero se basa en la atracción.  Y el segundo, ¡ay el segundo!  Es que Hubert cae bien desde que lo conoces.  Es alemán, sí, pero enseguida nos damos cuenta de que es buena persona.  Con la guerra, pierde buena parte de su juventud, pero no permite que esa circunstancia haga que pierda también su identidad.  El uniforme no va a convertirle en quien no es.  Su integridad es admirable, es fiel a sus principios.  No soporta los abusos y las injusticias.

Cómo no va a encantarnos Hubert: sus modales, su conversación, su encanto, su afabilidad, su empatía, su ternura.  No consigue sentirse como en casa en el château.  Aunque experimenta cierta sensación de abrigo y acogimiento, la que produce el llegar a un espacio conocido, el ver su material de dibujo sobre el escritorio, su tocadiscos junto a la ventana, la fotografía de su familia encima de la mesilla de noche, su chaqueta de punto colgada del respaldo de la silla…

Es complicado adoptar una actitud defensiva con él.  Se trata de un buen hombre.  Sin su uniforme, es un muchacho corriente, resulta más sencillo.

«Usted ya no es un problema, se lo digo con toda sinceridad.  No niego que al principio resultó muy incómodo y nada conveniente, pero, al final, la gente civilizada se acaba entendiendo, ¿no le parece? (página 312)

En cualquier caso, somos testigos de muchos de los devastadores efectos de la guerra.  Pero, es realmente estremecedor el relato de los hemos en Babi Yar, a las afueras de Kiev.  Esas ejecuciones masivas de civiles ordenadas por el comandante militar de Kiev, un general de la Wehrmacht.

«No les culpo.  Hay que tener los nervios de acero para hacer algo así.  Daba lo mismo cuánto hubieras bebido antes, daba lo mismo ir borracho de furia.  Era un espectáculo no apto para estómagos sensibles» (páginas 323 y 324)

Uno tras otro hasta más de treinta y tres mil en dos días.  Un horror contado por alguien cruel, muy cruel.

Y hay otro apunte que quiero dejar aquí.  Seis meses de guerra pueden contarse como un tour de operaciones, veinte ciudades enemigas bombardeadas y equivalen a más de setenta toneladas de bombas lanzadas, a varias fábricas, puentes, vías y aeropuertos destruidos.

No quiero dejar de mencionar algo que me ha parecido tremendamente interesante y sobre lo que no había oído hablar.  Se trata de la de la cena de los Tres Emperadores, que tuvo lugar en París entre abril y noviembre del año 1867, con ocasión de la exposición universal, la segunda de las exposiciones universales alojadas por la capital francesa. Hasta 42 países tuvieron representación en ella, entre los que se encontraban Prusia y Rusia.

Fue una cita que reunió a tres personalidades bastante aficionadas a la buena mesa: Guillermo de Prusia, que fue el organizador del banquete y que decidió invitar a su amigo Alejandro II, quien entonces era el Zar de Rusia y que acudió acompañado por su hijo, el futuro Alejandro III. Tampoco faltó a tan especial convocatoria el canciller Bismarck.

Para hacer honor a su bien ganada fama de aficionados a la comida y buen vino, escogieron el mejor restaurante de París, el Café Anglais, un restaurante situado en la esquina del Bulevar de los Italianos en la calle Marivaux. El Café y, por tanto, el menú, estaban en manos del mejor chef de la época, Adolfe Dugiéré.  La cena contó con 16 platos, nada más y nada menos, duró ocho horas y tuvo un coste de 400 francos por cada uno de los comensales, unos 9.000 euros de ahora.

Sin duda, detrás de los párrafos de la obra, hay una gran labor de documentación por parte de la autora.  Aunque ella misma ha señalado que, durante esa tarea, se encontró con dificultades inesperadas. Para empezar, unas las primeras cosas que le sorprendió al indagar sobre el tema, fue la escasa documentación que había. De hecho, se topó únicamente con dos libros.  Uno de ellos estaba escrito por unos americanos, aficionados al vino y que llevaban bastante tiempo viviendo en Francia.  En este caso, lo que habían hecho era ir entrevistando a los herederos, a los hijos y nietos de los que habían vivido en aquel momento y que les fueron transmitiendo este tipo de anécdotas.

Posteriormente, apareció el otro libro.  En esta ocasión escrito por un historiador francés que, curiosamente, es alcalde de un pueblecito de Borgoña.  Ese libro sí era absolutamente auténtico y riguroso, pero era uno.  Y el autor indica su primer y fundamental problema para hacer ese estudio serio y es el siguiente: en cuanto termina la Segunda Guerra Mundial empiezan a destruir toda la documentación que acredita esas adquisiciones masivas que hubo de vino.

En definitiva, he disfrutado paseando entre viñedos, participando en la poda, el abono y la fumigación, sintiendo la tierra bajo las botas y las bayas henchidas entre la manos, aprendiendo conceptos, observando el vino que envejece lentamente en las barricas y las botellas, la oxidación, la evaporación, la reducción, los taninos, la tonalidad y el bouquet, los tipos de uva y asistiendo a las catas.  También con ese maravilloso pícnic a la sombra que comparten dos personajes, después de una larga caminata contando racimos y cortando los más débiles, con un poco de queso, algo de fruta, mucho vino y una siesta sobre la hierba.

Y he aprendido algo:

«La vida era como la vendimia, unos años buena, otros regular y otros mala.  Pero había que seguir luchando, trabajando duro para obtener el mejor fruto y elaborar el mejor vino.  Al final, con que una sola botella fuera lo suficientemente buena como para sonreír tras dar el primer sorbo, había merecido la pena.  Todo por una sonrisa.  Por un instante» (página 420) 

Tras leer el libro, me quedo con esta definición del amor:

«Se había rendido a la evidencia de que ella era la única persona con la que realmente se entendía, la única con la que podría pasarse las horas conversando y con la que se sentía completo como si, hasta entonces, no hubiera sido más que un mecanismo a la que faltara una pieza y no terminara de funcionar bien» (página 348)

Por todo lo anterior, os invito a leer «El viñedo de la luna». Después, como siempre, cuando la hayáis leído ¡dejad vuestros comentarios!

¡Gracias, Carla, por enseñarnos tanto sobre vino!  No voy a olvidar que la uva pinot noir es pequeña y ácida, llena de pepitas y con la piel gruesa.  Y sí, los tiempos extraordinarios a todos nos obligan a hacer cosas extraordinarias.  

Mis fragmentos preferidos 

«Cierto que no tenía mucho futuro, pero era joven y, cuando se es joven, el futuro está a la vuelta de cualquier esquina» (página 33)

«Y que me aspen si todo el que tiene valor no actúa de vez en cuando con insensatez» (página 78)

«Te confieso que siempre he contemplado aliviada cómo la naturaleza sigue su curso a pesar de los desmanes del ser humano.  Cuando la mayor parte de mi vida ha transcurrido de un sobresalto a otro, de una tragedia a otra, de algún modo, encuentro cierta calma en el devenir de las estaciones» (página 135)

«Es lo único que nos queda: la dignidad de enfrentarnos a la injusticia» (página 193)

«Cierto que su nuera era también obstinada, impulsiva y respondona, pero en tales vicios a veces se reconocía a sí mismo.  Eran las servidumbres de un carácter fuerte» (página 198)

«Prefiero pensar que a mí me condecoraron no por matar, sino por proteger la vida de mis hombres» (página 325)

«La llevaría suavemente entre las nubes, allí donde la línea del horizonte se ve curvada y la tierra parece hecha a base de pinceladas, como un cuadro» (página 382)

«Son muchas las maneras de resistir.  A veces, simplemente surge la oportunidad aun sin buscarla…» (página 409)

Los fragmentos que me hicieron reflexionar

«Y la única forma de no perderlo para siempre es conservando todo cuanto él adora» (página 84)

«En aquellos tiempos tan difíciles para todo el mundo la clave de la felicidad quizá residía en con quién se compartían las efímeras alegrías y las abundantes penas» (página 289)

«En el fondo, formaba parte de una generación que, cuando primaba la necesidad de sobrevivir, había perdido el privilegio de escoger» (página 419)

«Y es que, a veces, la verdad duele tanto como la mentira» (página 496)

«Quizá había dos formas de hacer la guerra: una, entre el barro del campo de batalla y otra, sin mancharse siquiera las manos» (página 504)

Palabras aprendidas

  • Oídio: Hongo de pequeño tamaño que vive parásito sobre las hojas de la vid y produce en esta planta una grave enfermedad.
  • Mildiu: Enfermedad de la vidproducida por un hongo microscópico que se desarrolla en el interior de las hojasy también en los tallos y en el fruto.
  • Radiogoniometría: La palabra Radiogoniometría no está en el Diccionario de la RAE. Encontrado en internet: La radiogoniometría es el proceso de utilizar instrumentos y equipos para determinar la dirección de las ondas de radio entrantes en función de las características de propagación de las ondas electromagnéticas.

 

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